martes, abril 18, 2017


Inventario al Inventario

La posibilidad de reunir en volúmenes su columna Inventario le causaba verdadero espanto a José Emilio Pacheco (1939-2014), pues implicaba, para él, un ejercicio infinito de reescritura. En verdad al emprender la faena se hubiera puesto a revisar cada artículo y una primera serie de errores detectados (pues incluso Homero dormita) lo habría conducido al abismo… Además, la columna era work in progress: tenía que escribir la de esa misma semana, que le exigía, como le habían exigido las demás, un examen bibliográfico exhaustivo y una concentración absoluta. ¿Cómo detenerse para revisar todas las anteriores? Era como si hubiera navegado de Veracruz a Cádiz (o viceversa) y casi al llegar a puerto, luego de librar una penúltima tormenta, se le pidiera reconstruir el viaje.
Con seguridad muchos le preguntamos cuándo reuniría el Inventario; y la respuesta, el gesto instantáneo del escritor ante la posibilidad de iniciar algún día esa tarea, recordaba el pasaje más conocido de aquella novela de Joseph Conrad (El corazón de las tinieblas) que adaptó para el cine, como Apocalypse Now, Francis Ford Coppola, y que uno fija en la mente con el rostro y la voz, al fin, de Marlon Brando: “¡El horror!”
La empresa, por intensa y extensa, quedaba prácticamente descartada, pues José Emilio Pacheco, que respetaba el texto periodístico y entregaba a él lo mejor de su conocimiento y su pluma, tenía más respeto aún por lo que guardan los libros. El salto del semanario, un medio por esencia efímero o con fecha de caducidad casi inmediata, a las páginas de un volumen, era para él realmente mortal.
Su rigor era como el de Leonardo da Vinci: obstinado. Yo le presenté un día la primera edición de El principio del placer (1972) y recordó al instante que en la página 117, sexta línea de arriba abajo, decía “compararlo” en vez de “comprarlo”. Marcó la errata con su pluma fuente. Ante mi ejemplar de Las batallas en el desierto (1981; cuarta reimpresión, 1984) hizo algo similar: reconstruyó el arranque del capítulo siete (página 36), que decía: “Hasta que un día de los que me encantan y no le gustan a nadie, sentí que era imposible resistir más. Estábamos en clase de lengua nacional como le llamaba al español”, y debía decir: “Hasta que un día nublar de los que me encantan y no le gustan a nadie, sentí que era imposible resistir más. Estábamos en clase de lengua nacional como le llamaban al español”. Es decir, agregó con su pluma fuente la palabra “nublar” y la ene a “llamaba”.
Por otro lado, seguro sabía de la presión por recoger en libro la columna. Muchos consideraban que era necesario hacerlo. El proyecto se parecía a lo realizado por el mismo Pacheco al colaborar en la reunión de los escritos periodísticos de Salvador Novo para la serie La vida en México, que abarcó varios periodos presidenciales, e incluso podría haberse empleado ese título, porque lo que se cuenta en la antología de Inventario (Era/El Colegio Nacional/Universidad Autónoma de Sinaloa/UNAM, 2017, en tres tomos) prolonga la empresa novísima al narrar, en cierto modo (aunque la visión geográfica es amplia, con asientos en lo latinoamericano o, mejor, lo hispanoamericano), la vida en México en tiempos de Luis Echeverría y los presidentes que le siguieron, por cuatro décadas, hasta nuestros días.
Curiosamente, Pacheco inicia su labor cuando está por morir Novo, quien deja este mundo el 13 de enero de 1974; y acaso hay ahí un paso de estafeta. Y el límite para José Emilio Pacheco es el último texto, al que le puso el punto final la noche del 24 de enero de 2014 (a cuatro décadas casi exactas del fallecimiento de Novo) luego de tropezar con unos libros y lastimarse la cabeza. Ese fue su “golpe de dados” (diría Mallarmé), el libro como salvación y condena, que esta vez sí abolió el azar.
Cuenta Pacheco (el 2 de junio de 1974) el chiste aquel sobre la corpulencia de Chesterton, según el cual en un ómnibus el escritor británico cedió el asiento a tres señoritas; acá, para realizar esa tarea pendiente de compilar el corpulento Inventario se precisó de cuatro editores (Héctor Manjarrez, Eduardo Antonio Parra, José Ramón Ruisánchez y Paloma Villegas) y un equipo de corrección (con los mismos más Virginia Ruano y Marcelo Uribe). No estaba José Emilio Pacheco para tomar la pluma fuente y cazar la errata.
¿Se actuó como hubiera actuado el escritor, con ese mismo rigor obstinado? Parece que sí, las erratas son mínimas. La compilación puede ser considerada el acontecimiento editorial del año, porque Inventario, lo sabíamos antes y se confirma ahora (con los tres volúmenes en el escritorio), eran más que una columna semanal. Pacheco creó un género a caballo entre el ensayo, la crónica y la creación literaria. Cuando abordaba un asunto tenía el compromiso (con él mismo y con los lectores) de saberlo todo sobre ese tema (lo que se había dicho antes y lo que marcaban las indagaciones más recientes) y decirlo con la mayor claridad expresiva, en su mejor español. Iba siempre a contrarreloj, con un inevitable calendario semanal; aun así, entregaba el texto más adecuado que definía el acontecimiento principal (histórico, social o cultural) de esos días.
Esta asombrosa compilación de saberes y definiciones sobre la época que nos tocó vivir, que se mueve entre la gloria artística y el sobresalto político (sus marcos de referencia), será, ahora, libro de texto o de cabecera, el que muchos querrán llevarse a la isla desierta.

