lunes, agosto 04, 2014


Un poeta en la botica

Desde que conversé con Javier Taboada (Ciudad de México, 1982) sobre el proyecto de su libro, en el salón de profesores de la Escuela de Escritores de la Sogem en donde nos encontramos lunes a lunes a la espera de nuestra clase de las siete de la noche (él imparte historia de la literatura y yo narrativa hispanoamericana), desde entonces, decía, me interesó la idea literaria de ubicar un poemario en el espacio de una botica. Supe, además, que él había sido dependiente de ese negocio, lo que me remitió a una experiencia de juventud, cuando trabajé en una joyería de la calle Brasil. Aunque de giros distintos, en botica y joyería las labores son similares; se trabaja de lunes a sábado y la paga es semanal. La rutina impone sus condiciones. Leo:

Colgarse de la cadena y subir la cortina.
Cuando entra muy duro el sol
bajar los toldos con el gancho.
Barrer la calle. Barrer la entrada.

¡Justo lo que yo hacía en la joyería Midas! Esos comercios son pequeños universos en los que uno pasa días, semanas, meses enteros. Ahí ocurre todo. Recuerdo a un anciano que me mostró un anillo desmontable, y me retó a armarlo. Creo que me dio dos o tres días para hacerlo; era como esos juegos de habilidades que se venden en los mercados, aunque un poco más sofisticado. Había que superponer tres arillos engarzados y ajustarlos, sin forzar nada, en su acomodo natural, hasta dibujar un nudo. El hombre me visitaba a cada rato y preguntaba cómo iba el reto. El premio sería quedarme con el anillo. Mientras tanto, me contaba su vida: que había trabajado en el Banco de México diseñando billetes hasta que lo jubilaron… Cuando cumplí el reto, le tembló la quijada. Me dijo que daría instrucciones para que a su muerte me entregaran el anillo y se fue. Llevaba uno de esos bastones terapéuticos que se convierten en sillas; según él, era el inventor de ese aparato. Quizá alucinaba un poco, mas era simpático. No lo volví a ver.
Había también una anciana que nos surtía de libros esotéricos… En la joyería aprendí a decir esto: “Si le agrada algo se lo mostramos sin compromiso”.
El libro de Javier Taboada actuó en mí, en parte, como la magdalena mojada en te de tila de Proust. Por un lado, leía en él lo que me había ocurrido a mí, con una experiencia similar o paralela: botica o joyería como hábitat, lo que ocurre adentro, lo que pasa en los alrededores, con un vistazo al vecindario, en un caso el llamado Centro Histórico de la Ciudad de México y en el otro la colonia Guerrero.
Un recuerdo muy claro convertido en poemario: de eso se trata, dirían Shakespeare y Tomás Segovia. Con una curiosa consistencia narrativa. Alguien, con otras búsquedas, podría armar con él un buen cuento, una novela o hasta un filme, con este principio: el muchacho que llega a la botica y en ese curioso encierro de puertas abiertas empieza a entender de qué se trata la vida. Es un argumento quizá adaptable pero el germen de todo está en los versos, que en su concentración y sencillez cuentan y cantan la historia acaso del modo más adecuado para ello. Imaginarla en otros géneros, literarios o hasta cinematográficos, no implica que se haya errado en la elección del verso, sino que ahí, potencialmente, como en comprimidos poemáticos, está, para decirlo en palabras de botica, la sustancia activa de la historia.
En la nitidez del recuerdo está su mayor nobleza. El sitio de la poesía tiene una dirección postal exacta: Zarco 151, casi esquina con Camelia. Y un nombre: la Farmacia del Doctor Medina, personaje que dejó el negocio y convirtió al siguiente propietario en una suerte de sombra o fantasma, heredando el nombre y su pasado, en una cadena sucesoria:

Aunque claramente
no era el mismo que el original
le decían Dr. Medina
porque el barrio no aceptaba ver la diferencia:
            al nuevo doctor le fueron traspasados
                      como en los bolsillos de una bata vieja
normas saberes
y tal vez la fortuna
que nos impone un carnet ajeno.

Supongo que el tamiz poético convirtió la farmacia en botica. No es lo mismo Poemas de farmacia que Poemas de botica. El término, además, me lleva a Yonville, el pequeño pueblo normando de la ficción al que viajan Charles y Emma Bovary en la novela de Flaubert. Charles es médico y tiene como rival a un boticario, monsieur Homais, a veces más acertado en sus diagnósticos que el propio doctor Bovary. En la botica de Homais hay frascos peligrosos, con el signo de la calavera, que es de donde se surtirá Emma cuando sus crisis la lleven al suicidio. Esa calavera precautoria y amenazante está en Madame Bovary y en Poemas de la botica.
Un poemario con ubicación geográfica específica, con personajes como el ciego Olivares o la borracha del barrio, y unos versos no muy estirados que aceptan el acompañamiento de letras de bolero o tango, o que se asoman curiosos al gimnasio vecino, el Atlas, fábrica de boxeadores… Un poemario escrito en las entrañas del barrio: el dependiente toma su lugar tras el mostrador, como si se tratara de una butaca, y observa. Un poemario singular, lleno de vida.

