lunes, abril 27, 2020


La vida esférica de Ignacio Trelles

Decía que no iba a hablar, que prefería pasar su cumpleaños 80 sin mucho ruido, en silencio.
—No quiero dar entrevistas, no me gusta la alharaca, y a la prensa le gusta exagerar.
Pero en la plática de pasillo a Ignacio Trelles (fallecido el 24 de marzo de este 2020, a la inverosímil edad de 103 años) lo venció la historia, su historia, y aquello se convirtió en un largo diálogo en varios tiempos. Surgieron, aquí y allá, sucesos y personajes que hoy encontramos en los libros pero que él había vivido y conocido: el Necaxa de “Los once hermanos”, el Atlante de “Los prietitos”, los orígenes del clásico América-Chivas, las tribulaciones de la selección nacional en los campos del mundo, Horacio Casarín, Antonio Carbajal, el Jamaicón Villegas...
Así, una conversación no agotó el tema, y había que volver a encontrarse.
—¿Lo busco de nuevo en La Noria, don Nacho?
—Sí, en el campo tres, ése es mi feudo. Llego a las 9:30, como siempre. Le suplico que hablemos de futbol, no de mí.
Y ahí estaba, azul vestido de azul, con el uniforme del último equipo que dirigió profesionalmente, metido en el oficio de preparar a las “fuerzas básicas” de la Máquina Celeste.
Sorprendía un “hombre de futbol” que dominaba las palabras con artes de literato, que de pronto hacía fulgurar una frase compleja como quien dribla a cuatro contrarios. Además de la expresión, la cachucha era otro de sus signos de identidad. Pero había más: el bigote recortado, la malicia elegante... Y el balón, por el que circuló en el juego de la vida.
Una de esas mañanas, La Noria lucía tranquila. No había primer equipo, pues andaba en el rondín de los partidos “de estufa”, de pretemporada. Y, por lo mismo, no había prensa a la búsqueda de la nota diaria. Los cursos de verano hicieron aparecer a un grupo de niños de entre cinco y seis años; varios de ellos pasaron, cantando, frente a Nacho Trelles, y éste se entretuvo con la algarabía.
—¡Abajo! —les gritó.
—No, ¡arriba! —le respondieron, para seguir el juego.
—¡Arriba, pues! —cerró él, y sonrió.
Sí, decía que no quería hablar, que no iba a dar entrevistas por su cumpleaños 80. Pero la historia, su historia, lo venció poco a poco.

***

Entre lo que apareció en la conversación hubo un recuerdo fundador, una primera imagen, un origen de todo, lo que Trelles veía como “cifra”, explicación del futuro vivido o como presagio.
—Cuando tenía yo doce años de edad, mi padre quiso venir a la ciudad de México. Vivíamos en Guadalajara y tuvimos que hacer el viaje de la mudanza. Ahí ocurrió algo para mí significativo o de premonición. Venía yo en el ferrocarril, con mi mamá y mis hermanos. Mi padre se había adelantado un mes antes para conseguir dónde vivir y para aceptar o no el trabajo que le habían ofrecido. Venía en el tren mi madre, con mis hermanos. Yo iba sentado del lado derecho del vagón de segunda clase, pegado a la ventanilla. Salimos de Guadalajara a las seis de la tarde, llegaríamos a México hacia las ocho de la mañana, o algo así. Me acuerdo muy bien que ese viaje lo iniciamos en sábado para llegar acá en domingo. Y claro, venía yo pendiente de todo lo que pudiera ver fuera del vagón. En la noche nos dormimos y ya. Pero al amanecer sucedió algo muy curioso. Entró el ferrocarril a la ciudad y de repente se detuvo para dar paso a uno que salía. En ese tiempo estaba la estación Colonia, que era la estación principal del ferrocarril de México; estaba donde ahora está el Monumento a la Madre. Ahí llegaban los trenes que venían de Ciudad Juárez, de Guadalajara... Se paró el tren, para dar paso al que salía. Claro, el terraplén de los ferrocarriles es muy alto. Yo me volví... Ya era de día, eran como las nueve de la mañana. Había llovido mucho y el viaje había sido lento, con el peligro de que las vías se fueran a dañar con tanta agua. Junto a la vía del ferrocarril, a unos cuantos metros, vi un campo de futbol, y vi que había un partido, que estaban jugando. Ese campo que estaba yo mirando, con tribunas de un lado y en las cabeceras, era el Parque España, que estaba en los terrenos donde hoy están las oficinas centrales de Teléfonos de México. A un lado pasaba el río Consulado. Era el famoso Parque España. Yo seguí viendo y se me quedó muy grabado que estaban jugando futbol, se me quedó muy grabado en la mente, sin identificar en realidad qué era. Tal vez fue una premonición, el principio de un hecho que se dio en mi vida, que llegué a pasar toda dentro del futbol.
Ya. El esférico circula por el campo. ¿Dos tiempos de cuarenta y cinco minutos? Y acaso tiempos extra.

***

Saque de meta: Ignacio Trelles Campos nació en la ciudad de Guadalajara el 31 de julio de 1919, hijo de Amador Trelles y María Campos.
—Fuimos seis hijos. Yo soy el mayor.
—¿Tiene algunas imágenes de su vida en Guadalajara?
—Solamente recuerdo la escuela. En ese tiempo la primaria no era mixta, había para hombres y para mujeres. Estudié hasta cuarto año en una escuela muy prestigiada. En esa escuela tenía dos primos mayores que yo, que estaban en sexto año. Ellos me invitaron a ver basquetbol de mayores, de estudiantes de preparatoria o universidad. Recuerdo algunos equipos de medicina y leyes, que eran enemigos acérrimos y daban muy buenos partidos. Ahí empecé a conocer lo que era un deporte. El basquetbol fue el primer deporte que tomé en cuenta. Eso fue todo. Luego me trasladé a México, y acá vine a hacer el quinto y el sexto año.
—¿Jugaba usted futbol de niño?
—No, jugaba a la roña, a los encantados... No se acostumbraba que los niños jugaran futbol. Eso se vino a dar después. Cuando llegué a México, ahí sí jugábamos en la calle, pero de vez en cuando porque teníamos el bosque de Chapultepec a dos pasos.
—Su despertar al futbol fue esa imagen del Parque España desde el vagón del tren...
—Sí, y ya después asistí ahí a varios partidos. Como niño, entraba uno gratis. En el Parque España se jugaban encuentros oficiales importantes del futbol mexicano. Luego de ese Parque España hubo otro, en pleno Paseo de la Reforma: el Parque Asturias, donde me tocó jugar de antepreliminar, a las ocho de la mañana, con mi equipo infantil, un Necaxa de fuerzas básicas. Ese día el Marte de México iba a jugar contra un equipo uruguayo, no recuerdo si el Nacional o el Peñarol. Se me quedó grabado que traían un jugador al que llamaban El Manco Castro, porque le faltaba un brazo. Se acostumbraba un antepreliminar de niños o jóvenes; luego un preliminar de cuatro equipos, con dos partidos en la misma cancha. El primero era a las ocho, el segundo a las diez y el principal al mediodía.
—Supongo que le nacieron algunas admiraciones entre los jugadores que veía salir al césped del Parque Asturias.
—Lógico, y eran ni más ni menos que “Los once hermanos”. Aunque en mi colonia, en San Miguel Chapultepec, vivían jugadores que pertenecían al Atlante. O sea que tenía yo una cierta amistad con ellos, que eran nuestros ídolos de barrio, pero también lo eran los jugadores de primera división del Necaxa, “Los once hermanos”.
—¿Cuál era su ídolo?
—Generalmente se convierte en ídolo al que juega el mismo puesto de uno, o un puesto que uno quisiera jugar. En ese tiempo yo les ponía mucha atención a los centros-medio, y esa posición en el Necaxa la jugaba El Calavera Ávila.
—Ese Necaxa es inolvidable. Incluso hace unos años a los necaxistas les dio por decir que eran los nuevos once hermanos.
—Sí pero hay un diferencia enorme, no porque fueran mejores unos que otros sino por la forma en que estaban constituidos. A “Los once hermanos” se les bautizó así porque jugaban hasta sin verse, en ese tiempo era una novedad el conocimiento, el acoplamiento que tenían en su juego: parecían realmente hermanos... He dicho que por amistad, porque eran mis vecinos, también tenía predilección por ciertos jugadores del Atlante, un equipo también famoso en ese tiempo. Recuerdo al Nicho Mejía, centro delantero. A ese equipo se le llamaba de “Los prietitos”. Así estaba yo entre “Los once hermanos” del Necaxa y “Los prietitos” del Atlante. El Atlante tenía puros mexicanos, el Necaxa en cambio tenía un extranjero: Julio Lores, peruano.
A ratos sobran las preguntas. La memoria va creando cadenas, se alimenta de sí misma.
—Había un América, también, más antiguo, que alcancé a ver de niño; ese América tenía un extranjero, un chileno que se apellidaba Barra García, pelirrojo. El Récord era un jugador muy famoso, capitán y alma de ese equipo América. Desde entonces se le conocía al equipo como “Fibra América”, que era el grito de guerra. De jovencito conoce uno a todos los jugadores, de memoria, los del España, los del Asturias, los del Marte, Atlante, América, Necaxa, entre los de la capital. También había equipos en provincia: el Moctezuma, los equipos de Guadalajara, el León que ya empezó a aparecer... En fin.
—Supongo que luego de su llegada a la capital le fueron naciendo amigos.
—Era yo miembro de una palomilla, como se llamaba en ese tiempo al grupo de amistades. Naturalmente, mi palomilla estaba constituida por unos quince o doce niños del lugar donde vivía, de San Miguel Chapultepec. Jugábamos juntos, hicimos nuestro equipo infantil, y de ahí salí yo invitado al Necaxa. En ese grupo o palomilla, seguimos llevando nuestra vida juntos. Poco a poco el tiempo nos fue separando. Se fueron casando unos... En la actualidad la mayoría ha fallecido. Ahí hubo dos personas muy conocidas en México, que fueron tan conocidas como yo que jugaba. Uno era Daniel Pérez Alcaraz, comentarista de radio y que tuvo en televisión un programa que duró 25 años, hasta que él falleció: “El club del hogar”. Él era miembro de esa palomilla nuestra, y el principal impulsor, un muchacho muy dinámico. Otro elemento de ese grupo, también muy conocido, fue Manuel Tamez, que hizo pareja con Madaleno siendo Régulo. Formaron ellos esa famosa pareja de cómicos que ahora tiene una imitación infame. ¡Es increíble hasta dónde ha caído el gusto! Ellos dos, Alcaraz y Tamez, destacaron con el tiempo, cada uno en su actividad. Yo sería el tercero. Los demás se dedicaron a la vida privada, a sus familias. Y con el tiempo, a vivir y fallecer. Quedamos dos o tres de ese grupito.
Concluye el primer tiempo.