Capacidad de reacción

Prima facie (en la revisión, que no lectura a fondo, del Inventario), debe anotarse que una constante es la increíble capacidad de reacción del escritor ante los sucesos significativos. Veamos: el 11 de septiembre de 1973 los militares y la CIA ejecutan un brutal golpe de Estado en Chile y dan muerte al presidente Salvador Allende; el 15 de septiembre, en el suplemento Diorama de la Cultura, del diario Excélsior, publica una breve aunque sustanciosa historia chilena, que ofrece el contexto más amplio posible en el que se dio, o por el que se dio, la asonada.
Días después, el 23 de septiembre, muere Pablo Neruda, en circunstancias que aun ahora no son del todo claras; el 30 de septiembre, en el mismo suplemento cultural, Pacheco revisa a profundidad su obra poética.
La escritura ocurre siempre desde el presente. Pacheco (o JEP, su alter ego) no pierde de vista el día (y la hora) en que vive. Desde ahí tira la sonda para capturar instantes del pasado reciente o remoto. Responde al acontecimiento o se anticipa a conmemoraciones y celebraciones. Escribe a un siglo de la muerte de Manuel Acuña o seis siglos de la muerte de Petrarca, en el centenario de Chesterton, Machado, Jack London, Apollinaire, José Asunción Silva, el teléfono y un largo etcétera, el sesquicentenario de Tolstoi o en los dos siglos del nacimiento de Lizardi o los ciento veinte años del nacimiento de Oscar Wilde. El lunes 6 de julio de 1987 recuerda que el lunes 2 de julio de 1967, justo veinte años atrás, apareció en las librerías mexicanas Cien años de soledad, de García Márquez, con la portada del galeón encallado en plena selva.
Como se vio en el caso de Neruda, reacciona del mejor modo a la muerte inesperada. Fallece Novo, ya se dijo, la noche del domingo 13 de enero de 1974 y publica Pacheco el 20 de enero una nota que es resumen de lo que era entonces Novo para los mexicanos y lo que había sido para las letras: “Se enterró bajo pálidos honores oficiales al Cronista de la Ciudad y al Premio Nacional de Letras 1967. Sólo hubo silencio en lo que respecta al poeta incomparable, al primer ensayista de su generación, al gran periodista, al desacralizador, explorador, democratizador que a través de los medios masivos llevó la cultura de élite a todo el tuviera la buena voluntad de acercarse a ella”.
Del proyecto de La vida en México, por cierto, dice JEP de Novo lo que puede aplicarse al mismo JEP de Inventario, pues asegura que ahí figuran “muchas de las mejores páginas de la prosa mexicana; páginas admirables por su agilidad, precisión, encanto, sabiduría sin esfuerzo, destreza para crear y recoger nuevas palabras”. Y: “En las líneas de Novo no se escucha la voz que predica, amonesta, señala el camino: su tono es el matiz de quien conversa libremente con su amigo múltiple y sin rostro”.
Otro ejemplo: muere Rosario Castellanos el 7 de agosto de 1974 y el 11 ya se podía leer la revisión que hacía de su obra poética, narrativa y ensayística: “Cuando pase la conmoción de su muerte, y se relean sus libros, se verá que nadie entre nosotros tuvo en su momento una conciencia tan clara de lo que significa la doble condición de mujer y de mexicana ni hizo de esta conciencia la materia misma de su obra, la línea central de su trabajo”.
Sabía decir las palabras justas en el momento justo. Tenía un sentido de la oportunidad que iba más allá de la urgencia periodística, pues podía en pocos días apropiarse del tema, reseñarlo desde sí mismo (encerrado en ese universo complejo que era su biblioteca), con la suma de sus lecturas y sus experiencias vitales.
Esa capacidad es puesta a prueba el 29 de noviembre de 1983 cuando mueren, en un avionazo en el aeropuerto de Barajas, en España, Ángel Rama, Jorge Ibargüengoitia, Manuel Scorza y Marta Traba, y el Inventario respectivo se dilata más de un mes. Escribirá (el 2 de enero de 1984): “Los libros de los muertos nos hablan desde la muerte. Las fotos de los muertos nos miran desde la muerte. Es doloroso escribir de ellos ahora y resulta imposible quedarse en silencio. Han pasado cinco semanas desde aquel intolerable amanecer de Madrid y uno sigue pensando en los amigos muertos. De nada sirven los recursos tradicionales del apunte necrológico. Decir: vivirán en sus obras, nos dejan el consuelo de su memoria, una gran parte de lo que hemos sido muere con ellos, es cierto y es inútil. No tenemos poder alguno contra esas dos palabras que presiden nuestras vidas y nuestras muertes: nunca más”.
No obstante, sabrá dar a cada uno su lugar en la historia latinoamericana. Y la cifra de sus contribuciones, por el modo exacto como se les describe (cuatro destinos concentrados en un brillante Inventario), dará algo de consuelo ante la pérdida: “Si los muertos pudieran escuchar lo que los vivos dicen, sabrían los cuatro que sus obras y su memoria nos acompañarán mientras estemos sobre esta tierra que es más pobre y es más triste sin ellos”.