Agosto 2014

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miércoles, mayo 21, 2014


García Márquez, vivo en sus memorias

1. Las tengo por ciertas, pero no encuentro la referencia exacta de un par de sentencias relacionadas con la obra de Gabriel García Márquez (1927-2014). Una es de Jorge Luis Borges, al comentar su aprecio por Cien años de soledad, que dijo al paso: “Aunque yo la hubiera dejado en cincuenta”. La frase no descalifica la novela del colombiano (como si se dijera que le sobran páginas) sino que califica al argentino como frecuentador dificultoso del género novelístico, quien solía perderse en el laberinto de personajes y situaciones, y prefería por ello, como lector y artífice, las formas breves. De haberse enfrentado a un orbe narrativo como el de Aracataca/Macondo (lo que resulta impensable en un bibliotecario citadino, que se enteraría de ello sólo por mapas y enciclopedias), efectivamente Borges lo hubiera simplificado o cifrado al máximo hasta dejarlo “en cincuenta”.
El segundo eco es difuso, y viene de una entrevista a la madre de García Márquez, Luisa Santiaga, que reconocía en los libros de su hijo la historia familiar, alterada por la incapacidad de Gabito por referir las cosas de modo lineal y cierta manía, además, por modificar la realidad hasta volverla inverosímil. Lo sintetiza García Márquez, acaso, en el epígrafe de sus memorias: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.
Él mismo reconoce esas faltas desde niño cuando dice, por ejemplo: “porque las cosas que contaba les parecían tan enormes que las creían mentiras, sin pensar que la mayoría eran ciertas de otro modo”. O: “mis relatos eran en gran parte episodios simples de la vida diaria, que yo hacía atractivos con detalles fantásticos para que los adultos me hicieran caso”. Y también, aunque de modo indirecto, cuando refiere su entusiasmo por Las mil y una noches: “Hasta que me atreví a pensar que los prodigios que contaba Sherezada sucedían de veras en la vida cotidiana de su tiempo, y dejaron de suceder por la incredulidad y la cobardía realista de las generaciones siguientes”.
El comentario de Borges dibuja, por contraste, la exuberancia de un cuerpo narrativo; y la queja de Luisa Santiaga retrata un estilo: esas alteraciones (del tiempo, que zigzaguea, o del dato cierto, que se vuelve irreal sin perder su carga de realidad) son el realismo mágico.

2. Las memorias arrancan de un modo impetuoso. Con la petición de Luisa Santiaga a su hijo mayor, entonces un joven periodista que intentaba encontrar su rumbo en la escritura, de que la acompañe a vender la casa de los abuelos en Aracataca, el lector emprende con ambos el camino del descubrimiento. Es un viaje a la semilla, a la raíz; es, para el escritor, el darse cuenta que en esa memoria difusa, recuperada a fuerzas por el pedido de la madre, estaba la fuente original, el gran surtidor de las historias que habría de contar por el resto de sus días. Significativamente, su lectura de acompañamiento es Luz de agosto, de William Faulkner.
Los demonios de la infancia se hacen presentes: las plantaciones de banano y los campamentos de la United Fruit Company, que eran casas de madera al estilo del viejo oeste norteamericano; los abuelos maternos, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía (hacedor en la vejez de unos pescaditos de oro) y Tranquilina Iguarán, su esposa; el sitio exacto de la matanza de jornaleros, ocurrida en 1928, y que marcó el fin de una época; o el portal de una finca bananera con el nombre de Macondo.
El efecto Proust, las magdalenas mojadas en te de tila que disparan la búsqueda del tiempo perdido, ocurre en García Márquez, a la edad de veintidós años (cuando realiza ese viaje con la madre), por la comida criolla: “Desde que probé la sopa tuve la sensación de que todo un mundo adormecido despertaba en mi memoria. Sabores que habían sido míos en la niñez y que había perdido desde que me fui del pueblo reaparecían intactos con cada cucharada y me apretaban el corazón”.
Los lectores más fieles de García Márquez reconocerán en cada detalle de ese camino hacia la infancia pasajes de los libros; quienes lo han leído con pausas estarán invitados a revisar, en la obra, lo que ha quedado de esa época que el escritor/periodista investiga, como si él mismo fuera el sujeto de su gran reportaje, invitados a ir, desde la infancia recuperada, a los títulos que ese deslumbramiento autobiográfico provocó, de Barranquilla a Aracataca o Cataca (donde ara es río), hasta el cuarto en que empezó todo, cuando le dice doña Luisa al joven García Márquez: “Aquí naciste tú”.
Es ahí donde además nace la escritura, que, como diría Julián Ríos, es criatura.

3. Como sucede con los conductores automovilísticos, con los escritores no hay edad para el retiro. Uno puede seguir manejando su coche hasta los noventa o cien años. Según mis indagaciones, los reglamentos de tránsito no tienen algún capítulo dedicado a ese aspecto. García Márquez cierra estas memorias, publicadas en 2002, con acontecimientos del año 1955, cuando publica La hojarasca, su primer libro; seguirían otro u otros volúmenes, que la vida no le permitió concluir. Entregó aún a la imprenta en 2004 un título fallido, Memoria de mis putas tristes, en donde copia a Kawabata; ahí ya se pasa los altos, pues confunde los colores del semáforo, y cuando quiere ir al frente mete reversa. Habrá que valorar esa época final. Yo diría que su última gran conducción al volante fue Vivir para contarla.

