jueves, febrero 03, 2011




Algo extraño sucede con Esther


A finales del 2009 en espectaculares y parabuses de la ciudad se leía, como publicidad de un estreno cinematográfico inminente, la frase con la que encabezo este artículo, frase que al verla a muchos nos llevó a pensar entonces no en el filme anunciado, una cinta hoy en el olvido, sino en la escritora Esther Seligson (1941-2010): en efecto, algo extraño ocurría con ella.
Se dedicó en los últimos años a cerrar caminos. Preparó para el Fondo de Cultura Económica varias antologías personales, una de ensayos literarios (A campo traviesa, 2005), otra de textos narrativos de trasfondo mítico (Toda la luz, 2006) y una más, que se publicaría póstumamente, de poesía (Negro es su rostro/Simiente, 2010), además del conjunto de sus críticas teatrales para el semanario Proceso (Para vivir el teatro, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2008). También dejó sus clases en el Centro Universitario de Teatro (a sus alumnos dedica ese último tomo), terminó su trienio en el Sistema Nacional de Creadores… Y quien la visitaba podía recibir a la salida de su departamento un regalo insólito, algo de la cocina, por ejemplo, o un libro que ya no iba a necesitar. Se trataba un poco de poner en orden sus cosas, pero también se estaba despidiendo.
Era común que lo hiciera porque le gustaba viajar; y en el ejercicio de soltar amarras fue siempre una mujer hábil. En sus vagabundeos por el mundo recuperaba algo de aquello que lo cotidiano desgasta o destruye, y a su regreso era toda energía, una bomba de creatividad y humanidad, lo que se concentraba en las presentaciones de sus libros, que eran como la fiesta de recibimiento (con flores, muchas flores), con un mensaje claro de “ya estoy aquí otra vez”, plena, luminosa, cálida, como siempre.
Quizá esa última etapa tenía una gravedad nueva, distinta, que alcanza a percibirse en el volumen de cuentos Cicatrices (Páramo Ediciones/Conaculta, 2009), por algunos títulos (“Cuerpos a la deriva”, “Descanse en paz”, “El cementerio” o “Epitafio”) y los argumentos; en el arranque, una mujer va tumbada en una carreta sobre la paja húmeda: “¿Así que finalmente había sucumbido a la peste? Bueno, piensa, mejor, ya no tendré que ocuparme de otros cuerpos. Ahora al suyo le toca su descanso”. El libro pudo llamarse también Agonías, mas el título se justifica con los pensamientos o fragmentos del cierre, que son variaciones en torno a un mismo punto: la cicatriz de Dios, se dice ahí, está en nuestra muerte. “Poco importa si ella [la muerte] llegó por su propio pie o si por bala o tajo, cáncer o sida. O si la llamamos con somníferos, soga, fuego, gas o accidente. La cicatriz de Dios siempre se abre para darnos paso”.
En uno de los textos centrales, “Ella, mi madre”, y un poco a la manera de la Simone de Beauvoir de Una muerte muy dulce (1964), recupera las últimas horas de María Berenfeld de Seligson, quien dejó de existir a la edad de 75 años el 21 de abril de 1997 a las 13: 25 horas…
Por lo anterior no se necesita ser detective para descubrir las rondas que daba su escritura. La claridad, que a veces puede ser cruda, era una de las virtudes de su prosa; y en este caso esa claridad ilumina el tramo final.
Pero ahí no acaba su historia, pues alcanzó a concluir Todo aquí es polvo (Bruguera, 2010), que retoma esa narración en torno a la muerte de la madre y sigue explorando en el ámbito familiar: el amargor del padre, la lejanía de la hermana, la machincuepa del hijo desde un onceavo piso… “Sí, es extraño que para comprender al prójimo tengamos que apartarnos de él; extraño reencontrar siempre el sendero de la infancia y huir de él (vanamente); curioso, al decir del poeta, cuán ajenos podemos ser para quienes más habríamos de conocer, para quienes nos habrían de conocer mejor.”
Lo que se inició como una novela, informan los editores, terminó convirtiéndose en una memoria, ficción o fricción autobiográfica, que abarca cuatro estaciones: “Dúo” (que es más bien una trinidad), “Mi infancia tiene olor a nata fresca”, “Sacerdotes sin reino y sin corona” y “Una ventana con la cortina al aire”. Se dibuja a un ser maravillado, y harto también, de la compleja, contradictoria e indescifrable esencia de la condición humana, momentos antes de que se abra (o cierre) la última puerta: “Me habría gustado que mis cenizas fueran dispersadas en el Tajo, desde Toledo, para enlazar mis amores y acompañar su trayecto río abajo, fleco líquido entre las grietas de los riscos, caballo desbocado espumeando por los belfos, cascada liquen, vellón asperjado de estrellas y soles, corimbo de olas... La muerte ha de ser entrar en un mar infinitamente poroso, azul zafiro brillante, translúcido…”
Décadas atrás, conocí a Esther Seligson en mis pesquisas en torno al fantasma del escritor Francisco Tario. Lo había tratado en Madrid siendo ella muy joven; sobre él y su hermano Antonio, y su infancia en Llanes, escribió el cuento “Un huerto frente al mar”, incluido en Luz de dos (1978). Se creó entre nosotros, desde entonces (y por Tario), una cierta amistad, que tuvo su segundo aire por el reencuentro de Esther con mi hija Isabel (a la que conoció de bebé, dormida en un bambineto rojo, en las oficinas del semanario Proceso), alumna suya en el CUT y aceptada también en el círculo de iniciados en la lectura del Tarot que presidía los sábados como Bruja Mayor.
No se ha ido Esther. A un año de su desaparición física sigue ahí, vuelta energía, confrontándonos con su intensidad profunda, su luz total, presente en sus viejos libros y en sus nuevos libros. Algo extrañó sucede, siempre, con ella. Para no perdernos, si no es que para salvarnos, habrá que habitar perpetuamente (o hasta que la vida así lo permita) en su universo.

Febrero 2011

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