lunes, agosto 21, 2006

LECTURAS PARA GUARDAR

Hay obras que provocan reacciones inmediatas en el lector, que lo llevan a tomar la pluma para transmitir un testimonio entusiasta de su paso por esa escritura (como el viajero que colma sus cuadernos de nuevas anécdotas y personajes descubiertos cuando ha llegado al sitio que lo estaba aguardando), y otras que no poseen ese afán expansivo y tienden a convertirse en memoria silenciosa, recuerdo mudo.
Es arduo abordar esas creaciones, la fe crítica se queda sin palabras ante ellas, a pesar de que representen universos complejos y estén llenas de hechos asombrosos o contengan líneas demoledoras, de esas que podrían definir un destino. Por alguna razón, como si tuvieran un chip especial que las protegiera de la escritura ajena, inhiben al que intenta hablar de ellas, o hacen que el lector traduzca su experiencia en balbuceos o frases sin sentido, que dan a entender a los interlocutores (reales o imaginarios) que acaso no vale la pena abordarlas cuando para el que las vivió pueden serlo todo o casi todo. Recuerdan, susurrándolo (y en un tono menos ofensivo), aquello que decía Giovanni Papini, vía Gog, de que quien lee para luego escribir puede ser comparado con el que sólo come por el placer de defecar.
Son obras o libros para tener en casa, y que cuando uno quiere mostrarlos para compartir sus hallazgos se esconden o se disfrazan de muy humildes, y si se llegan a desarrollar algunos apuntes estos se pierden o se destruyen como por accidente o se tornan vacuos, y queda sólo la huella interior de una energía atestiguada que no halla su traducción valedera en el lenguaje crítico conocido, y ni siquiera en la prosa verbal cotidiana. Ante el otro parecen siempre menos de lo que son cuando tienen, para uno, el alcance de una plenitud conocida pero esquiva a la expresión de su efecto o su afecto.
La pluma misma, ahora, duda al delinear esos territorios, pues el asunto se desdice a cada frase, y los nombres y las obras construyen murallas de humo para no salir de sus ámbitos interiores ideales… Y el decir, decirlos, en este caso, podría ser considerado como una suerte de traición, o se vuelve una doble lucha porque al definir aquello que nos pasma intentamos dibujar nuestros modos del asombro.
Así define la palabra “pasmo” la Real Academia: “Admiración y asombro extremados, que dejan como en suspenso la razón y el discurso”, pero también: “Rigidez y tensión convulsiva de los músculos”; y: “Efecto de un enfriamiento que se manifiesta por romadizo, dolor de huesos y otras molestias”… Cuando dicen en los ranchos que la vaca se pasmó esto no implica, probablemente, que se haya quedado absorta ante la contemplación del crepúsculo, sino que está rígida y tensa o se enfrió, o todo eso junto, el anochecer incluido.
Mas el pasmo no es, en tal caso, culpa de esas obras sino de quien las lee, que en otros pueden provocar otro tipo de reacciones. La experiencia es personal por ser diferente en cada caso, y hay quien encuentra sorprendente lo que para otros carece de sustancia, por lo que a la hora de enunciar esas obras que (según estos pasos perdidos) tienden al silencio podrían encontrarse tomos enteros en que se diserte sobre ellas, con especialistas locales o regionales en la narrativa, por ejemplo, del noruego Knut Hamsun, o en los cuentos y novelas de la inglesa nacionalizada mexicana Leonora Carrington o del argentino Antonio di Benedetto, escritores de algún modo atípicos.
De Hamsun apareció en España, a finales del 2005, la Trilogía del vagabundo (Alfaguara), compuesta por Bajo las estrellas de otoño (1906), Un vagabundo toca con sordina (1909) y La última alegría (1912), en donde se sigue a un personaje a través de momentos distintos de su existencia, un hombre de ciudad al que le da a cada tanto por escaparse de la vida civilizada y deambular por valles y montañas… El tomo fue leído y anotado, pero las descripciones que puedan intentarse resultan insuficientes, porque están el paso de las estaciones y también el avance de las edades, las pequeñas y las grandes miserias que ocurren en un refugio para leñadores o en una casa de retiro, la silueta de un hombre enfrentada tanto a la naturaleza como a su propia naturaleza.
La prosa, de nuevo, traiciona al que busca retratar una escritura. Hamsun seguirá siendo algo indefinible pero presente, como lo pueden ser del mismo modo las narraciones de Leonora Carrington leídas, tiempo atrás, en tomos separados de las editoriales Era (La dama oval, 1965, con traducción de Agustí Bartra) o Monte Ávila (La trompetilla acústica o La puerta de piedra), y luego recopiladas parcialmente por Siruela en España y Siglo XXI en México, y vueltas a leer… Aunque la autora sea casi vecina, y sé de alguien que una vez, incluso, pudo haberla atropellado, mantiene su gran misterio con esa rara mezcla de experiencia onírica y fundición (o fundación) mítica puesta en óleo, escultura o palabra.
Luego está Antonio di Benedetto, argentino, el autor de Zama (1956), novela que cumple este año medio siglo de ser publicada y a la que se le brindarán, en Buenos Aires y Mendoza, sobre todo, algunos homenajes. La editorial Adriana Hidalgo se ha propuesto un rescate integral de la obra de Di Benedetto, y algunos de esos títulos logran estar ubicados en las librerías mexicanas, entre ellos las dos novelas que completan su trilogía no hamsuniana: El silenciero (1964) y Los suicidas (1969), además de sus colecciones de relatos, cuartos con vistas a la miseria y la animalidad.
El lector atiende, calla el crítico… Libros no para contarse sino para ser habitados.

Agosto 2006

0 Comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]

<< Página Principal