sábado, julio 21, 2007

Harry Potter debió morir

Era como una pesadilla de Borges. Estábamos entre libros, aguardando la llegada de la medianoche, pero los muchos títulos que nos rodeaban parecían no importar ante la esperada aparición (pero si ya lo tienen, en cajas, ¿por qué no las abren, señor, señora, si en Londres empezaron a venderlo hace siete horas?, le pago el doble, el triple, la invito a cenar, señorita) del último libro de Harry Potter.
Hacia las 21:00 horas nos instalamos en algo así como el lugar sesenta de la fila, entre las secciones de libros de arte y guías de viaje, y la gente siguió llegando y terminaron por fragmentar, para no estorbar las escaleras o los accesos, esa larga hilera que ocupó también, con el paso de las horas, la zona del estacionamiento de la librería. Éramos los de abajo, los normales, los que no habíamos hecho el apartado; y estos otros, los que sí, estaban en el piso de arriba, entre discos y películas, en gran fiesta: fue allá donde se escucharon los primeros gritos jubilosos y se alcanzó a ver a la distancia a muchachos y hasta adultos disfrazados de Harry Potter y compañía con su tomo nuevecito en las manos alzándolo como si se tratara de un trofeo. Ya. Era suyo.
Pero los otros libros no importaban. Se miraban ahí enfrente, apenas, unas colecciones fotográficas de Henri Cartier-Bresson; y más allá, entre las cabezas de unos afectos a Griffindor, algo de Max Ernst y de Kokoshka o Balthus (huy, Balthus, el pervertido); y las ediciones conmemorativas de una Frida Kahlo ya centenaria y Viaje al fin de la noche, de Céline, en la mesa de importaciones, qué tesoro… Todo lo cual se volvió secundario para esa tribu hogwarthiana que se desvelaba para poseer el tomo único, acariciarlo y hojearlo e intentar descifrar las imágenes de la cubierta, en donde estaban, se decía, las claves del enfrentamiento final entre el joven mago y el que no debe ser nombrado.
El ánimo, por extraño que parezca, se inclinaba por la muerte del protagonista. Se pensaba que sólo con el sacrificio de Harry Potter el malvado Voldemort sería vencido. Por eso el coro de fiebre nocturna: “¡Harry Potter debe morir! ¡Harry Potter debe morir!”
Mas cada cual que obtenía el tesoro salía corriendo a casa, se prometía encerrarse sábado y domingo, por lo menos, sin leer diarios ni conectarse a internet, acaso sólo con los audífonos incrustados y el reproductor de música digital en modo aleatorio, para que nada estorbara el encuentro con el último tomo de la saga y no le echaran a perder el desenlace… Es una generación que ha crecido con el personaje y cree poder encontrar en la batalla última de Harry Potter algunas razones para seguir adelante.

Julio 2007

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