***

En el intermedio, el tema fue la palabra.
—Desespera, don Nacho, que en el programa de radio, al que asiste lunes y jueves, no lo dejen hablar —se le comentó.
—Es mejor hablar poco diciendo algo. Hay algunos que hablan mucho y no dicen nada.
—Empieza usted con una frase incisiva y en ese momento el conductor se pone a temblar y lo corta.
—Eso es cosa de él.
—¿No le molesta que lo censuren?
—No, no me molesta, para nada, porque sé que este joven, el conductor del programa, lo hace de buena fe y, en último caso, obligado por circunstancias que no puede modificar. Conozco bien el ambiente.
—Y le gusta a usted decir cosas muy puntuales.
—Me gusta decir lo que considero que son verdades, pero estoy plenamente consciente de que esto no sirve para nada, o sirve momentáneamente para que alguien lo escuche o para que momentáneamente también alguien lo transcriba en un periódico, y ya, se olvida.
—La palabra tiene un peso.
—Pero muy relativo, se necesitan circunstancias muy especiales para que adquiera ese peso porque así como lo puede adquirir puede pasar totalmente desapercibida, o merecer un comentario casual: “Mira qué buen detalle, qué buena frase”, y ya.
—¿Cómo es que llegó a esas frases contundentes, por las lecturas o el trato con la prensa?
—No, no, es algo innato.
—Pues ha ido construyendo un lenguaje propio.
—Le diré que leo muy poco, libros casi no... Leí los libros que de adolescente lee uno: las historias del Tesoro de la juventud y otros, pero conforme fui creciendo empecé a dejar de leer. En la actualidad sólo leo libros que se relacionan con mi actividad, es decir libros de deportes o libros técnicos de medicina del deporte. Eso es lo que leo de unos veinticinco años para acá. Mis lecturas son los periódicos y las revistas, también relacionados con el deporte... Esa es mi fuente como lector, lo demás es producto de la experiencia, de vivir.
—El futbolista lo mejor que hace es en el campo, pero afuera siempre están los periodistas pidiendo declaraciones.
—Y siempre son las mismas preguntas y casi siempre las mismas respuestas.
—¿Ese trato con la prensa lo obligó a perfeccionar su expresión?
—Mis frases generalmente no van encaminadas a una persona en particular sino son palabras al viento, que ahí quedan, para no crear problemas. Puede uno tener buenas relaciones con alguien que ejerce algún puesto en el futbol pero hace una cosa que no es la adecuada, y la comenta uno... Si se alarga uno y da el nombre, da la impresión de que es en contra de la persona cuando es en contra de una situación. No se trata de juzgar a la persona sino de dejar establecido algo que no se considera adecuado. Considero que esa es la mejor manera de hablar.
—Sobre todo al término de los partidos, pienso en los encuentros de la selección nacional, se acostumbra pedir al entrenador definiciones de por qué se perdió, y usted solía tener buenas salidas al respecto.
—Lo hacía para evitar que se fuera más allá de lo razonable. El entrenador no tiene por qué ser explícito, o ampliarse en todo lo que hace porque da lugar a la interpretación.
—¿Prefiere una frase a la vez que fuerte, ambigua?
—No necesariamente ambigua. Por ejemplo, nunca doy nombres. Razono de esta manera: si el presidente de la República no da nombres, menos lo haré yo. No es necesario, porque no es necesario pedir que se enjuicie a fulano de tal. Si me preguntan: ¿cómo vio a la selección?, digo: regular, bien o muy bien. Con eso es suficiente. Una vez me hicieron la misma pregunta, ¿cómo vio a la selección?, y lo que dije es que no había visto una selección sino una preselección, pues no estaba definida, estaba actuando como se trabaja con una preselección.
Hasta aquí el descanso. Había que abrocharse las agujetas de los botines y dirigirse al túnel de la historia.

***

Y vuelta al comienzo. Un imaginario “hombre de negro” pita el arranque del segundo tiempo. Habrá dos momentos muy definidos: Trelles en el campo, como futbolista; y Trelles entrenador, con su costumbre de colocar trofeos en las vitrinas de los equipos que dirigía. Véase si no: en 1953-54 hizo campeón de liga al Marte, al que llevó, además, al título de campeón de campeones; en 1954-55 y 1957-68, al Zacatepec; en 1966-67 y 1967-68, al Toluca; y en 1978-79 y 1979-80, al Cruz Azul.
—Supongo que usted no pensaba seguir la carrera de futbolista, que no era ese su proyecto inicial de vida.
—Naturalmente que no. Mi padre fue ingeniero mecánico electricista, sin título. Él desempeñaba ese trabajo, y me obligaba a mí a estudiar. Mi padre no sabía nada de deporte, estaba muy compenetrado con su trabajo. Él pensaba que yo podía tener su oficio, y me encaminó hacia allí. Hice la secundaria, luego me inscribió al Politécnico... No resulté bueno para los estudios; pero a la vez iba ascendiendo en el futbol, poco a poco. Por fortuna el destino me protegió, permitiendo que el futbol fuera suficiente para mí.
—¿No le molestaron a su padre las decisiones que fue tomando?
—Nunca se enteró que era por el futbol que yo no estudiaba adecuadamente. Me llevó a trabajar con él, a aprender en la práctica. Fui mecánico electricista durante veintisiete años, en la llamada Cove: Cooperativa de Vestuario y Equipo. A la vez que trabajaba, jugaba futbol. Así seguí como obrero hasta que me hice entrenador.
Nacho Trelles se inició como futbolista en el Necaxa. Para la temporada 43-44, la primera que se jugó bajo las reglas del profesionalismo, llegó al América.
—Y usted jugó el primer América-Guadalajara, ¿no es cierto?
—Aunque ese clásico fue prefabricado, no fue un clásico original. En ese tiempo eran más importantes España contra Atlante, y también era clásico Atlante-Necaxa. Pero el real, porque unos eran españoles y los otros mexicanos, era el primero. Era un clásico original, que se formó por sí solo. De los partidos América-Chivas se quiso aprovechar su condición de provincia contra capital, y no faltó un periodista que empezó a armar el tinglado para llevar a cabo el que se considerara clásico. Si reviviera, ya hace mucho que falleció, vería hasta dónde ha llegado en importancia, en resonancia, algo que él empezó a formar a través de su máquina de escribir.
—Se dice que los clásicos son como la sal de un torneo.
—Sí, son algo así, importante, pero tienen mayor valía cuando son genuinos. Los demás son prefabricados.
La primera vez que se enfrentaron América-Guadalajara fue el 16 de enero de 1944, en el Campo Atlas.
—Recuerdo ese juego por su violencia: fue un encuentro muy accidentado.
Lo que ahora es “clásico” entonces nació como “pique” entre dos escuadras. El América era considerado como de abolengo por su antigüedad entre los equipos capitalinos y por la fibra que siempre habían puesto sus jugadores en sus contiendas deportivas. Se conformaba por extranjeros y nacionales. El Guadalajara, “que goza de la preferencia de los espectadores por su integración netamente mexicana” (según crónicas de la época), acompañaba al Atlas como cuadro de Jalisco, en ese primer campeonato oficial en el que participaron además cinco equipos capitalinos (América, Atlante, Marte, Asturias y España), tres cuadros veracruzanos (ADO, Veracruz y Moctezuma): diez en total.
En aquel América-Guadalajara no sólo rivalizaban capitalinos contra provincianos. A los americanistas les decían “los ches”, por tener jugadores de Sudamérica... Cuenta Trelles:
—En 1943 desapareció el Necaxa, y algunos jugadores pasamos al América. Recuerdo que en esa temporada 43-44 fuimos a jugar contra el Guadalajara. El resultado no lo recuerdo bien, posiblemente sí fue 3-1 para los locales. Fue un partido muy accidentado. Hubo violencia. En ese tiempo se estableció un pique natural por el hecho de que ellos eran de Guadalajara y nosotros capitalinos. El pique nos llevó a acciones violentas.
Trelles era centro-medio, lo que entonces equivalía más o menos a ser el director de la orquesta.
—Se exageraba el papel del centro-medio, había además dos medios, derecho e izquierdo, que alimentaban a los dos interiores, y ocasionalmente con juego largo a los extremos o el centro delantero, que culminaban las jugadas.
Los medios sólo iban al ataque en jugadas especiales, como los tiros de esquina. Los dos defensas eran estáticos.
De aquel encuentro, Trelles guarda estas imágenes:
—Un defensa del Guadalajara, El Pelón Gutiérrez, le rompió la mandíbula a uno de los nuestros. Julio Orvañanos fue perseguido para darle patadas, y tuvo que salirse de la cancha y correr a vestidores. Yo sufrí una lesión pequeña en la columna vertebral en un tiro de esquina: salté y Max Prieto, que era muy alto, me puso el banquito... Di el chicotazo. Pensé que quedaría inválido para siempre. Esos detalles no se me escapan. Por eso recuerdo ese partido. Lo jugamos sin pensar que sería un clásico. Había sólo un pique, que también existía cuando jugábamos contra el Atlante o el España.
—¿Cómo era usted en el campo?
—Me consideré siempre un jugador no de fuerza sino de cualidades técnicas. Era yo veloz, eso sí. Tenía inteligencia para jugar.
—Y se retiró muy pronto.
—En 1948 dejé de jugar: sufrí una fractura de tibia y peroné en la pierna derecha. Terminó así mi vida de jugador. En ese entonces la medicina estaba en pañales, y quedé imposibilitado para seguir jugando. Sentí que me tragaba la tierra, pero el tiempo todo lo cura.

***

—Como entrenador, don Nacho, su primer campeonato fue con el Zacatepec.
—Mi primer campeonato fue nacional-amateur. Salimos campeones nacionales, luego campeones de segunda división...
—La naciente división de ascenso.
—Sí. Ya en primera división empezó a reforzarse el equipo. Con Zacatepec se obtuvieron dos campeonatos. Hubo un campeonato con el Marte, que fue el primero, pues al Zacatepec fui y vine, y hasta la segunda etapa lo hice campeón. Luego fui a dar al América, donde obtuvimos sólo dos o tres subcampeonatos.
—Y de esos triunfos como entrenador, ¿hay uno que atesore?
—Van causando impacto según se van presentando. Mentiría si dijera que fue de más impacto el primero que el sexto o el quinto, porque todos producen la misma satisfacción. Ya después son los campeonatos los que crean una sola satisfacción general. Por lo pronto con el primer campeonato se siente uno el rey del mundo.
—Y el primero fue con el Marte, ¿recuerda el último partido de ese torneo?
—Sí, fue contra el Oro, allá en Guadalajara. El Marte era un equipo un tanto genial: a veces jugaba como los propios ángeles, a veces no jugaba bien, era un tantito irregular. En ese partido en Guadalajara se decidía el torneo: con el simple empate, el Oro era campeón. Viajamos a Guadalajara cuando ya nos daban por vencidos. Pero salió inspirado el Marte, y cuando eso ocurría no lo paraba nadie. Se ganó en Guadalajara y se ganó el campeonato.
—De los equipos en que ha estado, ¿habría un amor especial a una camiseta?
—A todas. Un símil que establezco es el de los hijos: son diferentes hijos pero el amor es igual, el cariño es el mismo, aunque se aplique de modo diferente por la forma de ser de ellos. Con los equipos pasa igual.
—Tenía usted una presencia fuerte en el banquillo.
—Era calculado, eran acciones calculadas y llevadas a cabo con base en sucesos que se daban en el campo, por lo que consideraba injusticias. Así me metía a la cancha, protestaba con el juez de línea...
—Picardías.
—Sí, pero llevaban como fondo una protesta contra algo que consideraba indebido en contra de mi equipo. Sufrí muchas expulsiones, sufrí multas... Así establecía yo un estado de injusticia.

