viernes, enero 01, 2010



Marco Antonio Millán: un perfil

Hay una fotografía, tomada frente a la Catedral (sin que esto represente filiación religiosa alguna, aunque a algunos se les incluya entre los Ocho poetas católicos), en donde aparece al que se podría considerar como el grupo base de la revista América. En el extremo izquierdo, de traje y con sombrero, lentes y portafolios, está Efrén Hernández; luego, de cabello corto, falda clara y una especie de chamarra, se ve a Dolores Castro. Al centro coinciden tres dramaturgos: con ropa informal y una gran sonrisa, Emilio Carballido; con vestido oscuro y sujetando firmemente una bolsa de mano, Luisa Josefina Hernández; y de chamarra, Sergio Magaña. Éste se mira pequeño junto a Marco Antonio Millán, de traje, quien tiene a su izquierda a Rosario Castellanos, con blusa blanca y falda negra, en actitud casi monjil… A través de los años he visto esa imagen por lo menos en tres casas (las de Efrén, Dolores Castro y Millán), y ha de suponerse que se hicieron de ella tantas impresiones como el número de personajes que ahí se juntaron. De entre ellos, el menos conocido es Marco Antonio Millán (1913-1999), cuyas memorias, bajo el título La invención de sí mismo, acaba de publicar Conaculta.
En parte por su más de 1.80 de estatura, pero también por un torrente verbal en donde desfilaban en extravagantes anécdotas figuras como Porfirio Barba-Jacob, Pablo Neruda, Salomón de la Selva, Juana de Ibarbourou, Juan Rulfo o José Revueltas, entre muchos otros, daba Millán la impresión de construir a cada golpe de recuerdo un universo fantástico paralelo al de la literatura latinoamericana tal y como nos es referido oficialmente, como el gigante que cuenta sus andanzas increíbles en una tierra en apariencia ya vista o ya domesticada. Quizá porque no dejó obra conocida, o porque dedicó sus mayores esfuerzos al trabajo editorial, el nombre de Millán no suele acompañar a esos contemporáneos de gran brillo con los que tuvo relación estrecha. Pero estuvo ahí, y sus méritos ha de tener quien reunió a tantos talentos, como puede constatar el que encuentre en los estantes de alguna biblioteca especializada cualquier tomo de América, la “revista antológica” que él dirigió. En el número 70 (septiembre de 1956), por ejemplo, hay adelantos de Las palabras perdidas, de Mauricio Magdaleno; de la Evocación de Píndaro, de Salomón de la Selva; poemas de Eunice Odio, unas escenas de Casi sin rozar el mundo, “alta comedia en 3 actos y 4 cuadros” de Efrén Hernández, algo de Margarita Michelena, y se lee un curioso comentario editorial sobre la carrera mexicana por el Nobel literario en la que a Alfonso Reyes ya se le emparejaba Octavio Paz… y como América no apostaba ni por uno ni por otro surgía la pregunta de “si no habrá en resumidas cuentas alguien con más elevadas virtudes que los dos”.
Millán fue amigo de Neruda, y refería, apenado, la vez en que su esposa, al ver que el poeta chileno se le venía encima en un abrazo efusivo mientras daban varios un paseo en lancha, mediante un empujoncito lo echó al lago de Chapultepec… aunque se dice también que fueron los celos de Millán los que hicieron que el autor de Residencia en la tierra mudara momentáneamente esa residencia terrestre por el lecho acuático.
Se recuerda a Millán, sobre todo, al lado de Efrén Hernández, uno como director y el otro como codirector de América, uno de gran altura y el otro bajito, cual pareja cómica. A su vez, en alguna oficina pública Efrén se encontró con un hombre silencioso; de mirarle el rostro, se le ocurrió que escribía en secreto. “Nadie supiera nada acerca de sus inéditos empeños”, resumiría luego en América, “si yo no, un día, pienso que por ventura, adivinara en su traza externa algo que lo delataba; y no lo instara hasta con terquedad, primero, a que me confesara su vocación, enseguida, a que me mostrara sus trabajos, y, a la postre, a no seguir destruyendo”. Sin Efrén, pues, “La cuesta de las comadres” (que apareció en el número 55 de América, febrero 29 de 1948) habría ido a parar al cesto de la basura.
Rulfo fue, así, uno de los descubrimientos de la revista. Y se dio la circunstancia, según refiere Millán, de que al mismo tiempo el jalisciense ofreció el original de El Llano en llamas al Fondo de Cultura y América, y que en ambas editoriales se levantó la tipografía, lo que ocasionó alguna molestia en Millán y Efrén al saber que el libro de cuentos de Rulfo en el que trabajaban ya estaba en librerías.
En sus memorias, que son una suerte de “vida contada”, Millán se inventa a sí mismo, según el viejo poema de Nezahualcóyotl que sirve de epígrafe, y reinventa a su vez toda una época de nuestra literatura.

Enero 2010

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