lunes, julio 17, 2006

LA FÁBULA DEL MAPACHE Y LA TORTUGA

Se ha estado yendo la luz el fin de semana. La pausa que esto impone es a veces agradable porque crea un silencio distinto, nuevo, sin la música estridente de los vecinos de al lado ni el ruido de las máquinas de los impresores del edificio vecino, que han de tener mucho trabajo porque se pasaron en su oficina sábado y domingo, desde que Dios amanece hasta que Dios anochece. Nada de eso se escucha ahora que no hay luz.
Lo que se interrumpe de momento es la escritura. Si acaso algunas líneas logran salvarse, pero al volver a encender la computadora ésta no marcha como es debido, o cuando por fin se entra de nuevo al procesador de palabras y al texto iniciado, resulta que una frase no concluyó o un desarrollo, que se antojaba interesante, quedó trunco y uno no comprende ya o no ata el hilo del discurso propio, y cuando se logra medio reconstruirlo viene otro apagón y... Vuelta a empezar.
Mientras la luz regresa, y si parece que va para largo, debe uno armarse con lo elemental: el cuaderno y el lápiz o el cuaderno y la pluma. Un tipo dijo un día:
—Espera, deja que saque mi laptop —porque algo debía anotar.
Y mostró su cuadernito escolar.
Es como cuando alguien comenta preocupado:
—No encuentro las llaves del coche.
Y se busca en los bolsillos del saco y en la camisa y en el pantalón, hasta que halla unos boletos del metro, que son sus llaves del coche.
El cuaderno es una laptop que no tiene que ser encendida. Con lápiz o lapicero o pluma, lo que gustéis, basta. Es de lo que se provee José García, el personaje de El libro vacío (1958), de Josefina Vicens, que compra dos cuadernos, uno para las anotaciones primeras y otro para las versiones definitivas... pero el segundo cuaderno se queda en blanco, vacío, por lo que parecería que leemos sus borradores, lo del cuaderno en sucio, digamos, aunque eso está por discutirse. ¿No será que José García encontró la fórmula literaria adecuada a sus dificultades con la escritura?, ¿y si bien no llenó nunca ese libro vacío sí reescribió el otro, el sucio, porque encontró que al relatar su angustia con las palabras se retrataba a sí mismo?
Reeditó el Fondo de Cultura Económica las dos novelas de Josefina Vicens en un tomo, El libro vacío y Los años falsos (1982), basándose en la edición de la UNAM de 1987, omitiendo tontamente la carta-prefacio de Octavio Paz a la primera novela, que la ha acompañado desde 1978 y que el tomo universitario sí incluía. ¿Por qué no aparece el texto de Paz?, ¿por una mala decisión editorial o porque la heredera del poeta no concedió el permiso correspondiente? Le hace falta, al tomo nuevo, esa carta-prefacio, toda vez que el nuevo prólogo, de Aline Petterson, es a todas luces insuficiente.
¿A todas luces? No vuelve, todavía, la energía o corriente eléctrica, y escribe uno en un cuaderno, como José García, letras o palabras que cuando la luz regrese deberán ser pasadas en limpio.
¿Qué se llama “La luz que regresa”?
Solamente los relojes se mantienen en marcha, y lo que indican es el tiempo en que no ha habido luz. Por los cubos del edificio se escuchan algunas voces murmurantes, y afuera pasan los vehículos de sur a norte, o norte a sur, por la avenida Vértiz.
Tocan a la puerta. Es Aurelio, del servicio de limpia, que viene a recoger la basura lunes, miércoles y viernes a las 9:30 horas. No llamó por el timbre, obviamente, y encontró la puerta del edificio abierta. Parece excitarlo ese hecho, que dificultará hoy sus labores: la incertidumbre de si podrá entrar o no a los edificios, sin timbres ni interfones funcionando.
A propósito, en el prólogo a uno de los libros de Castaneda apunta Octavio Paz: “La mucha luz es como la mucha sombra, no deja ver”. Y tiene García Márquez un relato que se llama “La luz es como el agua”, del que en otro lado, y muchos años antes de salir los Doce cuentos peregrinos, contó cómo se le ocurrió, cuando preguntó a un “eléctrico” cómo era eso de la corriente eléctrica, y el tipo le dijo eso que luego se convirtió en el título de la narración, pues decía que al activar el interruptor, como quien abre el grifo del agua, corría el fluido en el foco, chocaba con el vidrio, y creaba luz.
En el cine, el sábado, también se fue la luz. Veíamos Vecinos invasores, una cinta de animación por computadora que parece fabular lo que hoy ocurre en el país: el mapache es Felipe Calderón, que acude a los otros animales en busca de mano de obra barata, pues el oso le exige alimentos. El oso representa a la clase empresarial, que pide todo para sí misma. Y el líder de los otros animales es una tortuga, que vendría siendo López Obrador, quien presiente el engaño en que sus compañeros están cayendo con las promesas de una vida mejor, el ingreso a la modernidad con alimentos empacados y no frutos silvestres. En principio el mapache desplaza a la tortuga aunque al final se descubre el engaño, de que aquél sólo buscaba el bien suyo y del oso...
Se activa de pronto el refrigerador. Suenan de nuevo las máquinas de la imprenta. Vuelve al edificio la música estridente de unos vecinos también invasores. Y la pausa termina. Es decir, regresó la luz.

Julio 2006

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