Variedad estilística

Otro rasgo notable es la variedad estilística. Es digno de señalarse la cantidad de géneros a los que recurre. Lo usual es el modo que la academia llama “lógico expositivo”, propio del artículo de opinión, la columna o el ensayo. Cuando se cansa de ello, y a doscientos años de su muerte, escribe (el 10 de julio de 1978) ya no sobre Jean-Jacques Rousseau sino como, o desde, Rousseau, quien lleva la voz cantante, resucitándolo JEP para describirnos: “Vi en el México de 1978 una desigualdad más atroz que la padecida en la Francia de mi tiempo. Vi la miseria de muchos y la opulencia de unos cuantos. Vi la ley distante del interés común y flexible a los intereses de los pocos. Vi la política separada de la moral de que debiera ser inseparable. Vi amos y esclavos y en ningún lado pueblo soberano. Vi ansiedad, deseo de perjudicarse unos a otros, alcanzar el propio beneficio a expensas de los demás y obtener la abundancia y lo superfluo a cambio de la desgracia de muchos…”
También (el 17 de julio de 1978) se viste de León Toral, el asesino de Obregón, y cuenta su historia personal del magnicidio… un asunto que desarrollará JEP en varias columnas.
Más: arma un encuentro (el 16 de julio de 1979) entre Guillermo Prieto e Ignacio Ramírez, El Nigromante, en una banca de la Alameda, y los pone a dialogar. Y hace lo mismo, pero con Amado Nervo y López Velarde (el 1 de diciembre de 1980), quienes comentan, desde ultratumba, la Asamblea de jóvenes poetas de México de Gabriel Zaid. Y también conversan, por JEP (el 10 de abril de 1980), Alfonso Reyes y Gabriela Mistral.
El 26 de noviembre de 1979 el Inventario presenta una serie de prosas poéticas, o poemas en prosa, en mínimo homenaje a Juan José Arreola, entre las que aparece, acaso por vez primera, aquella aventura de JEP al convertirse en amanuense de Arreola por el armado, o dictado, del Bestiario. Lo apunta ahí y tal vez olvida que lo contó, pues volverá sobre ello, sorprendido (el 10 de diciembre de 2001), cuando halle una nota de Christopher Domínguez en su Antología de la narrativa mexicana del siglo XX en la que se le describe así, como amanuense de Arreola.
Incluso dirá: “Nunca oculté la historia, aunque tampoco hice nada por difundirla, y me llamó la atención que pudiera saberla alguien nacido cuatro años después de los acontecimientos”.
Lo que seguramente pasó (ahora puede uno darse cuenta) es que Christopher leyó ese primer bosquejo publicado en el Inventario de 1979.