***

En la recta final del encuentro aparece la selección nacional. Se detiene Ignacio Trelles en los avatares tricolores, pues su nombre acompaña a esta compleja historia en el periodo 1958-1969.
—Cuando se habla de la selección, don Nacho, se dice que no pasa ahora lo que ocurría antes: que en el extranjero los jugadores se achicaban, que les entraba el miedo.
—Eso es mentira, es una de tantas falacias que se han dejado en el aire y después se quedan ahí para ser tomadas en cuenta. Eso no es cierto, pues el que uno o dos jugadores se achiquen, eso no quiere decir que les pase a veintidós, y menos al entrenador.
—Incluso se habla del síndrome del Jamaicón Villegas.
—Se conoce así porque era un jugador al que le hacía daño salir de su terruño. Pero era uno solo, había otros diecinueve con gran personalidad: había un Carbajal, un Cárdenas, un Nájera, un Del Muro...
—Al Jamaicón, ¿qué le pasaba?
—Se sentía extraño. Estaba tan arraigado a su terruño, a su lugar, que se sentía incómodo. Había un poco de broma en eso de que se veía en su casa comiendo tacos.
—Ahora se suele decir que en esos tiempos la selección padecía el síndrome del Jamaicón...
—Eso no es cierto, es mentira. Pongo este ejemplo. Jugando contra Checoslovaquia nos meten un gol en treinta segundos, empezando el partido. Yo desde la banca me dije: “Caray, nos van a golear”. Carbajal en el arco comenzó a gritar: “¡Vamos ahí, Cárdenas! ¡Vamos!” Y para arriba. Ganamos 3-1. Con esa simple muestra destruyo la falacia del síndrome. Y esto fue en un Mundial, en Chile 62.
—A usted se le pregunta con frecuencia sobre la selección mexicana porque la ve con los ojos de la historia, de un pasado en el que fue protagonista.
—Estuve mucho tiempo, fueron trece años en la selección... Claro que no fueron años continuos de 365 días, pues a veces tenía yo equipo y selección.
—También se dice que la calidad de la selección es la calidad del futbol mexicano.
—La calidad de los futbolistas mexicanos. Porque hay dos futboles: el normal, el de los torneos, en el que están incrustados cinco o seis extranjeros, aunque nada más jueguen cuatro; y los futbolistas mexicanos que forman parte de los equipos y van a la selección.
—Hay carencias, descuidos, en el trabajo con fuerzas básicas.
—No, no, ese es uno de los grandes mitos, de las grandes falacias que han producido los medios de comunicación: no se puede hablar que no se trabaja con fuerzas básicas. Le voy a decir: yo, como jugador, fui producto de una fuerza básica. A los doce años ingresé al Club Necaxa. Ahí me formé, subiendo todos los escalones: infantil, juvenil, intermedia, reserva y primera división. En la época había otros equipos, como el América, el España, el Asturias, el Marte, como el Atlante, que tenían sus fuerzas menores bien organizadas.
—Durante esa etapa como entrenador de la selección nacional tuvo usted muchos problemas con la prensa.
—Procuraba hablar lo menos posible... Es que me decepcioné muy pronto de los medios de comunicación. Me di cuenta de lo que eran, han sido y siguen siendo. Como no puede uno modificar esa situación, modifica uno su propia forma de actuar. Los medios de comunicación exageran siempre en uno u otro sentido, nunca escogen el justo medio. Por eso me propuse intervenir lo menos posible.
—Era una relación difícil.
—Nunca tuve buena prensa, debido a eso: a que no participaba de la misma forma que otros entrenadores. Me rebelé ante ese estado de cosas hablando poco.
¿Pitazo final en el diálogo? Hay que ir a la cabina de transmisiones para los comentarios finales.

***

—El paso de entrenador a comentarista en radio y televisión, ¿fue también natural?
—En 1969 dejé de ser entrenador de la selección nacional y quedé como asesor técnico. El mando lo asumió Raúl Cárdenas. Yo no tenía compromisos y fui invitado a hacer comentarios cortitos en televisión, como cápsulas deportivas. Ahí empecé. Y así he sido invitado, de manera no regular ni profesional, digamos.
—La brevedad es un campo que le acomoda.
—Sí pues se acostumbra uno. Las respuestas que doy, en una entrevista, también son cortas.
—¿Le gusta ser irónico?
—Sí, porque me gustan estilos que he conocido, de algunos periodistas a los que he ido leyendo.
—Para radio y televisión, las presencias de entonces eran Fernando Marcos y Ángel Fernández, que no manejaban mal el lenguaje.
—Sólo que la forma de esos comentarios se aparta de una realidad para asumir la forma muy personal del que los hace. Yo solamente acepto comentar realidades, no supuestos.
—¿Lo dice por el estilo garigoleado de Ángel Fernández?
—El estilo garigoleado no quería definir una realidad, era una forma de expresarse, nada más.
—Fernández creaba la guerra de Troya en partidos aburridísimos.
—Sí, algo muy aparatoso pero que desde el punto de vista técnico decía poco.
—Fernando Marcos parecía más centrado.
—Se acercaba un poco más a la realidad aunque tampoco la manejaba de manera completa.
—¿Diría usted que no se ha observado bien el futbol a través de los medios?
—Hay periodistas que ven las cosas con la profundidad que la realidad exige, pero son muy pocos, dos o tres. La mayoría se sale de esa realidad por desconocimiento o por conveniencia.

***

La ceremonia de los adioses: la plática de pasillo se volvió extenso diálogo a dos o más tiempos, cuento o recuento de una vida. Las sillas apiladas, al fondo de La Noria, han seguido silenciosas una parte de esta conversación. Pasan, de vez en cuando, los jardineros. Ya hace rato dejaron de escucharse los cantos de los niños.
—¿En el medio futbolístico no hizo amistades?
—Ahí es compañerismo más que amistad, como el que se da en un equipo de futbol. Claro está que puede ocurrir que se hagan amistades, en mi caso no, aunque sí hubo un compañerismo muy agradable.
—Algo que ha sido característico de usted son las cachuchas, ¿cuándo aparecieron en su vida?
—Las comencé a usar por necesidad. Cuando me hice entrenador, por estar mucho en el sol tuve problemas con un ojo y el oculista me aconsejó que usara anteojos y usara visera o gorra, y opté por la gorra, me fue más cómoda. Y desde entonces trabajo con cachucha.
—¿No fue una cuestión de estilo o gusto?
—No, no, fue una necesidad, que todavía estoy cumpliendo, y ahora con más razón: las defensas son menores.
—¿Ha llegado a pensar en un ideal futbolístico? ¿Cuál sería el equipo que jugara al “estilo Trelles”?
—Los entrenadores soñamos despiertos con un futbol de ensueño, siempre estamos pensando que ese sueño se puede convertir en realidad. A veces la realidad nos lo impide. No faltará el entrenador que logre ese sueño, pero no conozco yo a alguno que lo haya logrado. El mío sería un futbol en el que hubiera jugadas espectaculares, de mucha calidad técnica... Todo lo que reúne un ideal futbolístico. Habrá entrenadores que se hayan acercado bastante a sus propios sueños.
—¿Usted se acercó?
—No, no tuve oportunidad de llegar ni siquiera cerca de lo que había considerado mi futbol ideal. Las circunstancias no le permiten a uno, no encuentra uno a los jugadores, tiene uno la obligación de no perder... No faltan inconvenientes y obstáculos.
—¿Cuál sería su diagnóstico del futbol mexicano?
—Que ha crecido de manera muy importante, para bien o para mal, por sí mismo, sin que haya sido producto de planes bien elaborados o trazados por quienes conducen el futbol mexicano. Esa es la conclusión.
—¿No le molestan las turbiedades del futbol mexicano?
—No molesta, decepciona profundamente todo lo negativo, que es mucho, que tiene el futbol desde siempre. Eso no ha cambiado.
—Es la política del futbol.
—Que no es diferente a la política normal. Claro, aumentan intereses políticos-económicos, y aumenta ese estado de turbiedad.
—¿Le ha llegado a aburrir el futbol?
—No, no.
—¿El futbol lo absorbe, lo llama?
—Más que absorberme, porque eso daría la impresión de que acabaría con mi forma de ser, me siento inmerso en el futbol. Dentro de lo que es el medio siempre he establecido independencia de criterio, de punto de vista, de forma de ser. No he sido absorbido, de ninguna manera, como les pudo pasar, por conveniencia o no, a otras personas. Siento que mi forma de ser prevalece, entre lo bueno y lo malo que tiene el futbol.
—¿No lo apasiona el futbol?
—No tanto como apasionarme. Pienso que la pasión es un sentimiento que sufre una exageración, y a mí no me gustan las exageraciones. Pido un equilibrio sentimental, ver las cosas con interés pero con la mayor claridad posible, un interés que no vaya más allá de lo razonable. Tiendo a ser muy realista.
—El deporte es un mundo de triunfos y fracasos.
—Naturalmente. Siempre los fracasos se tuvieron que sufrir, pero se disfrutaban los triunfos, y cuando hay más triunfos que fracasos se puede considerar a quien los vive que triunfa. Triunfador absoluto no conozco a ninguno, a menos que se haya dedicado a una sola pelea o un solo huevo en su vida, y que lo haya ganado: ese es un triunfador absoluto.
—¿Y le gusta cómo llega al cumpleaños ochenta?
—Sí porque lo hago inmerso en el futbol. No he dejado de estar en el futbol desde que llegué en 1934 al Necaxa. Tuve la suerte de que habiéndome apoyado en el futbol, fui correspondido plenamente.
—¿Cómo se siente en relación con usted mismo?
—Tranquilo, he aprendido a vivir mi realidad, y esa realidad va cambiando: de los diez años de edad hasta los ochenta a los que voy llegando. Se adapta uno, pienso que es la mejor forma de vivir de un hombre.
—¿Le gusta la vejez?
—Va uno aprendiendo, se va uno amoldando. No estoy peleado con la vida, afortunadamente. Pienso que me ha ido bien. Sigo trabajando. No desearía caer en un motivo de desgracia, lo que se puede presentar por muchas razones. A una enfermedad es a lo más que puede uno temerle, en cuanto se presente.
—¿Le teme a la muerte?
—No, a la muerte no. Le temo a sucesos que implican desgracia, para uno o para los seres que uno ama, que son como uno... A la muerte no le temo, esa siempre está ahí y a veces hasta puede uno gambetearla.

