miércoles, julio 15, 2026


Sobre De puño y letra: historias de boxeadores (Dogma, 2026)
Marina Porcelli

Cifrar. El término le viene a Borges de su lectura de la Commedia: se trata de lo que designa o de lo que singulariza a un personaje: la historia que hace que el personaje sea indudable, inolvidablemente, ese personaje. Estas premisas calzan a De puño y letra de Alejandro Toledo. Con una prosa muy ajustada, y muy lírica, por momentos, Toledo rastrea eso que marca y moldea, identifica a cada boxeador. Todos los deportistas del libro son mexicanos, y en esta serie Laura Serrano, por ejemplo, la primera pugilista oficial de la Ciudad de México, se encuentra con Jaime Sabines; Sal Sánchez es a quien la muerte toma por sorpresa; Ladislao Mijangos tiene casi un epíteto: el que peleó, una noche mítica, contra el titánico George Foreman. Daniel Zaragoza se enfrenta a sí mismo, mientras que Óscar de la Hoya y Julio César Chávez se preparan, respectivamente, para el duelo famoso del 7 de junio de mediados de los 90. Al Finito López se lo cifra en las vísperas de la defensa de su título número 16, y al entrenador de Mérida, Jesús Rivero, Choláin, que forjó los títulos mundiales de Miguel Canto, en un diálogo inolvidable con Óscar de la Hoya durante los entrenamientos al alba:
--Ya ponte a leer --le decía Rivero.
--Me gusta más escucharlo a usted --respondía Óscar.
También están Cristóbal Rosas y Nacho Beristán. Y en esta nueva edición se agregan los perfiles de Ultiminio Ramos y Jack La Motta, y un capítulo sobre Miles Davis.
Hay más. El hecho de que, en todos los retratos, estos boxeadores hablan: se transcriben diálogos, declaraciones, comentarios dichos al pasar o frases interrumpidas: y así la voz de estos nombres cobra cuerpo y se ahonda en la escritura de Toledo.
La biografía es, quizá, el género que mejor calza para el noble arte de molerse los huesos a puñetazos. El que más lo singulariza, pienso, el que más lo cifra. La forma más auténtica en que se relata el esfuerzo, la derrota y la gloria de los que eligen la pasión por boxear.

Julio 2026

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sábado, septiembre 20, 2025



Sobre Doble rostro: dieciocho cuentos (o más) y una novela corta (Lapicero Rojo, 2025)
Daniel Salinas Basave

Conocí los cuentos de Alejandro Toledo como se descubren ciertos paisajes al amanecer: con una mezcla de asombro, silencio y la extraña sensación de haber estado ahí antes, en otro tiempo, en otro idioma del alma.
Lo suyo no es simplemente narrar una historia, sino invocar una atmósfera. Toledo escribe desde un lugar donde la poesía y la prosa consuman un pacto furtivo, donde lo imposible se dice con naturalidad y lo cotidiano se vuelve misterio.
Este libro es una celebración del cuento como arte mayor, y de Alejandro Toledo como un narrador que sabe que lo real no agota lo posible, y que el lenguaje es un modo de respirar lo invisible. Una obra para quienes saben escuchar las grietas del lenguaje e intuyen que la realidad tiene otros bordes, y que a veces, sólo un cuento —o dieciocho— o acaso una prófuga novela corta, puede mostrarlos.
Hereda, sin imitar, la estirpe de grandes cuentistas mexicanos como Francisco Tario y Daniel Sada. Como Tario, Toledo trabaja lo fantástico desde la sombra, con una elegancia que nunca subraya el misterio. Como Sada, hace del ritmo un principio vital, sin miedo a desbordar el cauce normativo de la frase para explorar territorios donde el habla y el pensamiento se entrelazan.
En estos 18 cuentos y una novela corta, entramos en un territorio donde la imaginación se mueve con la soltura de la música y la precisión de la geometría onírica.