Rulfo, Huitzilac y Del Paso

Entre sus columnas más citadas está (en el tomo I de esta antología) la del 1 de agosto de 1977 en que reseña las Obras completas de Juan Rulfo de la Biblioteca Ayacucho de Caracas. Sale ahí al paso de lo que llamó una “administrativa calumnia”, según la cual Rulfo no pudo concluir solo Pedro Páramo y tuvo que recurrir a la ayuda de Alí Chumacero (que habría recibido en el Fondo de Cultura Económica un manuscrito informe cercano a las mil cuartillas) o Juan José Arreola… Unas cincuenta veces había escuchado JEP esas teorías delirantes y otras cincuenta veces “la respuesta ha sido desmentir la versión y restituirle a Rulfo la autoría absoluta de su gran obra”. (Y aún ahora hay despistados que vuelven a esto, en un asunto que ha sido muy estudiado.)
Otro de sus grandes hits es la crónica de Huitzilac, publicada el 3 de octubre de 1977, en conmemoración de lo ocurrido los días 2 y de octubre de 1927, medio siglo atrás, que en una versión un poco más afinada abrió el libro La sombra de Serrano (Proceso, 1981). Esta historia interesaba a JEP, en gran parte, por el breve aunque digno papel que tuvo en ella José María Pacheco, su padre (mas ese parentesco, acaso por pudor, no se consigna en la crónica), el que, como recordaría luego el mismo JEP, “aun bajo amenaza de fusilamiento se negó a firmar un acta que hiciera aparecer como resultado de un ‘consejo de guerra’ la matanza del general Serrano y sus acompañantes en la carretera de Cuernavaca”.
En su columna sobre Noticias del Imperio de Fernando del Paso (4 de enero de 1988), nos damos cuenta cómo pudo darle ya un valor amplio, permanente, a lo que era entonces una novedad literaria: “Noticias del Imperio no está hecha nada más para ser leída; está hecha para ser habitada semanas u aun meses enteros. Si sus ejes geográficos son dos de las grandes ciudades del barroco arquitectónico, Viena y México, si el modelo de su prosa son las grutas de Cacahuamilpa, donde Carlota encontró el perfil infernal de Dante, el dibujo que esta novela recorta contra la tempestad de la historia es la silueta de un castillo. Noticias del Imperio es la novela de los castillos —Schönbrunn, Miramar, Chapultepec, Bouchout— y tiene como ellos ventanales, salas del trono, pasillos, comedores, letrinas y albañales; la ambición de tocar el cielo y elevarse por encima de los demás y el descubrimiento final de que todo es polvo y ceniza, tierra hecha con los despojos de las víctimas del poder”.