Marzo 2020

Etiquetas: , , , , , , , ,

jueves, abril 23, 2020


En el centenario de Boris Vian

Teníamos un buen rato de platicar. Le había pagado ya dos o tres copas. Se quejaba de sus compañeras, que habían terminado por aislarla. Afuera se escuchaba el barullo de la avenida Independencia. Dentro, en el Señor Lee, había el ambiente moroso habitual, con mujeres solas o acompañadas entre ellas en las mesas, algunas con compañía masculina, y una orquesta de dos que tocaban como si fueran cinco. A veces, una pareja daba traspiés en la pista. Era una escena de otros tiempos. Un paisaje que sobrevive, como si un reloj de cuerda o péndulo lo detuviera, aunque el tiempo afuera lo vaya cambiando todo. Las mismas mesas, las mismas paredes; damas rechonchas o descuadradas, atentas al llamado del hombre.
—Con las mujeres no hay manera —le dije a Iris, porque dijo que se llamaba Iris.
—Así es —respondió, pensando ella en sus compañeras y yo en el texto sobre las novelas negras de Boris Vian que debía entregar al lunes siguiente. Porque una se titula así: Con las mujeres no hay manera. Sin contexto literario, el título puede pasar desapercibido o generar alguna reacción. Prueben a decirlo de pronto, en una charla casual, y entenderán lo que digo.
Me asomé a la pantalla, lejana, en un espacio alto del bar, donde Pumas caía ante Tigres.
—No hay manera —insistí.
También era noche de boxeo. El sopor amenazaba con derrumbar esa expectativa deportiva. Había que reactivarse.
Ella recibía mensajes en el teléfono celular. Me dijo que una amiga de su infancia se estaba acercando al Centro. Mas no sabía exactamente a qué se dedicaba ella, que era acompañante en el Señor Lee. Quedaron de verse para salir a antrear.
—Podríamos ir al Tropicana de Garibaldi —propuse.
—¿Bailas?
—Me defiendo.
Siguieron los mensajes. Me preguntó si podía pedir otra copa.
—La última —le dije.
La bebió con rapidez y quedamos en encontrarnos en el puesto de periódicos de Independencia y López. Los del Señor Lee no debían saber de nuestro arreglo porque cobrarían la salida.
Así me fui al puesto de periódicos y desde lejos vi cómo ella se encontraba con su amiga, conversaba con uno de los vigilantes del bar y luego se iba hacia el lado opuesto a donde yo estaba. Supuse que el acuerdo entre nosotros se había roto, crucé la calle y me dirigí al Tío Pepe.
Entré a la cantina por Independencia, no por Dolores. A la izquierda, al fondo, encontré a Liz, una amiga, que esperaba a alguien, y le pedí sentarme un rato. Igual me habló de cosas de su oficina, de algún malentendido con una amiga suya y repetí el chiste.
—Con las mujeres no hay manera —le dije.
—¿Perdón?
—Es el título de una novela negra de Boris Vian: Con las mujeres no hay manera. Las firmaba con seudónimo, como Vernon Sullivan. Publicó varias en los años cuarenta del siglo pasado.
Ahora hay que decirlo así: el siglo pasado.
—Ah.
Iba a meterme en el tema, improvisar un poco para echar a andar el ensayo que debía entregar el lunes, a ver si se armaba en la conversación un discurso interesante que me sirviera de punto de partida… pero no me dejó. Me dijo que estaba agotada, había tenido un día muy largo y su amigo ya no iba a llegar. Desde el celular, estaba pidiendo un Uber.
—¿Me acompañas?
La seguí por Independencia hacia el poniente. Se detuvo en una cafetería a comprar un kilo del mejor café de la zona.
—Es para un amigo.
Siguió, seguimos hasta Balderas y dimos vuelta a la izquierda. La guiaba el GPS de la aplicación; el auto la esperaba, como agazapado, en Morelos, frente al que había sido el edificio del periódico Novedades.
Me preocupaba el texto por escribir y no encontraba el modo de abordarlo. Los datos básicos podían ser expuestos rápidamente: en los años cuarenta Boris Vian publicó varias novelas bajo el seudónimo de Vernon Sullivan. La primera, conocida en español como Escupiré sobre vuestra tumba, en francés dice lo mismo: J’irai cracher sur vos tombes. Es de 1946. Ahí Vian fungía, o fingía, diría Clavillazo, como prologuista. Refiere en dicho prólogo el encuentro de Vernon Sullivan con el editor Jean d’Halluin; y cómo el estadunidense se dio cuenta de que su manuscrito sería imposible de editar en su país, por lo que D’Halluin se apresuró a adquirir sus derechos. Y aventuraba Vian algunas influencias literarias. Una de ellas, por un realismo un poco subido de tono, Henry Miller. Y la otra, James M. Cain, el autor de El cartero siempre llama dos veces, novela que llevó a la pantalla Luchino Visconti, también en los años cuarenta, como Ossessione.
En cuanto al primero señala Vian, no obstante, algunas diferencias: mientras Miller “no vacila en echar mano al vocabulario más crudo, la intención de Sullivan parece más bien la de sugerir por medio de giros y construcciones que la de recurrir a un lenguaje descarnado”. Visto así, Sullivan se acerca más a una tradición erótica latina.
La influencia de Cain le parece extremadamente clara.
El juego también es claro, si lo miramos en perspectiva, pues sabemos de qué se trata, que el prologuista es el autor. Lo expongo así: un escritor francés se disfraza de novelista estadunidense. Sus lecturas de Miller, Cain y otros le sirven de base literaria para construir algo similar a lo que ellos harían. Más Cain que Miller, quizá. Dice que mientras los franceses se esfuerzan por lograr una mayor originalidad, “al otro lado del Atlántico nadie siente el menor remordimiento por explotar sin escrúpulos una fórmula que ha dado ya probados resultados”.
Y a ello se dedica: a explotar la fórmula. Supongo que sus herramientas, además de las lecturas referidas, eran los mapas, con los que se ubica en poblaciones como Buckton, Washington o Los Ángeles. Piensa también en el cine: describe a una chica con los pechos de Jane Russell, las piernas de Betty Grable y los ojos de la Bacall. Y se inspira en la música: Dinah Shore o Cab Calloway, por ejemplo. Y quizá el jazz sea una buena herramienta para entender estas novelas negras de Boris Vian, pues da la impresión de que toma una melodía e improvisa sobre ella. Las peripecias, por más absurdas que resulten, son como hallazgos de la improvisación.
En Con las mujeres no hay manera (1948), al protagonista se le ocurre ir a una fiesta de disfraces vestido como mujer. Y luego todo girará sobre eso: la relación entre ellas y ellos, incluida una banda de narcotraficantes lesbianas. Al final de esa novela reflexiona sobre el estilo de su escritura: sugiere que la prosa llana se debe a una ausencia de citas latinas; “y a pesar de que empecé cultivando un estilo escrupuloso, no tardó en imponerse la naturalidad”.
No estaría desencaminado quien llamara a estos libros negros de Boris Vian novelas jazzeadas.
Empecé la noche en el Señor Lee y ahora voy con Liz, a la que tenía mucho tiempo sin ver, a bordo de un Uber con rumbo para mí desconocido. Mi GPS anda extraviado por no hallar el modo de redactar ese ensayo prometido. Pienso que el destino me marcará un rumbo.
Llevo en el portafolios tres novelas de Boris Vian; dos de ellas me llegaron como caídas del cielo a través de un dealer libresco, que se apareció una mañana en mi oficina con Que se mueran los feos y Con las mujeres no hay manera, en tomos sin leer, pero antiguos, de la colección de novela negra de Bruguera, con los números 75 y 56, respectivamente. Ambas de publicación original en 1948; impresas en España en los años ochenta. ¿Cuáles son los títulos en francés? Et on tuera tous les affreux y Elles ne se rendent pas compte.
Las conocemos en sus versiones ibéricas, con todo lo que ello implica. ¡Joder!
Es cierto que la más débil es Que se mueran los feos, otro de esos títulos que uno puede soltar así como así en una charla y provocará ciertas reacciones. Hay un asunto médico, quizá inspirado en lo que se contaba de las prácticas nazis, relativo a la fabricación de humanos perfectos. Y un joven guapo que se da cuenta, después de inverosímiles peripecias, de que la fealdad también tiene su belleza.
El hombre negro que parece blanco; el muchacho que se disfraza de mujer. Esos entrecruzamientos tienen que ver con la propuesta esencial de estas novelas, en que un escritor francés juega a escribir como autor estadunidense. Es Boris Vian disfrazado de Vernon Sullivan. Mezcla original, francesa, de una fórmula conocida.
Con los títulos se construye una letanía. A veces cae a propósito un rotundo y ahora políticamente incorrecto:
—Con las mujeres no hay manera.
Otras uno puede decir:
—Que se mueran los feos.
En la agonía de una noche, puede uno soltar a un tipo impertinente:
—Escupiré sobre vuestra tumba.
Aunque acaso habría que encontrar una forma mexicana de decirlo, para que suene natural; quizá:
—¡Escupiré sobre sus tumbas!
¿O sobre tu tumba? Mejor.
Estaba muy cansado. Había bebido mucho. Recuerdo que detuvimos el Uber en un Oxxo, para sacar dinero de un cajero automático, no sé con qué propósitos. Luego caminamos dos o tres cuadras. Me veo frente a una suculenta barra de quesos. Una botella de mezcal. Una buena charla que se tornó en discusión. Luego vienen pausas de oscuridad, lagunas mentales. Salgo de un departamento. Todo se oscurece. Reaparezco, como si hubiera sido teletransportado, en mi edificio. Lo veo como una escena de Viaje a las estrellas: desvanecerse en un sitio y reaparecer en otro. Sin tecnología. Y sin Uber, porque la aplicación del celular no registra viaje alguno esa noche. Como un acto de magia. ¿Cómo diablos fue que llegué a mi casa? Caigo en la cama. Despierto con dolor de cabeza. Pienso en el ensayo prometido. Ya es domingo. El tiempo corre.
En una novela de Boris Vian ese comienzo en el Señor Lee del Barrio Chino, charlando en una mesa con Iris, hubiera sido el preludio de múltiples peripecias, persecuciones, pleitos a puño limpio, incorrectos momentos eróticos con bobby-soxers… Y al final alguien diría:
—Con las mujeres no hay manera.