Abril 2014

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miércoles, marzo 05, 2014


Federico Campbell, el inventor de su pasado

Como preparación para la entrevista, colocó Federico Campbell (Tijuana, 1941-Ciudad de México, 2014) sus libros sobre la mesa del comedor. Eran poco más de una veintena de títulos, entre ediciones originales, reimpresiones y traducciones. Tenía además, por ahí, un par de carteles en bastidor con las portadas ampliadas de Pretexta (1979) y Tijuanenses (1989). Se diría que con estas armas se alistaba para enfrentar el 2011 en que cumpliría, el primero de julio, siete décadas de vida.
Dijo entonces: “Me desconcierta cumplir 70 años, realmente no sé si ponerme triste o contento. Es una cosa muy buena tener salud a esta edad. Juan Marsé dice que la vejez es una masacre; yo digo, más bien, que la vejez es una ruleta rusa: como si estuvieras en una trinchera de la Primera Guerra Mundial, vas viendo caer a los lados a tus conocidos, amigos o parientes. A esta edad empiezas a aceptar con naturalidad que cada uno de nosotros se está yendo, y eso te permite hacerte a la idea de tu propia mortalidad.”
Esto lo llevó al siguiente pensamiento: “La paradoja es que uno no tiene la edad que cronológicamente viste: yo me sigo sintiendo como alguien de veintitantos años. Más o menos cuando conseguí un yo, entre los veinte y los treinta años, me establecí en ese yo y así he vivido”.
—¿Tienes alguna perspectiva de tu escritura? Estos libros sobre la mesa, ¿son lo que proyectaste cuando eras joven?
—Pienso que no llegué a ser el escritor que pensaba que iba a ser. De joven decía que me gustaría ser como Mario Vargas Llosa; lo que más le envidiaba era la disciplina, el gobierno de sí mismo, y la capacidad de concentración. He sido muy disperso y mi capacidad de concentración es muy escasa por periodos largos. Con el tiempo he aprendido a aceptarme de esa manera, es mi modo de ser mental. Incluso me sorprende que haya logrado publicar quince o dieciséis libros siendo como soy. A veces me digo incluso que a lo mejor he sido un impostor, no un verdadero escritor.
Según Campbell, en los estudios sobre el síndrome de atención se dice que las personas que padecen esa enfermedad suelen escoger oficios muy específicos, entre ellos periodista o mesero. Él fue periodista. Títulos como Infame turba (1971), Conversaciones con escritores (1972), Máscara negra (1995) y La invención del poder (1995), surgen de esa actividad.
Aunque fue también, o sobre todo, narrador. “Uno se inventa el pasado, la memoria inventa. En el seno familiar no habla uno de muchas cosas porque supone que todos vivieron al mismo tiempo y conocen por tanto de esas cosas, no hay entonces nada nuevo de que hablar. Sin embargo, puede suceder en la conversación que uno se dé cuenta que no se vivieron las cosas de la misma manera. De ahí la necesidad de volver a contar esas historias”
—En Tijuanenses, La clave Morse o Transpeninsular, ¿es tu narrativa esa “novela familiar” de la que habla Freud?
—Hasta este momento ha sido eso.
—Quizá la excepción es Pretexta, en donde se aborda un asunto más amplio, como lo fue la fabricación de libelos en el sexenio de Luis Echeverría.
—Aunque también está la preocupación por el periodismo como tema literario, y hay en esa novela componentes de mi vida personal. Es un recurso: con diferentes figuras armas un personaje. En el personaje del profesor Ocaranza están fundidos seres para mí queridos y admirados como Daniel Cosío Villegas, José Revueltas, Julio Scherer, el profesor Vizcaíno (de Tijuana) y mi padre.
—En el personaje del escritor fantasma, ¿a quién verías reflejado?
—Sería yo de joven, un periodista con ambiciones literarias frustradas: no logra pasar del peridismo a la literatura, no logra ser el escritor que pensaba que iba a ser, aunque tiene la impresión de que ha estado escribiendo el libelo de su propia vida.
—De tu obra, ¿qué es lo que más te entusiasma? Como se decía antes, ¿dónde están tus mejores páginas?
—Sigo creyendo en Todo lo de las focas, mi novela menos comprendida y menos tomada en cuenta. Es un monólogo interior un tanto delirante, de tono melancólico. Al ser una novela primeriza los críticos, o quienes la leyeron, supusieron que yo no sabía armar una novela, mientras que esos mismos recursos eran celebrados como una literatura muy evolucionada si aparecían en un libro de Peter Handke o Samuel Beckett.
—¿Qué es lo que define tu escritura?
—La noción de que uno sólo escribe de cosas que le duelen, que le importan y lo han marcado a lo largo de la vida. Uno hace lo que puede y ya se verá si lo que escribiste valió la pena o no. Por lo pronto, un consuelo es saber que muchas de las cosas que viviste y pensaste han quedado en letra de imprenta, y que una vez muerto vas a seguir conversando con los lectores. Eso es lo maravilloso no sólo de la literatura sino en general de la escritura misma.