Agosto 2025

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domingo, enero 02, 2022



Aquel púgil
(Crónica inesperada de Sergio Guzmán)


Aquel púgil, el llamado Púgil Escritor, avanzaba a pasos lentos, pero seguros. Su mirada firme, fiera, fija en el objetivo (tres grandes efes en el cuadrilátero) era claramente un aguijón para su rival apenas sonó la campana en la Arena Nueva Realidad o Pancho Rosales, más popular hoy en el mundo de la Narvarte que el MGM de las Vegas o el Madison Square Garden de NY. Tan fiera, firme, fija en el objetivo era aquella mirada, que el respetable público ─recién salido de misa el domingo 19 de diciembre de 2021─ se dejó ir sin más al cielo prometido y voló a plenitud al campanazo de tres relampagueantes episodios de un épico combate de exhibición entre Alejandro Toledo y Marco Lucero. Ciertamente, la emoción del respetable alcanzó insospechadas alturas de vuelo (con la consabida bendición de Juan Salvador Gaviota) ante un espectáculo que ni Frazier ni Alí soñaron siquiera en su memorable trilogía. El Púgil Escritor de la mirada firme, fiera y fija, no debe atrasarse más el desvelo del personaje, era Alejandro Toledo, y el objetivo, Marco Lucero, entrenador de boxeo, también conocido como Pies Ligeros. El combate, pactado en megapeso (“bien, Alex, bien”, resonaba en ringside la voz de aliento de los muy suyos, familia y amigos que aprecian lo que vale desde la primera hasta la última lonja de ese rollizo cuerpo), y Marco Lucero (a pura vista casi el mismo tonelaje, pero con mayor estatura y carnes pegadas al hueso) se desarrolló a careta puesta, enormes orejas de coliflor, y con el creciente rugido de la multitud, que un mes antes agotó la boletería en las taquillas.
Alejandro Toledo forzó el combate. Fue, fue hacia adelante moviendo el carretón a vuelta de rueda, por instantes logró acorralar a su adversario, pero no encontró lo que buscaba, no se sabe si el nocaut o el banquillo para el minuto de descanso. Por su parte, Marco Lucero danzó y estableció distancias con su depurado jab, la espada del boxeo y, por supuesto, con sus pies de caminante sin tregua en el enlonado. Conectaba uno, respondía el otro, hubo hasta un tiempo fuera como en el futbol americano, pa’ jalar aire; en la esquina del Púgil Escritor los seconds le preguntaron si no había mareo, si no se sentía como una balsa al garete en río revuelto, él dijo que no, y la cruenta batalla prosiguió hasta el último aliento. Entonces los jueces determinaron empate, el empate más aplaudido de todos los tiempos, y ambos, tras las fotos de rigor con los brazos y puños apuntando a lo más alto, se retiraron a los vestidores entre el creciente oleaje de opinión de sus propias esquinas, relatores y autoridades de los organismos regidores de este deporte: el Púgil Escritor y Pies Ligeros son desde ya firmes candidatos al Salón de la Fama.
Fue tan feliz por su hazaña el Púgil Escritor que, se dice por lo alto y por lo bajo en la Narvarte, ese domingo terminó por saciar su hambre de triunfo con una abundante sopa de letras y, acto seguido, a mano limpia, se devoró completo un voluminoso libro hasta chuparse la última línea.