El síndrome de Nazaret

Como Noticias del Imperio, esta antología de Inventario no está hecha nada más para ser leída y releída; hay que habitarla semanas o aun meses enteros. Es el trabajo de cuatro décadas y, a la vez, la concentración de una vida enteramente dedicada a las letras, aunque también a la historia. Si el nivel de exigencia personal, semana a semana, era muy alto, la calidad se mantiene en esa cima. Rara vez pierde el estilo, aunque lo hace, cuando caricaturiza, por ejemplo, uno creería que innecesariamente, al ensayista y bibliófilo Adolfo Castañón…
De todo lo que comenta tiene JEP los pelos en la mano. No hablará nunca de oídas. Cada línea ha sido pensada y repensada. Es casi imposible hallarlo en falta; y cuando ocurre, es él mismo el que se corrige, columnas adelante. Era un espíritu crítico con una fuerte dosis de autocrítica, algo inusual en nuestro medio.
Un ejemplo de su visión exigente y actualizada: en 1979 publica Premiá las Cartas de amor a Nora Barnacle de James Joyce, traducidas por Carlos Millet y con prólogo de Sergio González Rodríguez… y sabe JEP (como escribe el 8 de octubre de 1979) que ese epistolario íntimo “no apareció en su integridad hasta que Richard Ellmann, suprema autoridad joyceana, editó en 1975 Selected Letters of James Joyce”; y según todos los indicios la traducción ofrecida por Premiá fue hecha sobre unos volúmenes anteriores de Letters. Las “cartas sucias” de Joyce en esa primera edición de Premiá son limpias, están curadas de espanto, no por censura sino por desconocimiento. Y JEP lo señala: “En todo caso, debe quedar claro que se trata de un descuido sin dolo por parte de Premiá y no de una concesión a la campaña antipornográfica”.
En una columna sobre García Márquez (del 13 de julio de 1987), atiende JEP las siguientes paradojas: que el escritor más admirado en Colombia sea Octavio Paz y en México lo sea García Márquez; que el más atacado en Colombia sea García Márquez y en México Paz. Que a uno se le reprochara su castrismo y al otro su anticastrismo. O que los mexicanos propusieran para el Premio Cervantes en 1981 a Juan Carlos Onetti y los uruguayos a Octavio Paz.
Estas paradojas lo llevan a definir el síndrome de Nazaret, expresado en estos términos coloquiales: “Cómo va a ser el Mesías si es el hijo del carpintero y yo jugaba con él en la calle”. Dicho de otros modos: no reconocer lo que se tiene en casa; o aquello de que nadie es profeta en su tierra.
Esto no debería ocurrir, ahora, ante JEP y esta antología del Inventario, encarnación de un milagro que puede lograrse, cuando se tienen las armas adecuadas, en el espacio por lo común efímero de las páginas periodísticas. JEP operó esa magia: con él, en estos tres tomos que antologan su columna semanal (ensayo, historia o creación, en sus múltiples y sorprendentes metamorfosis), lo fugitivo permanece y dura.
Se asoma uno a Inventario (en una navegación primera, aunque con el recuerdo constante de cuando se leían las columnas en el ámbito del semanario) para percatarse de que el diálogo está recomenzando. Pasarán muchas décadas para que esta conversación termine. Habrá que leer y releer lo que hay en esta antología de Inventario (tres grandes tomos de la mejor crítica literaria) para seguirnos preguntando quiénes somos y qué hacemos aquí. Valórese, pues (y consérvese y atesórese), el radiante paso de JEP por el periodismo mexicano.

Marzo 2017

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Lectores de novelas semanales