Febrero 2014

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domingo, febrero 09, 2014


JEP: “La enfermedad me ha dado conciencia de lo efímeros y transitorios que somos todos”

La noticia de que le había sido otorgado el Premio Internacional Octavio Paz de poesía y ensayo 2003, le llegó a José Emilio Pacheco (1939-2014) por una llamada telefónica nocturna. Se encontraba en Maryland, cerca de Washington, donde coordinaba un taller de ensayo e impartía un curso sobre la crónica modernista.
Horas después de esa primera irrupción telefónica, se confesaba todavía sorprendido por la noticia que le comunicó Marie José Paz, y por lo mismo no preparado para dar entrevistas. No le agradaba improvisar verbalmente, y lo hacía sólo cuando no había más remedio. No obstante, le emocionó entonces la decisión de otorgarle el premio “en reconocimiento a su trayectoria intelectual, a su afán de establecer puentes entre diversas tradiciones y a la excelencia de su obra que recorre todos los géneros literarios y es una contribución valiosa a la cultura de nuestro tiempo”, según el acta del jurado, y fijó con su interlocutor (telefónico) tres temas que venían muy a cuento: los encuentros con Paz, el ejercicio de la traducción, y Tarde o temprano, el volumen de su poesía reunida. Pidió veinticinco minutos para responder a cada uno de esos puntos. No fue a la computadora, tecleó y mandó un correo electrónico, como podría imaginar una mente que estuviera muy al día. Al viejo estilo, el poeta tomó cuaderno y pluma; y una vez pasado el tiempo exacto que él fijó, dictó con paciencia, con puntos y comas, lo que llevaría entre treinta y cuarenta minutos.
Respondió, dictó, escribió, con intensidad, José Emilio Pacheco. He aquí la versión completa de esa charla escrita.

Increíblemente generoso

La amistad con Octavio Paz duró 41 años. Fue auténtica y por tanto resultó difícil, y por difícil estimulante. La primera reseña de mi vida, publicada en Estaciones, fue una muy torpe y adversa sobre Las peras del olmo. Paz quiso conocer al joven de 18 años que era yo y me dijo que no estaba de acuerdo con las ideas pero aprobaba la actitud. A fin de ese mismo 1957, vino el gran deslumbramiento de “Piedra de sol”, poema que tantos años después me sigue pareciendo maravilloso.
A partir de entonces, Carlos Monsiváis y yo visitábamos a Paz y a Carlos Fuentes en el viejo edificio de Relaciones Exteriores. Nunca dejaremos de agradecer su generosidad a los dos.
Desde la India, Paz nos mandó a todos los de esa época excelentes cartas que nunca supe responder a ese nivel.
En 1966 hicimos Poesía en movimiento, con Alí Chumacero y Homero Aridjis, antología que por desgracia quedó inmovilizada y tiene 37 años de atraso.
Al año siguiente nos reunimos en Italia. Le dije que su regreso a México no iba a ser fácil porque inevitablemente se vería envuelto en las intrigas y querellas del ambiente.
La amistad por correspondencia era más fácil que el trato directo porque todos los seres humanos sin excepción somos “personas difíciles”.
En los 70 y 80 hubo épocas de alejamiento y casi de enfrentamiento, pero la amistad (que nunca fue íntima) jamás se interrumpió, cosa rara en tiempos como los nuestros de absoluta intolerancia.
La etapa de mayor proximidad con él y Mari José fue en el último año de su vida, en que conversábamos cerca de una hora diaria, en persona o telefónicamente.
Un hecho desconocido, que habla de un Paz increíblemente generoso, es que el último texto que escribió, dos días antes de morir, fue una carta donde no aceptaba la medalla al mérito ciudadano y opinaba que debía otorgarse a Cristina Pacheco. Y así fue.

La escuela mexicana de traducción

Los ensayos de Octavio Paz para mi gusto representan la mejor prosa mexicana del siglo XX. Sin embargo, en mi caso el más aleccionador de esos puentes fue su labor de traductor poético reunida en Versiones y diversiones (pienso en la edición de este libro que circula en España, mucho más amplia que la publicada por Joaquín Mortiz). Él y Jaime García Terrés establecieron en los años cincuenta lo que pudiéramos llamar la escuela mexicana de traducción, muy diferente de la española. El camino que sin saberlo ellos abrieron para mí, se verá a fin de año cuando Era publique mi libro Aproximaciones, y Alianza Editorial mi nueva versión de los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot, en la que he trabajado a lo largo de los últimos 14 años.

Efímeros y transitorios

Supongo que el motivo central de un premio que recibo ante todo como un reconocimiento no a mí en particular sino en general a la poesía mexicana, es Tarde o temprano, el volumen del Fondo de Cultura Económica que recoge mis doce libros de poemas. Me emociona que el premio llegue exactamente a los 40 años de mi primer libro, Los elementos de la noche, que salió en marzo del 63.
Recibo el premio en un momento muy triste para mí, por la muerte de tantos amigos, la inminencia de una guerra que ojalá no estalle, la desaparición de tantas publicaciones devoradas por la avidez suicida del neoliberalismo, tempestad que se lleva todo y no lo sustituye por nada. Por otra parte, la enfermedad me ha dado conciencia de lo efímeros y transitorios que somos todos... Ojalá que en Tarde o temprano haya a lo sumo 4 o 5 poemas capaces de mantenerse en pie ante esta y otras tempestades que por desgracia nos esperan.