Diciembre 2021

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domingo, enero 04, 2015


Francisco Tario, genio marginal
Silvia Isabel Gámez

Lo que mata al fantasma es el olvido, decía Francisco Tario. Algo que no debe preocuparle allá donde habita, pues su ser literario goza de cabal salud.
A la publicación de Universo Francisco Tario, una biografía creada con materiales procedentes del archivo del escritor, seguirá en 2015 la edición por el FCE de sus Obras completas, ambos proyectos a cargo de Alejandro Toledo.
“Para leer a Tario, para convivir con su figura, hay que creer un poco en los fantasmas”, asegura el escritor y periodista, que ha llegado a sentir su espíritu rondar por su departamento.
Universo Francisco Tario (La Cabra Ediciones/Conaculta) reúne apuntes biográcos, análisis literario, fotografías y cartas. La correspondencia incluye tanto las cartas de amor que enviaba a su novia, Carmen Farell –con quien se casó en 1935 y tuvo dos hijos: Sergio y Julio–, como las que recibía de su hermano, el pintor Antonio Peláez.
Nacido en 1911 en la Ciudad de México, uno de los orígenes de su rareza, dice Toledo, es la tierra natal de su familia: Llanes, en Asturias. En ese lugar lluvioso, azotado por el Cantábrico y poblado por personajes de leyenda, se gestó su fascinación por el mundo de ultratumba.
“Nunca me contó por qué lo atraía. Pero a lo mejor algo le pasó”, señala su hijo menor, el artista Julio Farell. “Yo mismo, cuando vivía en Londres en 1970, bailé con un fantasma”.
Una mujer hermosa que nunca respondió a sus preguntas y que desapareció de la pista tan repentinamente como la encontró. Después supo que era aeromoza, y había muerto cuatro años antes.
Francisco Peláez adoptó la palabra purépecha Tario, que signica “lugar de ídolos”, para firmar sus obras. Con La noche (1943) se convierte en precursor del género fantástico en México. En estos cuentos dota de alma a objetos y animales, lo mismo a un ataúd que a una gallina.
De un humor corrosivo, La noche determinó su condición de marginal en una época marcada por el realismo literario.
“Se adelantó a muchos escritores”, dice Julio.
Su obra antecede, agrega Toledo, a la de Julio Cortázar y Juan José Arreola, y falta aún determinar su posible infuencia en los relatos fantásticos de Elena Garro y Octavio Paz –sus vecinos y amigos cuando vivía en la Condesa– y de Carlos Fuentes, quien, según Julio, llevaba sus primeros cuentos a Tario para que los revisara.
El padre del escritor, don José, heredó en vida a sus hijos tras vender la tienda de ultramarinos Casa Peláez, y Tario invirtió en Acapulco, donde era copropietario de los cines Rojo y Río.
Esa holgura económica le permitió crear una obra, al margen de las capillas literarias y el reconocimiento ocial, que abarca novela, aforismos y prosa poética en títulos como Aquí abajo, Equinoccio y Breve diario de un amor perdido, junto con otros dos libros de género fantástico: Tapioca Inn: mansión para fantasmas (1952) y Una violeta de más (1968).
Tario tecleaba en su Remington tanto sus originales como su correspondencia y fragmentos del acontecer diario. El escritor conoció a Carmen en 1930, cuando era portero del Club Asturias. Al “Elegante” Peláez, como lo llamaban, una lesión en los riñones lo alejó de las canchas. Pianista disciplinado, tenía talento para el dibujo y la fotografía, el tango y la actuación.
“En sus cartas (de juventud) aparece como un muchacho hipersensible, enfermizo, en conflicto con el padre”, precisa Toledo.
Ése es el primer Tario, enamorado de Carmen, a quien reclama al tiempo que idolatra. Para el periodista resulta un misterio cómo se transformó en el hombre fuerte, de cabeza rapada y anteojos oscuros, creador de personajes que oscilan entre la locura, el candor, el espanto, la fatalidad y lo puramente ridículo.
En la última etapa de su vida, tras la muerte de su esposa en 1967 por un derrame cerebral, Tario se convierte en una figura trágica. Escribe, en su casa de Madrid, de una manera privada, obsesiva.
“Estaba triste y se sentía enfermo, en cierta forma se abandonó. Ya no le interesaba publicar”, recuerda Julio. “Murió del corazón, pero yo siempre digo que en un doble sentido: el médico y el amoroso”.
Su corazón se rindió el 30 de diciembre de 1977. En su archivo, que su hijo conserva, hallaron las tres versiones que hizo de la novela Jardín secreto, obras de teatro, poemas a Carmen.
A diferencia de los años 80, cuando comenzó a estudiarlo, Tario es hoy un autor que suma ediciones, cada vez menos secreto, subraya Toledo.
“La consagración implica un reconocimiento oficial que Tario nunca buscó. Con el acercamiento de los lectores es suficiente; cuando lo descubren, se enamoran de su literatura y le son muy fieles”.

