martes, julio 05, 2005

UNA APARIENCIA DE LIBERTAD

Con el apoyo de los intelectuales consultados por Dominique Simonnet para su libro La más bella historia del amor (La plus belle histoire de l’amour, 2003; edición en español del Fondo de Cultura Económica), puede asegurarse, sin que éste haya sido el propósito de esa obra, que Robert Louis Stevenson tenía razones válidas para atemorizarse a finales del siglo XIX del matrimonio, según lo apunta el escritor escocés en el tomo ensayístico Virginibus Puerisque (1881), en donde ironiza con aquellos que se disponen a casarse de modo parecido a como se dispondrían para morir, situación que vivió en carne propia al unirse, en 1880, a Fanny Osbourne.
Debe considerarse, además, que por esos mismos años Stevenson publicó Olalla (1881), relato largo o novela corta —excepcional en su trabajo narrativo— que gira en torno a un deseo terrorífico, y donde el descubrimiento del objeto amoroso va de la mano con la posibilidad de que el goce sea en realidad una caída.
La cadena parece complicada, pero no lo es tanto: la circunstancia del casamiento de Stevenson puede tener eco en la publicación posterior de un ensayo largo donde se expone esa moderna desconfianza hacia el matrimonio y preferencia por la soltería, y en ese relato romántico que suele ser colocado en las estanterías entre las ficciones de terror. Esto (boda de Stevenson-Virginibus Puerisque-Olalla), más un tomo periodístico en el que se intenta historiar al amor, forman el coctel de estas líneas.
En el principio es el éxtasis; se lee así en la traducción de Olalla realizada por Alfonso Reyes: “La sorpresa me inmovilizó. Su belleza se me entró hasta el alma. Olalla, en la sombra de la galería, brillaba como una gema de colores. Sus ojos aprisionaban y retenían los míos, juntándonos como en un apretón de manos. Y aquel instante en que, frente a frente, los dos nos mirábamos, y, por decirlo así, nos bebíamos el uno al otro, fue un instante sacramental, porque en él se cumplieron las bodas de las almas”.
¿Bodas del alma? A la vez que desea a Olalla, rechaza el protagonista integrarse a la familia de la joven: no podría, dice, dar el nombre de hermano a aquel muchacho simplón ni el nombre de madre a aquel bulto de carne tan hermoso como impasible, “cuyos ojos inexpresivos y perpetua sonrisa me eran ahora francamente odiosos”. Quiere a Olalla pero no a los parientes de Olalla. Lo que recuerda aquella célebre sentencia de Adolfo Bioy Casares: uno no se casa con una mujer, uno se casa con una familia.
Se crea en el relato un complejo mecanismo de fascinación y rechazo. El protagonista va hacia Olalla como “se acerca al abismo el hombre atraído por el vértigo”; entiende que las leyes que gobiernan la tierra precipitan a Olalla a sus brazos, y retrocede ante la idea de semejantes nupcias; dice: “Yo no quería ser amado de esa suerte”. Y: “El amor ardía en mi pecho con furia, y la ternura me derretía: yo la odiaba, la adoraba, la compadecía, la reverenciaba con éxtasis. Por una parte ella era una cadena que me unía a muchas cosas idas; por otra, la que me unía a la pureza y la piedad de Dios: algo a la vez brutal y divino, entre inocencia pura y desatada fuerza del mundo”.
Pertenece Olalla a una dinastía española en decadencia; por eso evita la unión carnal, para no preservar ese letargo familiar, esa temible corriente río abajo en que se encuentra atrapada. Afirma: “La raza existe: es muy antigua, siempre joven, lleva en sí su eterno destino; sobre ella, como las olas sobre el mar, el individuo sucede al individuo, engañado con una apariencia de libertad; pero los individuos no son nada”.
¿Será esto críptico?, ¿se entenderá que se habla aquí de familias y matrimonios, lo que Olalla evita para no prolongar esa tradición del horror?
En Virginibus Puerisque, define Stevenson al matrimonio como una especie de amistad reconocida por la policía. Históricamente, los dos guardianes del matrimonio han sido el Estado y la Iglesia. Desde la antigüedad, el ideal del matrimonio es “dar a la ciudad, a la patria, buenos ciudadanos y jefes que perpetuarán el orden social y la descendencia” (Paul Veyne). Con los romanos se convierte en un contrato; en la Edad Media la Iglesia lo instituye como sacramento. Incluso en el Renacimiento el control es estricto. Alrededor de 1700, madame de Maintenon escribe: “En vez de hacer felices a los humanos, el matrimonio hace desdichados a más de dos tercios de la gente”. Pues había incluso un mercado conyugal. Llegó a establecerse una “tabla de matrimonios”: según el monto de la dote de una dama (moneda de cambio), se tenía derecho a un comerciante, un dependiente o un marqués.
También históricamente el papel del matrimonio ha sido controlar a la sexualidad y al amor. Hay, no obstante, una lenta revolución amorosa que en Europa se desarrolla de 1860 a 1960, y donde puede ubicarse la reflexión de Stevenson, pues a finales del siglo XIX fue cuando “se despertaron nuevas conductas [...] en oposición a la moral oficial victoriana, que comprometieron la emancipación de los cuerpos y las mentalidades” (Anne-Marie Sohn). Es hasta entonces cuando se da fin, por ejemplo, al matrimonio concertado...
Tenía sus razones Stevenson, pues, para descreer del tipo de matrimonio que se practicaba en sus tiempos (y que en muchos casos persiste), herencia catastrófica, campo de batalla o prisión del amor.

Julio 2005

0 Comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]

<< Página Principal