Febrero 2014

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sábado, octubre 26, 2013


El especialista vampiro

Primero una anécdota: en enero de 1984, al estallar el levantamiento zapatista, me tocó viajar a San Cristóbal de las Casas como enviado de un semanario. Había un hotel a las afueras que se convirtió en sala de prensa; todas las madrugadas caravanas de reporteros y fotógrafos salían de ahí, sin rumbo definido, hacia las zonas del conflicto y regresaban por la noche cargados de historias. Un compañero que le tenía pavor a la guerra, pero que había hecho el viaje con nosotros desde la ciudad de México para cubrir la rebelión, no salía del hotel ni para comprar el periódico; aguardaba el regreso de quienes desafiaban el peligro, y en el bar o el restaurante los oía contar lo vivido ese día y a partir de ello, como redactor vampiro, escribía crónicas llenas de sangre, sudor y lágrimas, narradas en primera persona, claro, como si hubiera estado ahí. Desde el Distrito Federal, los jefes apreciaban su arrojo.
Algo como esto sucedió hace unas semanas en el terreno literario al presentarse en la sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes un nuevo especialista en la obra de Francisco Tario, dentro de un ciclo dedicado a los autores secretos. Como entusiasta de Tario, promoví en las redes sociales la conferencia y aconsejé al nouveu venu, que se hace llamar Rodolfo JM, que llamara al hijo de Tario, el pintor Julio Farell, único sobreviviente de esa familia Peláez-Farell de la que tantas cosas pueden contarse, para invitarlo.
No lo hizo. Le pregunté a JM en las redes sociales (para mí un espacio de diálogo) de qué había tratado la conferencia. “Hablé de Tario”, me dijo, haciéndose el chistoso. “Sí, claro, pero ¿cómo lo enfocaste?” “Ya lo verás, publicaré mi charla en Penumbria”, revista virtual dedicada al género fantástico.
En penumbras habrá sido. A la semana apareció en ese espacio la conferencia de este especialista vampiro quien, como el reportero de San Cristóbal de las Casas, copió lo investigado por otros, en un impresionante saqueo de las fuentes tarianas, para contar, como si fuera suya (sin citar a nadie), la historia de Francisco Peláez Vega. Se lee, por ejemplo: “Su hermano, el pintor Antonio Peláez, nos describe a un joven Francisco interesado en el futbol y poseedor de una abundante cabellera. Nos dice también…” ¿A quiénes nos dice?, ¿cuántos somos?, ¿habló con él? Algo reproduce además de Julio Farell, ¿fue a visitarlo? No. Al leer ese artículo uno se pregunta, ¿cómo es que se enteró de la vida de Tario?
Siempre es bueno tener lecturas frescas y los autores sólo se pertenecen a sí mismos… Lo que me queda claro es que estuve en la Adamo Boari sin haber estado ahí; fui citado reiteradamente sin que se mencionara mi nombre ni el de nadie que haya trabajado la obra de Tario. Siento como si hubiera dictado la conferencia de manera no presencial, como dicen en estos tiempos… y supongo que hasta podría entregar mi recibo de honorarios.
La cadena de la deshonestidad es un trabalenguas: el especialista vampiro se especializó en el autor leyendo a los especialistas reales, tomando de aquí y de allá, como si hubiera esperado en el bar o el restaurante del hotel, mansión para fantasmas, a ver qué pescaba. Con ese método no se puede llegar muy lejos, pues el conocimiento de oídas suele convertirse en teléfono descompuesto. Por eso asegura que Tario fue el mayor de dos hijos, cuando fueron cuatro (según me confirma Julio Farell); por eso dice que el escritor cambió su residencia de la Ciudad de México a Acapulco (donde fue copropietario de un par de salas cinematográficas, los cines Rojo y Río), cuando iba y venía. Las dos casas, la de la calle de Etla y la del puerto, fueron vendidas en los años sesenta, al dejar Tario abruptamente el país, por razones que todavía son un misterio (en una suerte de huída), para instalarse en España.
Que el texto que sirvió de base a la conferencia es un asalto a mano armada puede comprobarse con mucha facilidad, porque el autor copia incluso mis errores. En el prólogo de la antología de Atalanta (La noche, 2012) digo que a Tario lo lesionó el Trompito Cañedo... cuando el apellido real es Carreño, como lo dice correctamente Alberto Arriaga, a quien menciono (con su crédito debidamente expuesto) como especialista, ese sí, en el paso de Tario por las canchas. JM sentencia doctamente: “El energúmeno en cuestión era el atlantista Juan Trompito Cañedo, y el guardameta Paco El Adonis Peláez”...
En los años ochenta, cuando empecé a leer a Tario (por recomendación de mi amigo el escritor Humberto Rivas), poco se sabía de su vida. Por eso Daniel González Dueñas y yo buscamos a José Luis Martínez, para que nos hablara de Tario; éste nos envío con Antonio Peláez y con los hijos, primero Sergio y luego Julio, quien entonces vivía en Madrid… y en el camino se juntaron Rosenda Monteros y Esther Seligson, entre otros. Con ello armamos un “Retrato a voces”, que se publicó en la revista Casa del Tiempo y en nuestro libro Aperturas sobre el extrañamiento (Conaculta, 1993). En parte de ahí viene lo que sabemos ahora de Tario; las citas de Antonio Peláez provienen de esa fuente. Y siempre hay modo de enterarse de algo más. A mediados de octubre en Acapulco, en la inauguración de la muestra fotográfica Las noches de Francisco Tario, me presentaron a Fernando Álvarez, que de niño iba a la casa de los Peláez, en la Gran Vía Tropical (hoy avenida López Mateos), en el viejo Acapulco, entre el frontón y la plaza de toros, a jugar, y que antes se asomaba por el jardín para calibrar el humor del padre de sus amigos. He ahí un testimonio por agregar a lo que se conoce de Tario.
Nadie es dueño de Tario. Los hallazgos están al alcance de cualquiera. Los discos que grabó, en donde se oye a Octavio Paz recitar el poema “Niña”, los tiene la Fonoteca Nacional; las filmaciones en la isla de la Roqueta fueron digitalizadas por la Filmoteca de la UNAM y pueden verse en YouTube. Hay un libro reciente en Ficticia, La desconocida del mar y otros textos recuperados (edición y prólogo de AT), que recoge lo hallado en sus archivos. Alguien con imaginación y ética podría armar con todo esto la historia de Tario… o esperar, en la penumbra, para mal contar su historia y presentarse en el Palacio de Bellas Artes, orondo, como especialista en un autor que acaso ni siquiera ha leído.