Diciembre 2014

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martes, septiembre 14, 2010



Entrevista en Milenio
Reúne Toledo literatura y crónica deportiva

Santiago Cordera

Venía del mundo de las letras cuando lo invitaron a ser cronista deportivo. Desde entonces, el escritor Alejandro Toledo (Ciudad de México, 1963) ha creado un mundo en el que confluyen periodismo cultural y deportivo. A sol y asombro (Conaculta, 2010) es un libro de entrevistas en el cual el lector puede descubrir parte de la vida del Nobel José Saramago y después leer la trayectoria del mítico cronista deportivo Fernando Marcos, filosofar con Fernando Savater y reflexionar con Jaime Sabines, y al mismo tiempo celebrar las genialidades de los futbolistas Pelé y Puskas.
“A sol y asombro es un libro producto del trabajo diario”, dice Alejandro Toledo en entrevista con MILENIO. “Empecé a hacer entrevistas con escritores a partir de mis lecturas. Leías las obras de Vicente Leñero y me surgían inquietudes, y lo buscaba para entrevistarlo; así lo he hecho con otros personajes. Llegué a la entrevista como lector y después me hice reportero. Luego me convertí en cronista deportivo. Fue entonces cuando comencé a alternar la crónica deportiva y las conversaciones con escritores”, añade.
El periodista asegura que no le fue difícil unir esos universos paralelos de lo cultural y lo deportivo. “Llega un momento en donde los libros se arman. Cuando te pones a revisar lo que has hecho en los últimos años, encuentras que hay un hilo conductor y que con esos materiales puede integrarse un libro. Aquí intenté la variante de sumar a las conversaciones con escritores los diálogos con personajes del deporte”.
Cada entrevista fue especial, asegura Toledo. “Cada encuentro tiene una historia diferente. La visita a Jaime Sabines fue previa a aquella lectura que dio en la Sala Nezahualcóyotl, su última gran aparición pública. Con Fernando Savater las conversaciones se dieron en circunstancias distintas, cada vez que venía a México por alguna razón me tocaba entrevistarlo, en viaje de ida y vuelta a Toluca o desayunando con los Tigres del Norte. En general casi todas las entrevistas que se publican en este libro son hechas en circunstancias particulares, fueron buscadas por mí, no en carruseles ni con el tiempo limitado, como suele hacerse ahora… Debe lamentarse que tanto el periodismo cultural como el deportivo se han ido burocratizando”.
Crítico con el diarismo actual, Toledo no considera que el periodismo cultural y deportivo estén peleados. “Por desgracia, tanto los periodistas deportivos como los culturales desconocen sus fuentes. No manejan bien el oficio, no tienen el dato exacto ni la historia que debe contarse. Muchos periodistas culturales no leen, todo lo saben por referencias, por lo que les dicen los promotores o las oficinas de relaciones públicas. Y el cronista deportivo descuida la escritura. El que se mete en serio a cualquiera de estos oficios termina por encontrar los espacios comunes y aprende a manejar el medio de un modo creativo. Lo que interesa a un periodista es contar historias, tiene que hacerse de instrumentos para hacerlo y el principal es la palabra”.
Como dice Humberto Musacchio en el prólogo de su libro, quizás la clave del gran manejo de la entrevista que tiene Alejandro Toledo y su capacidad para meterse en la cabeza del entrevistado se establece por la cultura del reportero, su sensibilidad social, su sentido para interrogar y su manejo del tempo de la conversación. “Buscaba a las personas para tratar de hablar largamente, que no hubiera prisa por concluir y que las sesiones se alargaran lo más posible hasta llegar a un punto en donde todo se ataba, la epifanía del diálogo”.
Asegura que disfruta tanto “una buena novela como un buen partido de futbol”. Desde un principio, cuando lo invitaron a practicar la crónica deportiva, se propuso asumir el oficio “como una experiencia literaria”.
De Saramago a Fernando Marcos, de Savater al ex árbitro del futbol mexicano Bonifacio Núñez, de Vicente Leñero al torero Silverio Pérez, de Jaime Sabines a la conquista del Aconcagua en la cordillera de los Andes, A sol y asombro es un libro que recopila las reflexiones de una serie de personajes entrañables que a pesar de tener aparentemente poco en común, comparten una trayectoria profesional digna de ser contada a tantos rounds y con límite de tiempo.

