sábado, febrero 23, 2013


En el corazón de Rubén Bonifaz Nuño 

En la planta alta de la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria todo parece dispuesto para la llegada del poeta. Los objetos queridos están ahí: sus libros, sus bastones, una colección de chalecos confeccionados por su sastre particular con telas excéntricas traídas de Europa (o donde hubieran viajado sus amigos, que se las obsequiaban), una colección de figuritas de Charlie Brown, la gran lupa con la que continuó sus lecturas y su escritura pese a la enfermedad de la vista… Están incluso ahí sus secretarias, Paloma Guardia Montoya y Silvia Carrillo, como esperándolo, a las que al entrar solía pedir que pasaran con él, cuaderno en mano, para el dictado de una traducción o un poema.
Lo imagina uno llegando a la oficina, elegantemente vestido, con su leontina, su moneda, las plumas Mont Blanc en el saco, sus infaltables bandera nacional y escudo de la UNAM en la solapa, siempre de buen humor.
No está Rubén Bonifaz Nuño pero sí sus historias, que son recordadas una mañana de febrero entre llantos, por su muerte reciente, y risas, por su temperamento jovial y luminoso.

El poeta y la bailarina

Paloma Guardia Montoya es hija del poeta Miguel Guardia y la bailarina Magda Montoya. Rubén Bonifaz Nuño era amigo de la familia. “Desde que tengo uso de razón, a los cuatro o cinco años, él está parado junto a mí”, dice.
Vivían en la colonia San Rafael, en la esquina de Serapio Rendón con Antonio Caso; Bonifaz Nuño acostumbraba ir los sábados a cenar. Cuando empezó a fallarle la vista (ya que él manejaba), el ritual se convirtió en una comida los domingos. “Para mí era muy natural ver a Rubén llegar a la casa.”
Ella fue creciendo, pasó la adolescencia, tuvo su primer coche, a los veinte o veintiún años. El poeta ya casi no podía conducir y Paloma iba por él a la casa de Frontera número 5, en San Ángel, la casa tradicional de la familia Bonifaz. A esa edad ya sabía a qué se dedicaba el hombre, que era poeta y traductor, personaje importante en los ámbitos académicos y literarios.
Cuando terminó Bonifaz su segundo periodo al frente del Instituto de Investigaciones Filológicas, el rector Jorge Carpizo le propuso darle una oficina con secretaria y chofer. Bonifaz no dudó y pidió a Paloma que fuera su secretaria. Así es como el 4 de diciembre de 1985 ambos tomaron posesión de ese espacio, en la planta alta de la Biblioteca Central, un sitio de trabajo y amistad.
—¿Cuáles eran sus rutinas?
—Él era una máquina de trabajar. Era un Rubén muy fuerte, bajaba y subía la escalera, salía, iba y venía solo. Venía en la mañana y en la tarde; se iba de aquí a las nueve de la noche. Con la edad y los achaques empezó a venir sólo por las mañanas, llegaba a las diez y se iba a las dos de la tarde. Un problema es que recibía muchas visitas, gente que quería conversar con él y llorar con él en el hombro, por lo que a veces prefería irse a un departamento, en donde está su biblioteca personal, para trabajar a gusto, sin interrupciones. Eso podía hacerlo hasta dos veces por semana. Llegaba luego a la oficina con sus cuartillas, que traía en bolsas de plástico de supermercado a las que llamaba portafolios, para que yo o Silvia Carrillo las pasáramos en limpio.
De esas hojas con las que él llegaba a la página publicada, dice Paloma, pasaba un mes de correcciones; no las soltaba hasta que estuvieran bien puestas las comas, las interrogaciones, los puntos.
—¿Cómo era su carácter?
—Era terriblemente difícil. Nadie lo podía tocar. Si se tropezaba o se caía, nadie lo podía auxiliar. Nadie lo podía abrazar, al menos que él lo permitiera. Era muy altivo, muy digno.
—Supongo que una de sus grandes tribulaciones fue la pérdida de la vista.
—Lo agobió, sufrió desde muchos antes al pensar que se iba a quedar ciego. De siete hermanos, tres heredaron esa enfermedad, retinitis pigmentosa: uno murió muy joven, otra murió hace trece años y don Rubén perdió la visión hasta los ochenta u ochenta y un años. Está boletinado mundialmente por haber llegado a esa edad, con ese mal, viendo todavía; hay niños que a los doce años ya están ciegos.