Octubre 2013

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martes, septiembre 10, 2013

Déjame que te diga, morena

No “del puente a la alameda”, como dice el vals peruano de Chabuca Granda, sino del Paseo de la Reforma a la Alameda, para luego enfilarse hacia el Palacio Postal y doblar a la derecha, o dar la vuelta a la manzana (en tres décadas las calles, y las cosas, han cambiado de sentido), para arribar al Palacio de Minería. El señor Vargas conducía el automóvil negro. Y al detenerse el coche descendía de él una mujer esplendorosa que parecía salida de una película de Fellini, con un vestido largo colorido, lentes oscuros, collares y brazaletes extravagantes, cual diva cinematográfica. Como reina rumbera se introducía al viejo edificio, subía rítmicamente las escaleras y llegaba al salón en el que Ignacio Trejo Fuentes impartía el taller de crítica literaria, quizá los miércoles de cuatro a seis de la tarde, ¿o era los viernes? Podría ser. La memoria construye realidades, barajea los naipes del recuerdo y les da una disposición no exacta sino posible.
¿Nedda, te llamas Nedda? Algo explicaba ella, seguro, de la ópera Pagliacci, de Ruggero Leoncavallo, que le gustaba mucho a sus padres, de donde surge su nombre de pila. ¿Habrá mencionado a la actriz argentina Nedda Francy? No sé, no creo. Se hablaba, sobre todo, de libros. El coordinador nos hacía leer uno por semana, por lo común novedades de tamaño medio (no más de 200 páginas); aunque un día, enfurecido por aquellos que sólo iban a calentar la banca, nos asestó La vida exagerada de Martín Romaña, obra original, esa sí, de Alfredo Bryce Echenique, de 631 páginas exactas, y dijo que quien no llegara a la siguiente clase con la lectura completa mejor ni se presentara. Y sólo tres tristes tigres, quizá, entre ellos Nedda, por supuesto, nos presentamos, exhaustos aunque felices, con la tarea cumplida. Por lo menos habíamos llegado al punto final, aunque no todos trajéramos la reseña escrita.
Hablábamos de los libros nuevos, lo que se cocinaba entonces en la literatura mexicana. No siempre coincidíamos, lo que uno consideraba brillante para otro era un fracaso rotundo. De eso se trataba, y se trata aún; buscábamos entre nosotros ser muy sinceros en cuanto a nuestros gustos, lo que llegó a provocar amenas discusiones. La práctica de vuelo consistía en argumentar, dar una explicación de por qué aquellas obras nos habían sorprendido, para bien o para mal. Puedo dar con el año exacto de esas reuniones al recordar uno de los títulos que leímos: Los años falsos, de Josefina Vicens, que editó Martín Casillas en 1982. Al cerrar el primer ciclo a Nacho Trejo se le ocurrió que podíamos avanzar, y dedicarnos no ya a lo más reciente, que a veces nos exasperaba, sino detenernos en un solo título que a todos causara entusiasmo. Este fue Palinuro de México, de Fernando del Paso.
Entre un taller y el otro fuimos conociendo la historia de Nedda, quien no sólo era buena lectora sino, también, amiga de los escritores. Algo decía al paso de sus cuates Mario, Octavio o Guillermo, que eran, en ese orden, Vargas Llosa, Paz y Cabrera Infante. Meses después, en el baño de invitados de su casa podía confirmarse esa cercanía por una fotografía de grupo que se contemplaba sentado en el retrete, lo que alargaba el momento; en la imagen enmarcada aparecían aquellos que mencionaba en el taller, no sé si todos ellos o sólo algunos y otros más.
Era, pues, una mujer de libros que trataba a los autores de la más alta sociedad literaria. Como para envidiarla y querer estar cerca de ella. Por razones que aún no entiendo (y quizá hoy quiera explicar), se asumía como huésped ocasional de la República de las Letras. No ejercía la escritura o no se había animado, hasta entonces, a mostrar sus escritos. Fue quizá un comenzar a hacerlo, ejercicio en el que andábamos varios de nosotros.