Como una suerte de acto reflejo, luego de la lectura de la investigación de Yanna Hadatty Mora en torno a La Novela Semanal de El Universal Ilustrado (Prensa y literatura para la Revolución, UNAM/El Universal, 2016) acudí a mis libreros con el afán de encontrar restos de esa empresa periodístico-literaria de los años veinte del siglo pasado. Me preguntaba qué había sobrevivido de aquellos materiales que publicó, hace ya casi cien años (pues estamos por arribar a los veinte del siglo XXI), el editor Carlos Noriega Hope; y me pareció que una biblioteca personal como la mía, en gran parte dedicada a la literatura mexicana, aun con su modestia (o sus limitaciones) podía dar un diagnóstico aproximado en cuanto a la resistencia de las novelas cortas que ahí se generaron. ¿Cuántos textos salvaron el paso del tiempo? “El olvido es más tenaz que la memoria”, concluye Salvador Elizondo en Farabeuf. ¿Qué títulos, de los aparecidos en La Novela Semanal, fueron más tenaces que el olvido?
Uno sabe más o menos lo que tiene; uno se mueve por sus libros guiado por el orden alfabético, regularmente inevitable (aunque el desorden también tiene su lógica), y además por la memoria. Así llegué muy rápido al tomo de Obras de Gilberto Owen, que publicó el Fondo de Cultura Económica en 1979 (en el que participaron como recopiladores Josefina Procopio, Miguel Capistrán, Luis Mario Schneider e Inés Arreondo), en el que hallé, como primer texto de la sección dedicada a la prosa, La llama fría, narración fechada en México en 1925.
También se trataba de ponerse en situación de aquel que un jueves (el 6 de agosto de 1925, para ser exactos) compra su diario en el puesto de periódicos y acaso recibe, como bonus (o paga un extra por ello), una revista, El Universal Ilustrado, y con ella lo que hoy llamaríamos, acaso, una plaquette, de unas 30 páginas. El “suelto” literario viene ilustrado por Duhart… Estoy imaginando; habría que tener a la mano el par o el trío de impresos (periódico, revista y novela) para saber qué era o cómo era (cuánto pesaba, a qué olía) lo que recibía el lector de 1925; y habría que poseer una experiencia similar, en cuanto frecuentación de obras narrativas, para saber qué efectos ocasionaría ese relato amoroso frío, de un erotismo congelado pero llameante, de Gilberto Owen.
El arte no evoluciona, en el sentido darwiniano del término, pero sí se transforma. Lo que entonces llamaron literatura de vanguardia es hoy leído de otra manera, quizá con menos asombro. Cuando la gente iba entonces al cine, que era un lenguaje nuevo, se necesitaban puentes para preparar el cerebro a la experiencia, por lo que había en la sala relatores que describían lo que se desarrollaba en la pantalla, o músicos que daban ritmo y sentido a la vida fragmentada ahí expuesta. Había que aprender a ver el cine. ¿Cómo fue leída la historia de este joven protagonista que va en busca de la figura femenina que habitó sus húmedos sueños de infancia, a la que encuentra como una mujer más que madura?
Leemos, leyó (sentado en un café de chinos del centro de la ciudad) el lector de 1925: “Ernestina me va mostrando como a un médico su rostro marchito, su seno marchito, todo su cuerpo marchito, que ha desnudado para arrojarse al mar en un cansado salto sin gracia; nada silenciosamente, como una sirena envejecida que tomó un resfriado y perdió la voz; yo he crecido hasta la talla de Odiseo, y las algas me aprisionan, me retienen atado al mástil de la balsa; el viento marino trae sales que se pintaron de rojo en el crepúsculo, y me embadurna el cuerpo desnudo, disfrazándome de cardenal; Ernestina nada silenciosamente, como una sirena envejecida, en el mar sangriento”.
A estas alturas, o abismos, nos va llevando el libro de Yanna Haddaty. Somos, por un lado, quienes en 1925 compramos el diario y recibimos los jueves una revista y una novela. Somos, además, quienes casi cien años después absorbemos la historia de esa empresa periodístico-literaria y buscamos, como quien anda entre ruinas (y no en la hemeroteca sino en una biblioteca personal), lo que ha sobrevivido de esa historia. Ya tenemos un primer tesoro, que es “La llama fría”, de Gilberto Owen.
El prólogo de Alí Chumacero en el volumen de Obras de Owen no revista texto por texto, ofrece un paisaje amplio del autor; y da un dato que me parece relevante: Owen nació el 4 de febrero de 1904, por lo que (hace uno cuentas) el 6 de agosto de 1925, cuando aparece su nouvelle, tenía veintiún años cumplidos. Y dar espacio a las plumas jóvenes fue uno de los propósitos de Carlos Noriega Hope. En Gilberto Owen se cumplen la juventud y la novedad de la escritura.