Marzo 2020

Etiquetas: , , , , , , ,

domingo, febrero 23, 2020


Prólogo a una edición conmemorativa de Una violeta de más

Es el 29 de septiembre de 1931. El joven Francisco Peláez Vega está en Llanes, al oriente de Asturias, España, y su novia Carmen Farell permanece en la Ciudad de México. Se escriben regularmente y en la carta fechada ese día él le agradece: “Esa violeta que vino en tu carta la tengo en un libro de poesías que se llama Tabaré y que leí en el barco. He tomado de ella el beso que me envías y también a éste lo guardo en el fondo de mi corazón”.
Una flor de violeta y la carta: ese gesto de Carmen tendrá su eco lejano en un libro que se publicará más de tres décadas después y se llamará Una violeta de más. El último envío y el cierre de una obra. La dedicatoria es para Carmen: “Para ti, mágico fantasma, las que fueron tus últimas lecturas”.
He ahí la explicación sintética de por qué ese libro, éste (que el lector tiene en sus manos, a poco más de medio siglo de su publicación original), se llama así. En otra carta él imaginará un paraíso común de la pareja como un campo de violetas. Y la dedicatoria a Carmen, como refuerzo del título, se refiere a una costumbre familiar de que los escritos literarios de aquel que ya había firmado varios libros bajo el seudónimo de Francisco Tario fueran sometidos a la lectura en voz alta, para ponerlos a prueba, y eran comentados en casa (en el raro exilio madrileño) tanto por la esposa como por los hijos Sergio (el mayor) y Julio (el menor). Ella muere en 1967; y Una violeta de más aparece en México, en edición de Joaquín Mortiz (colección Nueva Narrativa Hispánica), al año siguiente, como si el fantasma de Carmen enviara con éste una violeta más o de más. Sus últimas lecturas.
Luego está el dibujo de la portada (el rostro de un caballo de ojos grandes, un sol brillante, la silueta de un paisaje con una cruz), en fondo violeta, con el crédito de Julio Peláez, el hijo menor, quien luego firmaría sus cuadros como Julio Farell. Para esta edición conmemorativa el mismo Julio ha recreado esos trazos.
Estos son algunos de los elementos que distinguen a esa primera edición de Una violeta de más. Se imprimieron 3 mil 200 ejemplares; el colofón tiene fecha del 10 de diciembre de 1968. En la contraportada se ve, en la parte superior, a un hombre calvo, de camisa clara, con lentes oscuros, en la acción de llevar un cigarrillo a los labios por una mano derecha que muestra una esclava de oro; aparece abajo la siguiente información: se habla de su nacimiento en el Distrito Federal en 1911 y sus residencias en esta misma ciudad, Acapulco y Madrid. Se lee, además: “Su biografía no se asemeja mucho a un curriculum vitae académico: persistente viajero mientras subsistió el prestigio de los transatlánticos y los expresos, futbolista profesional, pianista disciplinado, místico del naturalismo, aprendiz de astrónomo y explorador de fantasmas. Al fin comenzó a ordenar en relatos sorprendentes su imaginación, su sensualidad, su humor y su lirismo. Una década ya lejana vio aparecer sus seis libros anteriores, tan personales y tan innovadores en las letras mexicanas de aquellos años: La noche (cuentos fantásticos, 1943), Aquí abajo (novela, 1943), Equinoccio (1946), Breve diario de un amor perdido (1951), Acapulco en el sueño (1951) y Tapioca Inn (cuentos fantásticos, 1952). Desde entonces, el silencio. Hace poco tiempo la revista El Cuento, al recoger un hermoso relato de Tario, lamentaba su olvido”.
La lista no es completa: faltan La puerta en el muro (1946) y la plaqueta Yo de amores qué sabía (1951).
Sigue el texto de la contraportada: “Al publicarse ahora esta nueva serie de cuentos fantásticos, Una violeta de más, se romperá el silencio y la ausencia de este escritor singular. Sus cuentos siguen siendo sorprendentes y su imaginación intrincada y fascinante, pero el tiempo les ha dado una segura y cálida densidad. Lo mismo en el camino de la fantasía grotesca que en el del humor negro o el de la ternura para los desolados y los desvalidos, Una violeta de más nos rescata un Francisco Tario que ha madurado sus propios dominios. Y después de hacer reír, de sorprender y de inquietar a sus lectores, esta nueva colección les reserva la turbadora belleza del cuento que la cierra, ‘Entre tus dedos helados’, obsesionante y magistral”.
Hasta aquí la contraportada, con información suficiente para interesarse en la lectura y emprender, también, búsquedas variadas, por ejemplo del resto de la bibliografía tariana, entonces (durante los años setenta y ochenta) aún más o menos disponible en las librerías de la Ciudad de México, en las pertenecientes a los Porrúa o en la Antigua Librería Robredo (ubicada en el Paseo de la Reforma, en la glorieta de la palmera). El cierre del misterio, o uno de sus principios, estaba en enterarse de la muerte de Francisco Tario, ocurrida el 30 de diciembre de 1977 en España, por las notas necrológicas del semanario Proceso (en la columna Inventario de José Emilio Pacheco) y la revista Vuelta (texto firmado por José Luis Martínez). Quedó claro así que Una violeta de más había sido el cierre de una obra. Diez años después de la partida de Carmen, Francisco emprendió el último viaje.
En los archivos del escritor hallé un álbum con forros de tela roja a cuadros (con las páginas atadas por un cordón también escarlata) en el que Tario coleccionaba las notas periodísticas relacionadas con su trabajo. Me detengo en las de comienzos de 1969, reacciones críticas a Una violeta de más. Está, primero, la reseña de Ramón Xirau aparecida en el suplemento México en la Cultura de la revista Siempre! (12 de febrero), en donde éste postula que la literatura española es, en gran medida, fantástica (y ofrece una lista que va de los palmerines y las doroteas a los quijotes de Cervantes y Unamuno); y encuentra en los cuentos de Tario una doble y complementaria vertiente: “por una parte la delicadeza de los ambientes a la vez precisos y difuminados, a la vez encuadrados y rodeados de ensueños; por otra parte, la ironía que puede llegar a ser cruel”.
En el Diorama de la Cultura del periódico Excélsior (26 de enero) propone María Elvira Bermúdez que los de Tario son cuentos fantásticos puros. No obstante, dice: “No se limita sin embargo Tario a recrear técnicas fantásticas ya conocidas. En algún cuento, verbi gratia en ‘Como a finales de septiembre’, con la descripción morosa y el relato anímico crea un inefable ambiente de misterio. Lo mismo puede afirmarse de ‘El hombre del perro amarillo’. En otros, ‘El balcón’, ‘La mujer en el patio’, presenta seres inmoribles, seres que se resisten a morir y que prolongan su existencia a costa de la realidad misma. En el cuento ‘Entre tus dedos helados’ mezcla en forma asombrosa el sueño o el delirio con instantes de lucidez y levanta un edificio frío y oscuro, pero fabuloso donde el terror y la fantasía pueden avecindarse”.
Hay varias notas sin firma, una de ellas malhumorada… Y este apartado del álbum (al que le siguen unos doce folios en blanco, como registro sordo de lo que ya no hubo) cierra con una crítica de Héctor Aguilar Camín publicada en el periódico El Día (25 de marzo), quien parte de la afirmación de que no abunda en la literatura mexicana el género de lo fantástico para decir: “Escritores como Tario parecen una flor exótica y casi inconcebible en un medio donde nada brinda apoyo —tradición, bagaje histórico— al ejercicio escueto de la fantasía. Tario se brinda solo el apoyo con sus libros (acaso algunos relatos de Reyes, desde el más allá, y otros de Torri, colaboran también en este sentido). Una violeta de más se inserta en la tradición personal de un estilo y un mundo trabajados con una discreta y sólida fidelidad durante años. El libro refleja esta especie de total continuidad en su lógica consecuencia: dominio absoluto de un hábitat literario, posesión sutil y natural de sus secretos, exquisita libertad de desplazamientos y juego, sin cruzar jamás el límite perfectamente conocido de ese terreno propio: madurez”.
Apunta más adelante: “Hay como un delicado y emocionante romanticismo tras cada una de las anécdotas: una sensibilidad que —al parecer, contra su tendencia antigua— no termina en lo grotesco o en lo terrible sino más bien en una atmósfera de desolada ternura”.
Y concluye: “Este puro ejercicio de lo irreal paradójicamente devuelve al lector algo del recóndito y genuino sustrato de anhelo y desengaño de la vida humana”.
Efectivamente, con la virulencia de La noche, el juego de Tapioca Inn: mansión para fantasmas y la madurez de Una violeta de más, sus tres libros de relatos, construye Francisco Tario un edificio fantástico. En su primera incursión en ese ámbito (muy probablemente bajo la inspiración de la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy y Silvina Ocampo) la narración suele ser cruda y los sucesos llaman al espanto: un cadáver es escupido por el féretro a medio velorio, el traje gris arroja un muerto desnudo a dos mujeres que aguardan en la cama de un hotel de paso, un ser delirante desentierra a una dama recientemente fallecida para tomarse fotos sensuales con ella, una gallina come frutos venenosos para envenenar, a su vez, a aquellos que van a devorarla… Un largo párrafo de “La noche de los cincuenta libros” suele ser tomado como declaración de principios aplicable si no a toda la obra sí, por lo menos, a ese impulso inicial; he aquí su arranque: “Y escribiré libros. Libros que paralizarán de terror a los hombres que tanto me odian; que les menguarán el apetito; que les espantarán el sueño; que trastornarán sus facultades y les emponzoñarán la sangre. Libros que expondrán con precisión inigualable lo grotesco de la muerte, lo execrable de la enfermedad, lo risible de la religión, lo mugroso de la familia y lo nauseabundo del amor, de la piedad, del patriotismo y de cualquiera otra fe o mito”…
No obstante, en “La noche de Margaret Rose”, un auténtico cuento de fantasmas (como lo reconoce Jacobo Siruela al incluirlo en la Antología universal del relato fantástico), ya hay ese equilibrio entre la sensualidad y el horror que será, a la vez, el punto de arribo en la escritura de Francisco Tario.
Luego de incursionar en otros géneros (la novela realista, la escritura fragmentaria, el relato de trasfondo existencial o el poema en prosa) volvió Tario a lo fantástico y varió el tono. Tapioca inn está sustentado en un ambiente festivo o carnavalesco. El primer texto, “La polka de los curitas”, tiene cierta semejanza con otro del uruguayo Felisberto Hernández, escrito en la misma época, “Muebles ‘El Canario’”: en los dos casos un “audio” (publicitario o melódico) se inserta en la mente de los personajes, sea por inyección o por un raro virus que contamina a todo un pueblo… En este libro la exploración, aunque ligera, tiene el goce de una prosa más educada y de acertadas variaciones rítmicas. Mas sólo en el relato final, “La Semana Escarlata”, en el que el sueño o, mejor, la pesadilla, irrumpe en la vida real y la tiñe de rojo, consigue gravedad y brillo.
Entre 1943 y 1952 Tario publica la mayor parte de sus libros. Habrá luego un salto hasta 1968, un año de por sí complejo en México… pero él ya vivía en España, en donde se exilia al parecer por amenazas de la mafia de la distribución cinematográfica, comandada por William Jenkins, un estadunidense asentado en Puebla y que hará de Acapulco su sitio preferido de descanso: llega éste y se va Tario (o Francisco Peláez Vega, poseedor de los cines Rojo y Río, y con otro en construcción, el Bahía), no sólo del puerto sino también del país. Estos avatares harán que la escritura se interrumpa por tres lustros, por lo que Una violeta de más será vista como un regreso. Por ello Xirau se pregunta: “¿Es necesario recordar que Francisco Tario nació en México y ha vivido casi toda su vida en México? ¿Es necesario recordar que, hace veinte, hace quince años su obra tuvo entre nosotros verdadera vigencia?”
Habrá piezas de este libro que se convertirán en referentes del cuento fantástico mexicano. Se ha dicho que “El mico” pudo firmarlo Julio Cortázar, quien tuvo cercanía con Juan José Arreola y Amparo Dávila (a quienes reconoció como sus iguales en la labor cuentística), mas no con Tario. El texto final, “Entre tus dedos helados”, aparece en la mayor parte de las antologías nacionales posteriores… El álbum rojo de recortes de Tario no cierra con las reseñas sobre Una violeta de más sino con uno de los diálogos que sostuvo en España con José Luis Chiverto para El Oriente de Asturias. La página tiene la leyenda de “Vacaciones en Llanes: verano del 69” y presenta a “Un gran escritor mexicano: Francisco (Peláez) Tario”. Se anuncia que Una violeta de más será distribuido en España por Seix-Barral.
Ahí Tario confirma que su apellido literario viene de una voz tarasca que significa “lugar de ídolos”. Y habla sobre su condición de autor fantástico; dice que en su obra pretende establecer una unidad con estos cuatro elementos: poesía, muerte, amor y locura… Quizá lo más singular de esa entrevista es su reconocimiento al particular humor de Llanes, una de sus herencias: “Hay indudablemente un humor llanisco que no he encontrado en ninguna parte, y dudo mucho que exista. Tiene algo de surrealismo, de disparate casi genial, de cataclismo, que se refleja perfectamente en las cien mil historias que todos conocemos y de las que a menudo también somos protagonistas. Es un humor desmesurado, incoherente, siempre imprevisible, que distorsiona la vida. En uno de mis últimos cuentos, ‘La Vuelta a Francia’, echo mano de este humor tan particular, como asimismo en otro cuento, ‘Un huerto frente al mar’, asoman su melancólico perfil los tejados de San Antón”.
Por el título y la dedicatoria, la muerte de Carmen Farell preside Una violeta de más. Sabemos que en su década restante Tario se preparó para alcanzarla. Quizá es de Carmen esa mano femenina que se extiende en “Entre tus dedos helados”. Se adivina la pesadumbre de Tario en la carta de pésame que le envió Elena Garro (el 2 de mayo de 1967), en la que recuerda aquella vecindad que tenían a comienzos de los años cuarenta, cuando ella vivía con Octavio Paz en la casa de atrás (sobre Saltillo) de Etla 24, que era la casa de los Peláez-Farell: coincidían los patios traseros. Paz y Garro convirtiéronse en asiduos a las tertulias. Se pregunta Elena: “¿Crees que volveremos allí vestidos de fantasmas y jugar para siempre? Después de Etla todo fue adulto, todo fue sórdido. Un día volveremos a ese orden del juego sin chequeras, sin intrigas, triunfos o derrotas”.
Y: “Te admiro porque sobrevives a esto. Toño me contó y a las 4 me contará más. Para mí nunca estás solo, no te imagino solo. Eres una pareja. ¡Una muy hermosa pareja! Lo más raro de ver en este mundo banal de divorciados”.
Hay que dejar, ya, que el libro arranque. Quizá deba consignarse que Una violeta de más fue reeditado en 1990 con el número 36 de la tercera serie de Lecturas Mexicanas (edición del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes), con una tirada amplia de 10 mil ejemplares; está incluido, claro, en el tomo II de los Cuentos completos de Lectorum y en el tomo I de las Obras completas del Fondo de Cultura Económica. Hoy vuelve a su condición individual, en esta edición conmemorativa, en busca de nuevos asombros.