El mismo Ignacio Trejo generosamente nos empujó a publicar, llevando nuestras reseñas al suplemento sábado, del diario unomásuno, que todavía contaba con su formación estelar: Fernando Benítez, como jefe de la nave; Cristina Pacheco y Huberto Batis, segundos a bordo.
No sé si invento o recuerdo: Nedda y yo nos encontrábamos en un Sanborns de Reforma, donde estaba el cine Chapultepec, revisábamos lo escrito, lo corregíamos, para encaminarnos al diario, en la difícil faena de entregar una colaboración. Era una forma de protegernos o acompañarnos. Batis había tomado ya las riendas del suplemento, y tenía fama de irascible. Éramos dos o tres, porque en ocasiones también se agregaba Daniel González Dueñas. O pasaba que íbamos sólo Daniel y yo. Al hacer la visita, uno sólo se volvía presa fácil del ogro Batis.
Así empezó Nedda a escribir. Ella lo sabrá mejor que yo, a mí me parece que las cosas fueron de esta manera. Es el relato que uno arma. Con conjeturas ciframos lo que ha sido nuestra vida y lo que ha sido la existencia de aquellos que se han topado con nosotros. ¿Fue en verdad así, Nedda? La memoria es buena para inventar. Por otro lado, el cegato “lo vi con estos ojos”, asegura Salomón de la Selva, es enemigo del recuerdo.
Un ancla son las fechas. En esta edición del Fondo de Cultura Económica los cuentos de El correo del azar están fechados en 1980, pero la plaqueta se publicó en 1984: fue el número 50 de Los Libros del Fakir, de la editorial Oasis, con un tiraje de 400 ejemplares, al cuidado de Luis Mario Schneider. Quizá el motivo secreto de que ella apareciera en el taller de crítica literaria de Minería, especulo ahora, fue que poco antes le había picado el gusanillo de la escritura. Y el aguijón fue tan potente que de entonces a la fecha, tres décadas más tarde, no se ha detenido.
Los que presentamos el libro en el 84, en la sala Ponce de Bellas Artes, estamos hoy aquí, aunque, como dice Neruda, “ya no somos los mismos”. Con algunos de nosotros Nedda intentó armar en su casa un taller particular de cuento, que adoptó sus propios rituales. Estuvimos ahí Josefina Estrada, Vicente Quirarte, Carmen Carrara, Daniel González Dueñas, Adriana Pacheco y el que esto escribe. Entre otros. Se revisaban las obras con mirada severa, éramos rudos a la hora de exponer nuestros puntos de vista. La coronación, y el fin de los conflictos, era el momento en que aparecían los postres, pequeñas obras de arte que inundaban la sala y con las que nos transportábamos de inmediato a un salón proustiano. Luego llegaba Enrique, el marido de Nedda (auténtico anhalito), que venía de la oficina; era un hombre dulce, afable, enteramente luminoso. Quizá en aquella época empezó a escribir Nedda El banquete, publicado en 1991 por la Universidad Nacional.
Y luego cada quien siguió su camino, en solitario, o con otros acompañamientos. Nedda no cejó, su vida se convirtió en una selva de palabras; uno de los frutos de esa constancia es Déjame que te cuente (FCE, 2013), que reúne lo publicado en el género del cuento y algo más, lo hasta ahora inédito. Es la suma de sus ficciones y de sus fricciones, tanto políticas como amorosas. Sus duelos, también. Es memoria y creación, recuerdo de una infancia dichosa y perdida o reinvención de sus experiencias como espectadora cinematográfica, lectora voraz y hasta fanática del beisbol; un tomo lleno de musicalidad y de ritmo, que a ratos se lee como quien escucha y canta, y hasta baila, a la vez, un bolero habanero o un vals peruano: “Déjame que te cuente, limeña; déjame que te diga, morena”.