Aunque pretenda una revisión imparcial de la colección literaria surgida de las páginas de El Universal, no es casual que en su libro Yanna Hadatty Mora se detenga sobre todo en las escrituras de vanguardia, que son, digamos, su tema personal, como queda claro al revisar, por ejemplo, La ciudad paroxista: prosa mexicana de vanguardia (2009). Y tampoco debe ser casual que de lo hallado a casi un siglo de distancia (aun en el espacio reducido de una biblioteca personal) sea eso precisamente lo que permanece.
Mi otra fuente para hallar restos de La Novela Semanal fue el tomo primero de la Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (1989) de Christopher Domínguez Michael. Me asomé, claro, a la ficha de Owen, en donde se dice que fue éste quien impulsó hacia la prosa de ficción a sus compañeros de generación con La llama fría, que apareció en La Novela Semanal de El Universal Ilustrado. Domínguez antologa Novela como nube (1928), que está en sintonía con lo marcado por el primer ejercicio novelístico.
Y antes de Owen, están Arqueles Vela y La señorita Etcétera, novela corta también aparecida en la colección referida. Christopher define a Vela como “el gran artífice olvidado de la vanguardia mexicana y el más importante de sus prosistas”; y asegura que con La señorita Etcétera se inaugura nuestra prosa de vanguardia. Recuerda que fue publicada en el formato de La Novela Semanal y que “abrió el camino del gran público para la literatura radical”.
Si viajamos al pasado y somos, de nuevo, aquel que va al puesto de periódicos, esta vez el jueves 14 de diciembre de 1922, y adquiere el diario, nos detendremos en el retrato de Arqueles Vela realizado por Manuel Gálvez y en las ilustraciones de Cas en ese tomito inserto en El Universal Ilustrado. Y pararemos luego en los textos, que son dos: la ya citada noveleta y el relato “Los espejos de la voz”.
Yanna muestra su entusiasmo por esta aventura que es La señorita Etcétera, a la que nombra como “una desconcertante novela semanal”. Uno pensaría que para la especialista está ahí cifrado todo, es ahí donde se resuelve ese cruce de caminos entre un mundo antiguo, algo atrofiado por la guerra, y uno nuevo que se mueve entre rotativas, automóviles y tranvías, y donde ve uno caminar a las “pelonas”, estás chicas de corte de cabello masculino (con el peinado a la bob, que le llamaban) que proponen un modo nuevo de entender las cosas.
Leo, leyó entonces aquel hombre del pasado (otra vez en un café de chinos del centro de la ciudad, un jueves de diciembre): “Era feminista. En una peluquería elegante reuníase todos los días con sus ‘compañeras’. Su voz tenía el ruido telefónico del feminismo… Era sindicalista. Sus movimientos, sus ideas, sus caricias estaban sindicalizadas. Cuando le hablé de mis idealidades peregrinas, se rio sin coquetería. Azuzaba la necesidad de que las mujeres se revelaran, se rebelaran”.
Quizá no nos asombra la modernidad porque estamos instalados en ella. Pero hubo un tiempo en que la modernidad era novedosa. Y hubo quienes entendieron que la realidad estaba cambiando y usaron sus herramientas a la mano (en este caso las palabras) para dar testimonio de ello, transformando además las mismas herramientas. Se necesitaron nuevas formas de combinar las palabras para narrar el cambio. Y esa transición es la que retrata Yanna Hadatty Mora en su libro.
Diré por último que el mismo Carlos Noriega Hope, artífice de La Novela Semanal de El Universal ilustrado, también obtuvo esa pequeña inmortalidad que puede implicar aparecer en una antología, y en el libro de Christopher se incluye Che Ferrati, inventor, fechado erróneamente en 1929, cuando se publica, como bien informa Yanna, el 19 de abril de 1923. Un día jueves, ese jueves.
Una consecuencia lógica de este estudio sería una compilación de las novelas más significativas que aparecieron en La Novela Semanal, o una reedición académica del tomo antológico de 1969 realizado con ese afán por Francisco Monterde, quien juntó 18. ¿Valdrá la pena? ¿O podemos quedarnos, por ahora, con esas tres joyas sobrevivientes del naufragio del tiempo que son La llama fría de Owen, La señorita Etcétera de Vela y Che Ferrati, inventor de Noriega Hope, umbrales hacia una nueva escritura? Ya que no se tiene una colección completa de La Novela Semanal, ¿habrá en la hemeroteca algunos tesoros perdidos?

Marzo 2017

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