Diciembre 2019

Etiquetas: , , , , , , , , , ,

sábado, diciembre 14, 2019


El talón de Aquiles de una novela notable

Empiezo de un modo indirecto: en los primeros meses de 1968 Mario Vargas Llosa escribe desde Londres una carta a Augusto Monterroso para invitarlo a participar en un proyecto literario, un libro de cuentos sobre dictadores hispanoamericanos. Participarían Alejo Carpentier (quien hablaría del cubano Gerardo Machado), Carlos Fuentes (sobre Antonio López de Santa Anna), José Donoso (del boliviano Mariano Melgarejo), Julio Cortázar (de su compatriota Juan Domingo Perón), Carlos Martínez Moreno (del también argentino Juan Manuel de Rosas), Augusto Roa Bastos (del paraguayo José Gaspar Rodríguez de Francia), el propio Vargas Llosa (del peruano Luis Miguel Sánchez Cerro) y Monterroso (del nicaragüense Anastasio Somosa padre).
Apunta Monterroso en La palabra mágica (1983): “Han pasado cerca de quince años desde que recibí la carta de Vargas Llosa y el libro no ha aparecido, lo que me autoriza a imaginar que todo se quedó en proyecto y que ya se puede hablar de él como parte de la invencible Historia literaria de lo que no se escribió”.
No obstante, supone que ese pudo ser el origen de El recurso del método de Carpentier o Yo, el supremo de Roa Bastos e incluso Terra Nostra de Fuentes, entre otros títulos. En cuanto a Monterroso, dice: “la verdad es que el tema me dio miedo, miedo de meterme en el personaje, como inevitablemente hubiera sucedido, y de empezar con la tontería de buscar en su infancia, en sus posibles insomnios y en sus miedos y terminar ‘comprendiéndolo’ y teniéndole lástima”.
Y así, termina, recordando a Pirandello “renuncié a trabajar en un Somoza al que como juez me habría gustado mandar fusilar pero que como escritor hubiera llegado a presentar en toda su indefensión y miseria”. Así que a los pocos días le escribió a Vargas Llosa para decirle que no, que muchas gracias.
Recordé insistentemente este pasaje al llegar a las páginas finales de El vendedor de silencio (2019), de Enrique Serna. Luego de un largo viaje por la primera mitad del siglo XX, con momentos en los que el protagonista, Carlos Denegri, ingresa por méritos propios a una galería de lo grotesco mexicano, en un increíble trabajo de reconstrucción de la vida cotidiana en México en tiempos de Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán y Gustavo Díaz Ordaz, con apariciones estelares de Salvador Novo y Alfonso Reyes, entre los escritores, o Jacobo Zabludosvky y Julio Scherer, entre los periodistas, o Gloria Marín y María Félix, entre las divas, ese arribo al trauma original, la explicación última de la conducta desordenada del personaje, cuando, como diría Monterroso, el narrador expurga en su infancia y termina ‘comprendiéndolo’ y teniéndole lástima, causa cierta insatisfacción. ¿De eso se trataba todo?
En efecto, Denegri es un caso clínico: acaso el máximo representante del periodismo chayotero, un macho mexicano de cuerpo entero que seduce o compra a las mujeres con joyas y abrigos de mink para luego humillarlas y agredirlas… Quizá una cosa tenga que ver con la otra y esa corrupción del oficio y esa virilidad golpeadora sean un reflejo del México que se formó en los años que siguieron a la Revolución mexicana, en la etapa institucional, con perfiles similares en los distintos ámbitos de la sociedad. Es decir, con miras amplias el retrato del personaje nos hubiera llevado, y nos lleva, en la mayor parte del libro, a un paisaje panorámico del México del siglo XX; acaso la óptica equivocada es la que se conduele de la decadencia de Denegri y encuentra la explicación última de su neurosis: el aparente abandono del padre que fue en realidad una expulsión del país en connivencia de la madre con su nuevo amante, un funcionario poderoso. Es la pérdida que justifica todos los excesos. En el inconsciente de Denegri la madre es la Santa y la Gran Puta, y por degeneración todas las mujeres de su vida lo serán: “Mamá y Natalia eran dos caras de la misma moneda, el ayer y el hoy de una diosa tutelar voluble, dulce pero falsa, tierna pero egoísta, que lo amamantaba y al mismo tiempo le chupaba la sangre”.
La novela es notable: el narrador parece saberlo todo, o casi todo, de la historia mexicana en cuanto a la manera como se movían las redacciones o la vida nocturna. Ha investigado de modo profundo en su protagonista, que intenta la poesía, sin suerte, y luego encuentra habilidades en una prosa sencilla, afecta al lugar común, que será su vehículo para enriquecerse… Este “macho de película mexicana”, como le dicen por ahí, obtiene su redención al final, cuando en la catarsis de su vida halla, en complicidad con el narrador, las claves psicológicas que provocaron tal desorden existencial. En un libro técnico, de terapia psicoanalítica, ese hubiera sido un gran final. En una novela ambiciosa parece una resolución fácil, tal vez equívoca, y narrativamente desacertada.

Diciembre 2019

Etiquetas: , , , , , ,

miércoles, diciembre 11, 2019


Carlos Loret de Mola: en el corazón del poder mediático

Es febrero de 2015. En una charla abierta, el joven conductor del noticiario matutino de Televisa dice no creer en la amplia libertad de las redes sociales y asegura que en su empresa nunca lo han censurado, acepta como un error su participación en el montaje del “caso Cassez” y pide al gobierno federal salir del pasmo en que su sumió al finalizar ese año esquizofrénico que fue 2014.
Son las nueve de la mañana. En el foro de Primero Noticias, Carlos Loret de Mola despide la transmisión y cumple así, sonriente, la mitad de su jornada. Cuando algunos apenas se están instalando en sus oficinas, para él ya es como si fuera mediodía. Véase si no: despierta a las cuatro de la mañana, aparece por Televisa Chapultepec aproximadamente al cuarto para las cinco, da entonces los últimos ajustes a lo programado en el noticiero, lee los periódicos y poco antes de las seis va al aire por tres largas horas… ¿Misión cumplida? No, después de las nueve hay aún muchas cosas por hacer: asistir a algunas juntas, hacer ejercicio (en la caminadora de la oficina o un poco de nado en la alberca del edificio donde vive), escribir la columna que publica tres veces por semana en el periódico El Universal y comer, de preferencia en casa; por la tarde conduce en Radio Fórmula otro noticiero, éste de seis de la tarde a ocho de la noche. Entre una cosa y la otra, tuitea; la cuenta @CarlosLoret tiene más de cuatro millones de seguidores. A las nueve de la noche, nueve y media a más tardar, ya está en la cama. “Para poder funcionar debo llevar una vida ordenada”, dice.
Hay quienes estampan sus nombres o sus iniciales en los trajes y las camisas. Ante la pregunta del sastre en este sentido, Loret de Mola tomó la decisión de que en su ropa se escribiera algo que implicara una reflexión o lo pusiera de buen ánimo. A los trajes les puso los nombres de las guerras a las que ha ido; por ejemplo: Siria 2012. A los sacos, las coberturas de desastres naturales en que ha participado: el terremoto de Haití, el tsunami de Indonesia … Y las camisas tienen, en las mangas, los nombres de las personas que han sido importantes en su vida. La del día de la entrevista decía “Chitó”, por su bisabuela, fallecida hace apenas año y medio. “Era mi segunda madre, todavía lloro cuando me acuerdo de ella. Era mi adoración.”
Otro detalle son los calcetines, por lo común vistosos, coloridos. “Forman parte de la diversión cotidiana, no todo puede ser tan serio”, dice.

Twitter perdió la virginidad

—En estos tiempos, un periodista abarca muchos espacios: está en televisión, radio, prensa, página web, redes sociales…
—Sí, y muchas veces me dicen: “Eres diferente en la columna que en el radio”, o: “Eres diferente en el radio que en la tele”. Y mi respuesta es que los lenguajes son diferentes. Pongo este ejemplo: si tú chocas, la manera como se lo cuentas a un compañero de trabajo o a tu mamá es dramáticamente diferente, pero les cuentas lo mismo. Lo que cambia es el lenguaje. Yo trato de presentar en cada ámbito cosas diferentes, para que no se aburra la gente. Mi columna, por ejemplo, es de opinión; los de radio y televisión son programas informativos. Un documento duro quizá es mejor presentarlo en la prensa; una buena imagen, mejor en televisión, o un buen audio en la radio.
—Aunque sí hay espacios de libertad distintos: algo que no se puede decir en televisión sí puede decirse en la radio, o lo que no puede decirse en la radio circula sin problema alguno en el periódico…
—Hay muchos mitos con respecto a los espacios de libertad en los medios de comunicación. Un gran porcentaje de la gente piensa que en Televisa nos censuran, que lo más cerrado es la televisión, y no es verdad. O que las redes sociales son un espacio libre. Tampoco es cierto. Yo a veces veo una gran contaminación en las redes sociales muy superior a la que tuvo la televisión en sus peores tiempos, en la década de los setenta o los ochenta. Hay muchas maneras de manipular las redes sociales, crear un trending topic ficticio, vulnerar a algún rival político, y son niveles de manipulación sólo comparables con aquella vieja televisión monolítica. Hay muchos mitos en torno a esto; y mucho interés en que se mantengan.
—Las redes sociales son una especie de coro griego que comenta la actualidad con mayor libertad que en los medios periodísticos tradicionales, ¿no te parece?
—Difiero un poco de eso. Nacieron siendo un coro griego pero ya, hoy por hoy, están brutalmente manipuladas. No creo en los trending topics: las empresas comerciales, los partidos políticos o los candidatos a lo que sea, contratan los servicios de boots, mediante algún tuit center, con lo que personas no reales manejan treinta o cuarenta cuentas, y a razón de diez tuits cada una suman mensajes y mensajes, todo eso pagado. Los robots le han hecho perder la virginidad a Twitter. El coro griego ya está muy manipulado.
—Para ejemplificar lo que ha sido la televisión en México suele recordarse lo que dijo Jacobo Zabludovski el 2 de octubre de 1968, cuando su nota principal en el noticiero fue que ese jueves había sido un día soleado. ¿Ha cambiado la televisión mexicana?
—Me gusta que tomemos ese punto de partida y lo comparo con esto: cuando sucedió lo de Ayotzinapa, en estos sillones en donde ahora estamos conversando, en el foro de Primero Noticias, estuvieron padres de familia de los normalistas. Luego vino el procurador de justicia. Y antes, en la misma coyuntura, porque esos dos hechos se empalmaron, el vocero presidencial habló de las casas de Peña Nieto y su esposa. Es muy diferente lo que había en 68 de lo que hay ahora, y que evalúe cada quien, ¿no?
—Hay otro momento significativo: el quinazo, cuando a Guillermo Ochoa, conductor del noticiero matutino, con lógica periodística se le ocurrió transmitir una entrevista de archivo con el líder petrolero… y esa fue su despedida del programa.
—A mí no me han corrido por ninguna entrevista, y aquí se han hecho entrevistas muy duras a muchos personajes, sin ir más lejos a Enrique Peña Nieto. Quienes hablan de la supuesta unión entre Televisa y Peña Nieto deberían revisar en youtube mi entrevista a Peña Nieto. Dirán: “No puedo creer que eso haya pasado en Televisa”. Sí pasó y no ocurrió nada, aquí sigo trabajando. Creo que todavía estamos viendo la realidad del siglo XXI con el lente del siglo XX. Hay que ajustar un poco eso, hay que ir al optometrista político.

El pato cojo
—El 2014 fue difícil para el país por lo que mencionabas: el caso Ayotzinapa, las casas de Peña Nieto y Videgaray… ¿Cuál es tu resumen de ese año terrible?
—Fue un año esquizofrénico. Al arranque tenías a un presidente laureado internacionalmente: era el gran reformador de México, que había logrado convencer a los partidos de oposición de sacar 16 reformas, algunas de ellas en verdad relevantes. Era el presidente de moda. Y en un segundo, con lo de Ayotzinapa y luego con los conflictos de intereses en sus casas, se desvaneció. Lo que me sorprendió más que todo (además, claro, de los acontecimientos brutales), fue la nula capacidad de reacción, el pasmo en el que todavía hoy, en el momento en el que realizamos esta entrevista, se encuentra el gobierno federal. Yo no sé, sería equivocado pensarlo así, si le apuestan a que el tiempo termine curando las heridas. Hay cosas que la sociedad mexicana ya no está dispuesta a aceptar. Si quieren vender un discurso de modernidad económica y de competitividad, éste tiene que venir acompañado de un discurso de modernidad política y de comportamientos en la función pública. Me parece que ese vínculo ellos todavía no lo establecen, y parece que quieren seguir anclados en cuestiones del pasado que la sociedad ya no acepta. No sé cuánto tiempo tardarán en darse cuenta ni qué va a pasar para que se den cuenta. El otro día, en una de mis opiniones, escribí que el presidente parecía un pato cojo, que es como dicen que están los presidentes en la recta final de su mandato, cuando ya no se controla el Congreso y hay precandidatos en campaña. Así se dice: es como un pato cojo. ¡Y Peña Nieto es un pato cojo en el año dos! Espero que se mueva y haga algo.
—¿Has conversado con él en estos días?
—Si te fijas, desde que empezó esta crisis para acá no ha dado ninguna entrevista, y me encantaría hacerlo, tengo muchas cosas que preguntarle.
—¿Qué le preguntarías?
—Me concentraría en lo de Ayotzinapa y en el asunto de sus casas.
—Es decir, la inseguridad y la corrupción política. ¿Son los males mayores del presente mexicano?
—Esos son los dos grandes problemas que no parece todavía resuelto a enfrentar. Tiene que enfrentarlos, se le están estrellando en la cara y no veo que esté haciendo mucho. Nombra a un secretario de la Función Pública y el mismo día, en paquete, le pide que investigue y le da el resultado de la investigación. Fue una vacilada, hasta como chiste es malo.
—¿Y cuál es tu perspectiva para este 2015?
—Si se mantiene el pasmo del gobierno, vamos a vivir lo que hemos estado experimentando en los últimos dos o tres meses. Veo un gobierno desconectado de la sociedad, de la realidad, y eso no es bueno para el país. Si no hay la percepción en el extranjero de que aquí la ley se cumple, no van a llegar las inversiones que debieron haber acompañado esas reformas tan presumidas. Dependerá un poco de cómo reaccionen y de si todavía son capaces de hacerlo.