Agosto 2013

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viernes, agosto 16, 2013

Acapulco, el fantasma y el sueño

Son dos rollos de película de 16 mm. filmados hace ya más de 60 años y que contienen, cada uno, dos minutos de escenas familiares en la isla de La Roqueta, en Acapulco. En uno se ve a dos niños, de entre siete y nueve años, que corren hacia el mar y chapotean un rato. Luego se mira caminar por la playa a un hombre alto y fornido, muy bronceado y con la cabeza rapada, al que acompañan una mujer hermosa y los dos niños del comienzo. El grupo se detiene y observan todos hacia el mar. La cámara se demora en la mujer, recostada en la arena; se diría que la contempla.
En el segundo rollo se ve a un anciano (lentes redondos, cabellera como cepillo, blanca) que da la mano a los pequeños. Es José Peláez, el abuelo, fundador de la Casa Peláez, negocio de ultramarinos que por muchos años estuvo en la calle de Mesones, en la Ciudad de México. Enseguida los niños practican futbol playero; se alternan en un arco imaginario construido con dos montoncitos de arena. Fin de la filmación.
Esos cuatro minutos transcurren ahora en la pantalla de una computadora portátil y llenan de recuerdos a Julio Peláez Farell, uno de los niños de la grabación, que entonces tenía, en efecto, siete años, y ahora está por cumplir 68. Su hermano mayor, Sergio, era su compañero de juegos. Su madre se llamó Carmen Farell Cubillas y su padre Francisco Peláez Vega; éste adoptó el nombre de pluma de Francisco Tario.
Por la contemplación de estos instantes —en el transfer de las cintas que hizo la Filmoteca de la UNAM—, el departamento de Julio Farell (que es su nombre artístico como pintor), en la colonia Narvarte, empieza a ser habitado por fantasmas amados. Al recordar hace suyo, acaso, lo que escribió Tario en el volumen Acapulco en el sueño (1951, con fotografías de Lola Álvarez Bravo): “La tierra, el agua y el viento han escrito aquí una Historia de asombro, belleza y espanto”.

Copropietario de dos cines

No sabe quién fue el camarógrafo y nunca había visto proyectadas esas películas, que anduvieron de aquí para allá entre España y México (como parte de una pesada herencia de papeles y álbumes fotográficos), pero ubica muy bien en el tiempo y la geografía lo que en ellas ocurre. Es diciembre de 1952. Solían viajar en esas épocas a Acapulco, en donde su padre era copropietario de los cines Rojo y Río. Eran las vacaciones escolares más largas; para Julio y Sergio en verdad era un sueño esa temporada en el puerto. Hacia las diez de la mañana solían viajar en lancha a La Roqueta; como a las tres de la tarde regresaban. El que conocemos como Francisco Tario a veces se adelantaba al pueblo para cumplir con sus labores administrativas.
Tampoco tiene claro cómo fue que su padre se encontró con Acapulco. Hacia los cuatro años, por ahí de 1948 o 49, Julio ya se recuerda sentado en la arena suave esperando el primer contacto con el agua.
—Está calientita, ya lo verás —le decía su madre.
Piensa que fue Melchor Perrusquía, cercano colaborador de Miguel Alemán, quien convenció a Tario de que invirtiera sus ahorros en Acapulco. Por esa combinación de funcionarios habrá llegado, también, el encargo de escribir una obra que promoviera internacionalmente al puerto. Una vez aceptado el proyecto, buscó quién pudiera tomar las fotografías. Los profesionales de la lente llegaban a la casa de Etla, en la ciudad de México, a mostrar sus portafolios. Hubo un inglés muy alto, cabello largo (“parecía Jesucristo”, recuerda Julio), del que se supo tiempo después que fue devorado por una anaconda; se contaba que ésta había expulsado, en sucesivas regurgitaciones, la cámara y el sombrero.
Al fin Tario se decidió por Lola Álvarez Bravo.

Un lugar íntimo

La casa de los Peláez en Acapulco estaba en la Avenida Tropical, detrás del frontón y al lado de la plaza de toros. Un día, por cierto, un toro saltó la barda hacia el jardín; el mozo Baldomero, que solía trepar a las palmeras para agarrar cocos, subió a una tan alto como pudo por miedo a la bestia, que fue sacrificada por la policía.
“La casa era pequeña pero el jardín era espléndido”, dice Julio. También Acapulco era un lugar íntimo, familiar, de gente que se conocía. Había sólo algunos hoteles: La Quebrada, Las Américas, el Helvetia… Cuando se hacía el festival de cine aparecían figuras de Hollywood; hay una foto de Carmen Farell con Robert Mitchum, Lana Turner y Lex Barker.
En la casa, con ellos, vivían el mozo Baldomero y la nana Raquel. La aparición del abuelo en La Roqueta es sorpresiva para Julio, que no tiene recuerdos de don José en Acapulco. Cuenta: “Él llegó en un barco de tercera a México, casi con lo puesto. Era de un pueblito cerca de Llanes que se llama Vibaño. En México entró a trabajar con un señor en una tienda, en donde dormía. Empezó a ahorrar y terminó por comprar ese negocio, que transformó en una tienda de productos españoles, la primera que hubo en México. Vendió luego, ya mayor, su parte al socio que tenía y heredó a sus hijos en vida. Mi padre invirtió algo de esa herencia en los cines de Acapulco”.

“Nos vamos a Europa”

La historia de Tario con Acapulco termina a finales de los años cincuenta. Recuerda Julio que su padre atendía llamadas telefónicas que lo ponían de mal humor. Acaso hubo presiones para que vendiera los cines; las películas que le mandaban eran de mala calidad, estaban rotas. No hay nada claro. Un día les dijo:
—Nos vamos a vivir a Europa, arreglen lo que tengan que arreglar.
Malvendió Tario su piano Steinway con teclas de marfil, lo mismo las casas de Acapulco y México. Abruptamente dejó todo lo que tenía y se fue a España.
Se instalaron en Madrid, primero en un hotel y luego en un departamento. Las playas de Oliva, a donde le gustaba ir en el verano, fueron para Francisco Tario el espectro de ese Acapulco algún día soñado y luego perdido.

Agosto 2013

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