Amigos y amores

—¿Cómo eran las conversaciones entre ustedes?, ¿se limitaban al trabajo?
—Creo que fui la persona que más platicó con él, absolutamente de todo, a todas horas. Si esta boca hablara se escribiría todo un libro. Muchas cosas las callaré porque son secretos que a él no le hubiera gustado que se supieran. Sus conversaciones eran divertidas, ingeniosas y absolutamente llenas de sabiduría. Estar sentado junto a Rubén Bonifaz Nuño diez minutos era como haber estado seis meses en una universidad.
—¿Quiénes fueron sus amigos más cercanos?
—Aquí debo pedirle que no omita a ninguno de ellos, de esta lista quiero que todos sean mencionados. El más querido: Fausto Vega. Los muy cercanos, que jamás lo abandonaron: Jorge Carpizo, Juan Ramón de la Fuente, Diego Valadés y Amparo Gaos. Los que jamás lo dejaron solo en los cinco meses que estuvo en cama: Bulmaro Reyes Coria, Lilian Álvarez Arellano, Marco Antonio Campos, Lolita González Casanova, Octavio Quezada, Raúl Renán, Jaime Sánchez (que le encuadernaba sus libros en piel roja), Carlos Ramos Padilla y Rosa María Villarello. De sus amigas muy queridas por él debo mencionar a Clementina Díaz y de Ovando, cuya muerte le dolió mucho, y Elisa García Barragán.
—En su poesía siempre le habla a la mujer, ¿en las conversaciones se refería a su fascinación por lo femenino?
—Era enamorado hasta la pared de enfrente. Al final de su vida, ya enfermo, ya ciego, ya cansado, llegaba alguien a verlo y se quedaban solos. Después entraba yo de chismosa y le comentaba: “Oiga, a esta persona la veo muy acabada”. Él decía: “Yo no la vi, nomás la sentí”. Estuvo rodeado de sus mujeres y de sus amores hasta el último minuto de su vida. Claro que por vanidoso no quiso que muchas de ellas lo vieran hasta el final, aunque pudieron haberlo hecho perfectamente porque se mantuvo muy sonrosado hasta el día que murió, muy don Rubén. No se enjutó, no enflacó… pero no quería que lo vieran.
—¿Quién fue el amor de su vida? Hay aquella dedicatoria de El manto y la corona: “Aquí debería estar tu nombre”, ¿sería ella?
—Sí, sé para quién es esa dedicatoria pero nunca lo divulgaré. Fue una mujer a la que don Rubén amó profundamente, muy bella, atractiva, llamativa… No bonita o guapa, atractiva de personalidad. Yo creo que fue un amor platónico. Lo que sí sé es que fueron amigos toda la vida, hasta que ella murió.

Chistes y regalos

Se creó un juego entre Jimena, hija de Paloma, y el poeta: cada vez que ella se supiera un chiste nuevo tendría que ir a contárselo. Así ocurrió por muchos años. Prefería los más simples. Bonifaz Nuño festejaba a carcajadas; y carcajeándose (por un chiste de la oveja fresa y la oveja naca) un día le dijo:
—¡Ay, Jimena, qué babosa es usted!
Antes de esto, ella muy chica, al verla atribulada le dijo el poeta:
—Siempre que usted quiera algo y sus padres no se lo puedan dar, pídamelo a mí… menos un coche, no me vaya a pedir un coche, eso no se lo voy a dar.
Se acercaba Jimena a sus quince años y se le ocurrió tomarle la palabra a don Rubén. Le dijo que tendría fiesta y el poeta prometió regalarle el vestido, el que más le gustara, el que ella quisiera, sin importar el precio. Más tarde, al enterarse del costo, exclamó:
—¡Pero de veras no se fijó usted en el precio!

El último poema

Silvia Carrillo fue secretaria de Bonifaz Nuño en el Seminario de Estudios para la Descolonización de México. Llegó a la oficina de la Biblioteca Central para apoyar a Paloma cuando ella tuvo que ausentarse unos meses por una operación de la columna vertebral. Don Rubén le llamaba “la señora Carrillo”.
—Señora Carrillo —le dijo el 5 de octubre de 2009—, traiga su cuaderno.
Así lo hizo. Con el primer verso no hubo problema: “Viejo en su prisión de viejos huesos, coma”; sí los hubo con el segundo, pues ella escuchó: “me encontraste el corazón, punto, un punto”.
—Un punto, sí.
—Escriba: “Un punto”.
—Punto, sí.
—No quiero que escriba el punto sino “Un punto”…
Tardó en entender que así seguía el poema: “me encontraste el corazón. Un punto, / al amor se abrieron sus ventanas”.
Es el poema que cierra Calacas (2012), en donde el poeta le habla de tú a la muerte.
Explica Paloma: “En la última etapa siempre decía que se iba a morir, que estaba tan fregado que al día siguiente ya se iba a morir. Así lo dijo por diez años. Por eso escribió Calacas”.
—¿Cómo vivió ese último proceso?, ¿tuvieron una última charla?
—Estaba muy triste, lamentaba no poder venir a su Ciudad Universitaria. No sé por qué la vida me colocó en esta situación, don Rubén me escogió como hija, como persona más cercana… Llegó el momento en que empezó a dejarse caer. Era muy comelón, de dulces, chocolates y pasteles de tres leches, y cuando rechazó alguna de estas cosas pensé que era cosa de dos o tres días para que falleciera. Su cuerpo estaba muy cansado, muy agotado.
Un día ella le preguntó:
—Rubén, ¿qué me falta hacer por usted?, ¿qué más puedo hacer para sacarlo de esto?
—Paloma, usted tranquila. Ya ha hecho usted todo, yo ya estoy muy viejo y muy cansado.
Lo último que le dijo, pocos días antes de morir, fue: “Paloma, la quiero mucho y la espero siempre”.

Febrero 2013

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