Dos grandes errores

—Periodísticamente, ¿qué es lo más difícil que has vivido?
—Yo creo que desde que llegué a Primero Noticias, hace diez años, he tenido dos grandes errores. El primero ha sido el asunto de Florence Cassez, porque, literalmente, me metieron un gol por debajo de las piernas. Que te metan un gol, pasa; pero que te metan un gol tan feo sí duele y da coraje. Me recrimino mucho por no haberme dado cuenta que la autoridad había montado un operativo. A mí me lo ofrecen como una cosa real y nunca, en mi cabeza, me hubiera podido imaginar que era una obra de teatro. A lo mejor debí haberlo imaginado y no lo hice, ese fue mi error. Afortunadamente fue aquí mismo, en Televisa, que nos dimos cuenta del montaje, aquí mismo lo denunciamos y tomamos las medidas para que eso no volviera a suceder. Y el segundo gran error fue una vez, entrevistando al cantante Kalimba, acusado de violación, en que sus abogados me dijeron una cosa y él decía otra; entonces insistí, pero insistí de más, abusando del micrófono, de mi poder y mi espacio. Quedé con un mal sabor de boca, creo que es la peor entrevista que he hecho en mi vida. Por fortuna la gente me lo reclamó. Fue un error, hay que reconocerlo, y ofrecer disculpas por ello.
—¿Cuáles son tus principios como periodista?
—Primero, como nadie es dueño de la verdad lo que tienes que hacer es acercarte lo más que puedas y una muy buena ruta es la pluralidad: que se escuchen todas las voces. Aquí eso ocurre, no como en algunos lugares que se dicen independientes y donde sólo se escuchan las voces de un lado. Aquí se escuchan todas, aquí todas salen al aire, a veces no a un costo bajo. Creo que eso es bueno. Lo segundo es la honestidad. La verdad, yo no soy superdotado ni inteligente ni ninguna de esas cosas que otros periodistas sí son, pero sí soy derecho. A mí que me esculquen, a esto me he dedicado desde que estaba chavito y no ando haciendo negocios por aquí o recibiendo lana de políticos o empresarios o narcos a cambio de defenderlos. La lana que me pagan es de El Universal, Radio Fórmula y Televisa. Punto. Me puedo equivocar, puedo dar una opinión con la que no estés de acuerdo, pero lo hago desde la honestidad. Esos son los dos principios que me rigen: pluralidad para tratar de equivocarme lo menos posible, y honestidad, porque uno es un ser humano que no está obligado a la perfección, pero sí a ser honesto, sobre todo con la audiencia.
—Históricamente, la prensa solía andar tras el dinero.
—Todavía circula mucho dinero, muchos intereses, muchos favores. Un día hay que darle una limpiadita a todo eso.
—¿Te han ofrecido?
—Nunca, nunca, ni cuando era reportero. Curiosamente. Yo creo que no doy pie. Hay muchas gubernaturas que lo hacen, muchos políticos que lo hacen, o los narcos que se han metido al negocio de comprar periodistas o amenazarlos. Para mí, ahora, el máximo enemigo de la libertad de expresión, más allá del cochupo, es el crimen organizado, que está matando periodistas. Y aquí de nuevo hay que actualizar la óptica. Hay quien habla todavía de la censura de Los Pinos a Televisa, y yo le digo: “¿En qué año estás?, ¿en qué año vives?” En el momento que se diversifica el poder en México, y ese poder monolítico se disuelve en gobernadores, en otros políticos y partidos, Iglesia, crimen organizado, empresas poderosas, se diversifica también la censura. El que compra un espacio, un anuncio, cree que con ello compra inmunidad editorial, y eso es una mentira. Lo real es que hay muchos factores que inciden, mucha gente que trata de presionar, amenazar, pero también hay una sociedad fuerte que está dispuesta a respaldar a los periodistas que le dicen la verdad. El ambiente es complicado, pero tenemos músculo para resistir, y ese músculo tiene que ver con una sociedad que no está dispuesta a dar marcha atrás en muchas cosas que ya consiguió, entre ellas la libertad de expresión.
—¿Recuerdas tu primer día como responsable del noticiero matutino?
—Sí, lo recuerdo. Fue el 11 de octubre de 2004. Tenía 27 años de edad. Imagínate: ¡tres horas de programa a los 27 años en el Canal 2! Estaba nervioso, me sudaban las manos. Como dirían los toreros: si se me iba ese toro vivo, nunca más volvería a alternar en la plaza. No fue así. Frente a una cámara uno siempre se pone nervioso, unos días más que otros, y depende de lo que estés enfrentando. Hace poco, cuando la explosión del hospital infantil en Cuajimalpa, me sudaban las manos, preguntaba a los reporteros qué había pasado, recurrimos al helicóptero, a las motocicletas… Los nervios nunca se van.
—¿Qué te enorgullece de tu trabajo?
—Como cobertura, hicimos una encuesta entre nosotros; pusimos las guerras que han sucedido en estos diez años, las campañas electorales, el Papa, y lo que más gustó fue la cobertura del tsunami de Indonesia en 2004, al poco tiempo de haber empezado Primero Noticias. Y uno de mis orgullos personales es caerle mal a todos los políticos, de todos los partidos. Si el presidente no te busca o habla, si López Obrador te desacredita y en el PAN te ven con desconfianza porque cuando Felipe Calderón era presidente fuiste un malvado con él, creo que estás en la ruta correcta. Es más fácil plegarse de un lado, y así te odiarían unos pero te apapacharían otros. Cuando no te apapacha nadie, cuando tienes frío y no hay cobijita que te tape, sí está más duro el día a día. En el 2006, cuando la polémica elección, Calderón presionaba a mis jefes para que me corrieran, y empresarios de alto nivel coludidos con Calderón pedían mi cabeza; al mismo tiempo, en el Zócalo, López Obrador me llamaba con un apodo muy chistoso; decía que Loret de Mola era ¡el cachorro del imperio!
—A veces parece que este país se está desmoronando…
—Los gobernantes pueden hacer mucho daño pero no pueden matar una patria. La patria es mucho más que sus gobernantes, y lo digo a todos los niveles: no acaban ni con un municipio, ni con un estado, ni con un país. Lo que sostiene a un país es la fuerza social. Quizá deberíamos entender eso mejor los mexicanos, y dejar de preocuparnos en buscar a una sola persona que venga a resolver todos nuestros problemas y empoderarnos un poco más como ciudadanos para resolverlos nosotros mismos.
—En ese sentido, los medios deberían dar armas a las personas para ejercer una ciudadanía inteligente, ¿no crees?
—La labor de los medios es informar, que la gente sepa qué está pasando no sólo en su entorno sino también a nivel global. Nuestro deber no pasa por educar al país ni llamar a las armas o movilizar; nuestro deber es informar. Lo que la gente haga con esa información ya es otro capítulo.

Diciembre 2019

Etiquetas: , , , , ,

lunes, noviembre 25, 2019


José de la Colina o el travestismo literario

Diez años atrás,
en el cumpleaños 75 de José de la Colina (1934-2019),
celebrado en la Sala Manuel M. Ponce
del Palacio de Bellas Artes, leí estas cuartillas.
AT

Recuerdas que en aquella época, finales de los años ochenta del siglo pasado, sentías cierta incomodidad ante la persona de José de la Colina. A la vez que te desempeñabas como crítico literario de El Semanario Cultural por él dirigido, ejercías como reportero de cultura en la revista Proceso, y ocurrió que el tratamiento de algunos temas, como las sospechas por aquella salida abrupta de Mario Vargas Llosa del país luego de su definición del Estado mexicano como una “dictadura perfecta” en el Encuentro Vuelta (por la tele, en vivo y a todo color), o el seguimiento tuyo de una polémica sobre la intervención posible de sor Juana Inés de la Cruz en la Segunda Celestina de Agustín de Salazar y Torres, polémica en la que se oponían los temperamentos de Octavio Paz y Antonio Alatorre, el tratamiento de esos temas en Proceso, decías, había provocado enojos múltiples en el futuro Premio Nobel de Literatura y, por ende, entre aquellos que la vidita literaria consideraba como “gente de Vuelta”.
Tú habías sido, en cierta forma, árbitro en el asunto de si se podía acreditar como de la Décima Musa la continuación de la obra de Salazar y Torres… pero la polémica comenzó cuando Vuelta tenía ya impreso y a punto de enviar a librerías el rescate, con el crédito en portada a sor Juana y con un orondo prólogo de Octavio Paz en donde se ufanaba por el descubrimiento y se apoyaba en el investigador Guillermo Schmidhuber (pretendido descubridor de la comedia perdida) para asegurar que se trataba de una pieza juvenil de Juana de Asbaje. En Proceso revisó Alatorre los elementos en que se basaban Paz y Schmidhuber, cotejándolos con sus propias investigaciones (pues él había hallado el mismo suelto pero de impresión posterior, y no lo había dado a conocer como de sor Juana porque no tenía aún armado completo el rompecabezas), para concluir que no pudo haber intervenido, de modo alguno, la poeta y dramaturga. Luego de muchos meses de réplicas y contrarréplicas, quiso Schmidhuber (nunca a la altura de la polémica) zanjar la cuestión con un absurdo estudio estilo-estadístico que sólo probó que él andaba ya perdido en el espacio. Y aunque nunca lo expresó abiertamente, en el asunto de la Segunda Celestina se supo Octavio Paz vencido.
Por eso y muchas cosas más (como dice la canción), cuando en Nueva York se encontró Paz frente al editor de cultura de Proceso el reclamo en torno a la suspicacias que había levantado la salida de Vargas Llosa y el tono de un penúltimo resumen tuyo sobre el enredo sorjuanista, fue enérgico; y el remate, la chute, en verdad no tuvo medida: “Y ese joven Toledo”, dijo don Octavio, con palabras que hasta la fecha lastiman a tu progenitora; “y ese joven Toledo”, dijo, como acordándose Paz del capítulo sobre el complejo de la Malinche que es central en El laberinto de la soledad; “y ese joven Toledo”, dijo el poeta, con su particular movimiento de dedos, como si arrojara una moneda al aire para definir águila o sol o como si impulsara una canica (en este caso de las grandes, de las bombochas); “y ese joven Toledo”, dijo, “¡que se vaya a la chingada!”
Al día siguiente o dos o tres días más tarde, no lo recuerdas bien, la Academia Sueca decidió otorgar a Paz el Nobel de Literatura. Te encargaron en Proceso una encuesta amplia con la comunidad intelectual y entre otros buscaste telefónicamente a José de la Colina. Le explicabas apenas de qué se trataba cuando te dijo: “No quiero nada con la canalla de Proceso”, y colgó. Pensaba, pues, De la Colina que quienes trabajaban en esa revista eran gente baja y ruin, como define la Real Academia Española el término “canalla”. Ergo, debía él considerarte parte de esa grey que en respuesta lo bautizó como José de la Calumnia.
Elucubraste además, posteriormente, que acaso lo habías traicionado al dejar en la encuesta sus palabras tal cual las había dicho, y se te ocurrió que si te lo encontrabas reclamaría tu proceder… Mas colaborabas en El Semanario Cultural, y entregabas cada lunes tus balbuceos reseñísticos o ensayísticos, y ni modo de mandar los artículos por correo electrónico, método entonces aún no inventado por el hombre; y el envío de faxes era extrañamente complicado por tus rumbos, y también se enmarañaba hasta el absurdo la recepción en el periódico Novedades que editaba el suplemento. Planeaste entonces llegar al edificio que aún está en la esquina de Balderas y Morelos, en el centro de esta ciudad convertida ya en Smógico City, lo más temprano que se pudiera, seis o siete de la mañana, deslizar tu colaboración por debajo de la puerta de la oficina del suplemento y correr canallescamente hacia la estación del metro Juárez, cual si huyeras del lobo feroz. Así por varias semanas. Hasta evitabas el elevador del diario, que en esas circunstancias se convertía en una trampa, y brincabas como oveja por las escaleras, zona abierta y más segura.
Cierta incomodidad, ¡hablabas de cierta incomodidad! Le temías, reconócelo; temías entonces la furia de José de la Colina quien, como Huberto Batis en el Sábado de unomásuno, tenía fama de perturbar con legendarios y elocuentes arrebatos las conciencias de los colaboradores.
Contigo, dilo ahora, eso nunca ocurrió. Pasado el tiempo, un viernes, esperabas en la fila el pago de tus colaboraciones en El Semanario, sumido en alguna lectura, y cuando alzaste la vista del libro encontraste atrás de ti, formado y casi pacífico, a José de la Colina. Saludos, una conversación que se armó con rapidez sobre Las aventuras de Pinocho del florentino Carlo Collodi, sobre las que estaba escribiendo él varios artículos seriados que ubicaría años después en Libertades imaginarias (2001).
Luego, vía Juan José Reyes, te llegó una carta manuscrita en la que muy respetuosamente te corregía De la Colina algunos vicios estilísticos: cuando decías que una novela iniciaba con un alegato pacifista, por ejemplo, él te explicaba que lo correcto era decir que la novela “se” iniciaba con dicho alegato. Y fue así también como se inició algo parecido a la amistad (al menos ya no le huyes), sobre todo a partir del reencuentro en Milenio, aunque se te dificulta todavía tratarlo de “tú” no porque te parezca muy mayor (sólo te lleva 29 años más un día, porque él es del 29 y tú del 30 de marzo, Aries ambos y a mucha honra) sino por considerarlo como un maestro de esos que empiezan a escasear y crees tú que a los maestros debe tratárseles de usted, ¿no lo cree usted así, don Pepe?
No sabes qué habrá pensado De la Colina cuando lo incluiste en El hilo del Minotauro (2006), antología de “cuentistas mexicanos inclasificables”, los raros de nuestras letras, editada por el Fondo de Cultura Económica. En un ensayo sobre Salvador Elizondo que viene en su Personerío del siglo XX mexicano (2005), él propone (siguiendo a Julien Cracq) que todas las literaturas tienen un camino real, visible, institucional, reglamentado y una vía excéntrica, “secreta a veces, sólo frecuentada por minorías de lectores y discípulos devotos” (que tiende a convertirse al fin, agregarías tú, en el real camino real), y en donde ubica a Julio Torri, Francisco Tario, Pedro F. Miret, Gerardo Deniz y Salvador Elizondo; a esa lista tú sumaste a Efrén Hernández, Esther Seligson, Adela Fernández, Samuel Walter Medina, Humberto Rivas, Luis Ignacio Helguera y Javier García-Galiano, entre no muchos otros (pero sí algunos más). Te preguntas ahora, ¿le incomodará a De la Colina haber aparecido en una colección narrativa de escritores “raros” o preferiría andar muy a sus anchas por el camino real?
Y no imaginas qué pensará ahora en que para participar en un homenaje por sus 75 años de vida has retomado una argucia recurrente en sus artículos de altura ensayística, o ensayos articulados, cuando para hablar de sí mismo usa la segunda persona (acaso herencia de don Primo, ese entrañable Tusitala de su infancia), entre otras herramientas, porque algo que tiene José de la Colina es un sentido amplio de ductilidad de la lengua, sometida por él a severas y enriquecedoras genuflexiones, siempre en juego (o fuga) y siempre en busca de armónicas disonancias, como una expresión llevada al límite de sus posibilidades. Por esta calistenia verbal tiene ahora De la Colina, te parece, un control casi absoluto de su instrumento que es el idioma español. Dirías, y tal era tu propuesta para el homenaje (una tesis que apenas te ha alcanzado el tiempo para esbozar), dirías que ejerce una suerte de travestismo literario porque sabe servirse de distintos estilos, ponerse distintos ropajes, y ajustárselos muy bien: si habla de Rulfo se vuelve enteramente rulfiano; si el sujeto a revisar es Juan José Arreola, sus frases adquieren las difíciles maneras arreolianas; e incluso si dedica una semblanza a Fred Astaire o Dámaso Pérez Prado, caraefoca, su prosa comienza a bailar tap o mambo: “…y a echarle gana y a echarle gana y riñones a la cosa rica aymamá, disparando el pie pa’este lado, girando todo el busto con los brazos replegados, ahora pa’cá, ondulando sin perder el tipo, no se me desmelene, mi rey, síguela, síguela, síguela, qué es lo tuyo, reina, dámelo, pero qué bonito y sabroso bailan el mambo las mexicanas, mueven la sintura y los hombros igualito que las cubanas, cantaba la voz cálida de Beny Moré, y el mambo crecía en expansión de estallantes astros, desbordaba el salón de baile o el teatro de revista a partir de los caderazos y muslazos de las autóctonas y calipígicas y piernudas y oxigenadas Dolly Sisters…” (Personerío, p. 45).
Travesti su escritura, acláralo antes de que se te venga el mundo encima (y mejor ya termina): travesti su escritura, no él.

Noviembre 2019

Etiquetas: , , , , , , , , ,

domingo, noviembre 10, 2019


La mirada de Juan Antonio López

Juan Antonio López recuerda un viaje al sureste con su padre. Él tenía 16 años y por ser el hijo mayor don Juan López Bernal lo invitó a acompañarlo a esas vacaciones que acostumbraba realizar con los amigos. Era el verano de 1979. En una tienda de Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo, entre la oferta de la fayuca, que en ese tiempo proliferaba en las zonas portuarias, se detuvieron ante una camarita de 35 mm, china, de lente fijo, que el muchacho miró con cierta ansia.
—¿La quieres?
—Sí.
Con ese artefacto básico tomó Juan Antonio sus primeras fotografías. Todo era muy fácil: se trataba sólo de fijar el encuadre y disparar. Al regreso a la ciudad de México llevó el rollo a un local del centro para revelarlo.
Un año después entró trabajar como office-boy, el chico de la oficina, a una agencia de publicidad: limpiaba, hacía mandados, llevaba los trabajos terminados a los clientes... Recuerda que se perdía a ratos en la oicina del patrón, Herminio Núñez, cuando éste no estaba, a ver libros de imágenes que él tenıá ahí; algunos estaban incluso retractilados, y eran abiertos por Juan Antonio. Le llamaron la atención, sobre todo, las fotografıás grandes, hermosas, de paisajes. A veces en el trajín se enteraba de que los diseñadores buscaban una imagen con tales y cuales características, y él les decía dónde la había visto o les llevaba el libro.
Con el tiempo el dueño de la agencia lo invitó a aprender un oicio y Juan Antonio se interesó por la técnica del fotolito; compraron la máquina y lo enviaron a un curso con la empresa Agfa. Con ese aparato vertical, además de tomar logos o ampliar imágenes, páginas o lo que se requiriera, Juan Antonio empezó a experimentar con la foto directa de algún producto.
Un oficio lo llevó al otro, digamos, y con sus ahorros se compró la primera cámara profesional: una Yashica de 35 mm con zoom... que llevó al segundo o tercer viaje que hizo con su padre al sureste, y también a los viajes familiares. En su barrio corrió la voz de que tenıá una cámara y lo contrataron para bodas, fiestas de XV años o bautizos; tomó postales promocionales de algunos grupos de música tropical de conocidos.
Hay una historia paralela a su camino laboral: su gusto por el atletismo. Ya andaba metido en maratones y medio maratones y pertenecıá al grupo de Sergio González, corredor de élite también aficionado a la fotografía, que regalaba fotos a sus corredores de ellos mismos en competencias. En ese tiempo Juan Antonio compró su segunda cámara, una NikonFM, y se acercó al líder de la agrupación para que le enseñara cómo lograr mejores retratos. Su ámbito era ese, el mundo de los corredores.
En la agencia de publicidad duró seis años. Después tuvo la oportunidad de ingresar a la Universidad Nacional en labores de intendencia. Tenıá 23 años. La UNAM no le era un espacio ajeno, pues siempre ha vivido en las cercanías con la Ciudad Universitaria, entonces en Copilco el Alto, ahora en el Pedregal de Santo Domingo. Además, entre todo esto había estudiado en el CCH Sur; luego cursarı́a Comunicación y Periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Recuerda haber ido al Estadio Olímpico como a los seis años para ver un partido de Pumas. Era universitario por los cuatro costados.
Su primera oficina fue la Dirección General de Incorporación y Revalidación de Estudios. Tomó un curso de fotografía en San Ildefonso... y supo que se abría una plaza de fotógrafo en la Dirección General de Información, para la que concursó. De veinte que se presentaron, Juan Antonio fue el elegido.
Desde sus inicios se dio cuenta de que no sólo se trataba disparar la cámara burocráticamente; cada orden de trabajo implicaba aprendizajes, por los personajes que iba conociendo en las conferencias o las entrevistas que le tocaba cubrir. Siempre ha buscado que su trabajo sea a la vez profesional y personal. Lo que se refleja es su forma de interpretar ese espíritu que habla por la raza. El campus de Ciudad Universitaria fue su primer laboratorio; luego, éste se extendió por las visitas frecuentes al viejo barrio universitario... Y más adelante, a los muchos espacios que hay en el país (y más allá) con el sello de la Universidad Nacional.
Ası́ fue armando su archivo fotográfico. Son miles las instantáneas en las que ha quedado fija su mirada como fotógrafo universitario. Vía los boletines, éstas han aparecido en los diarios importantes del paıś; su ámbito más frecuente ahora son las páginas de Gaceta UNAM. Quizá soñó con tener alguna vez en sus manos un libro de imágenes suyas, similar a aquellos volúmenes que revisaba detalladamente en la agencia de publicidad, y éste es ya un sueño cumplido. Podrá sentarse a contemplar no ya esos hermosos paisajes que de adolescente lo asombraron sino el paso de la vida universitaria en su mirada.
Una de sus pasiones es salir al campus, cámara en mano, esperar a que ocurra el milagro y capturarlo; en este ámbito diverso, rico también en su arquitectura, todo puede ocurrir.
Hace poco me preguntó si ver y mirar eran lo mismo. Venía Juan Antonio de dar una plática a jóvenes del CCH Sur y había intentado marcar esa diferencia. Le recordé, entonces, lo escrito al respecto por Efrén Hernández en uno de sus relatos: “Ver es dejar que la luz obre sobre el dispositivo de los ojos. El que abre los ojos, el que no se los tapa, ése es el que ve. Mirar, en cambio, es entregarse por medio del sentido de los ojos, es polarizar las potencias del ser hacia el objeto que capturan los ojos [...] Mirar no es como ver. Mirar es entregar el alma al objeto que capturan los ojos. Es algo más que ver, es ver con sed”.
Y eso es lo que ha hecho Juan Antonio López en sus labores como fotógrafo universitario: ver con sed.

Ciudad Universitaria, noviembre 2019

Etiquetas: , , ,