Septiembre 2010

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miércoles, septiembre 08, 2010



Mejor matar al caballo
(Texto de la contraportada)

Mejor matar al caballo, primera novela de Alejandro Toledo, confronta a dos individuos a través de un medio inusual en nuestra narrativa, el chat. Dos personajes, un hombre y una mujer “maduros”, se encuentran al azar y empiezan una conversación que les sirve a ambos para ventilar, cada quien a su manera, sus pasiones frente a sendas pantallas de una computadora. Un ejercicio de liberación verbal que funciona como un juego de espejos, en primer lugar, y en segundo lugar como un desdoblamiento de la personalidad. En esta novela, el crítico y estudioso de la literatura Alejandro Toledo se descubre como un narrador análogo a sus personajes: el término culto o la expresión correcta le ceden su sitio a la coloquialidad de dos sujetos que no conocen de buenas maneras ante la computadora. En este libro, Toledo se revela como un narrador de quien habrán de esperarse nuevos y variados frutos en este género de la experimentación narrativa y del lenguaje con el que nuestra literatura hace, contra el aparato de la tradición, un nuevo desplante.

Septiembre 2010

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jueves, julio 29, 2010




El cazador y la presa
(Prólogo al libro A sol y asombro, de Alejandro Toledo)

Humberto Musacchio


Antes era el reportaje el género rey. Hoy, en cambio, la entrevista se ha apoderado de los espacios periodísticos, no porque ofrezca la visión panorámica que se busca en el reportaje, sino porque es una manera facilona de cumplir las órdenes diarias, un recurso sobado pero eficaz para dar al jefe de información lo que pide, una fórmula generosa para trabajar poco y que, por añadidura, se ha convertido en una rutina barata para las empresas editoras, pues a diferencia del otro género no requiere de más reporteros, generalmente tampoco de fotógrafo --para eso está el archivo--, no hay desplazamientos onerosos ni han de pagarse viáticos por una labor que se consuma en la misma ciudad donde se halla el medio de comunicación al que se sirve.
Sí, la entrevista es el género más frecuentado por la práctica diaria y generalmente tiene resultados pobres. Pero hay de entrevistas a entrevistas. Algunas, por sus alcances, se han convertido en referencia insoslayable. Entre ellas están la concedida por Pancho Villa a Regino Hernández Llergo, la de José Pagés Llergo realizada con unas cuantas palabras de Hitler, las de Emmanuel Carballo a escritores, varias de Elena Poniatowska, las memorables voladas de José Natividad Rosales, como aquella con el Papa que hasta le dedicó una foto, todo, por supuesto, producto de la fantasía del gran Nati. La de Vicente Leñero con Carlos Salinas marca un giro en el intercambio periodístico con los hombres del poder. Mención aparte, por innovadora en su forma y contenido, merece la entrevista de Jesús Luis Benítez, El Booker, con la Encuerada de Avándaro.
Hay, por supuesto, diversos tipos de entrevista. La de chacaleo o de banqueta es aquella en que al personaje se le hacen preguntas al paso, rápidas y muy concretas, pues no hay tiempo para cortesías ni complacencias. Menos apresurada es la rueda de prensa, entrevista colectiva que se concede en un lugar adecuado, pero en la cual el reportero apenas si puede hacer una pregunta que ha de ser meditada, pues se tuvo tiempo para prepararla. La interrogación debe ser precisa, un disparo al blanco que se busca para evitar que el entrevistado se escape con circunloquios. De más está decir que es una competencia feroz, pues si bien no toda la jauría reporteril está ansiosa de dejarse escuchar o, mejor dicho, los machos y hembras alfa se yerguen para lanzar sus proyectiles contra el entrevistado mientras la mayoría prefiere limitarse a grabar o tomar nota para que sean otros, los mejor dotados, quienes se tomen la molestia de pensar las preguntas, su contexto, su formulación, su sentido último…
Pero la entrevista digna de ese nombre es aquella en la que, cara a cara, el reportero atrapa al interlocutor y lo seduce y conduce con sus preguntas, ya sea porque le permite el lucimiento, porque le remueve el fondo de la memoria o porque lo lleva a descubrir y a descubrirse, a advertir lo que había estado ahí, como testigo mudo, o lo que nos permite desdoblarnos y entender que el entrevistado es en buena medida lo que quiere su entrevistador, que si es bueno tiene que ser una especie de guía que lleve al interlocutor a meterse en territorios ignorados de su geografía personal.
Y también está el lector, aquel ente imaginario para el que se escribe y al que deseamos sorprender, como decían los viejos de la tribu, con “sensacionales revelaciones”, hechos nuevos de viejas historias o cosas sabidas que dichas de otra manera cobran un valor distinto. En esta vertiente cobra especial valor la habilidad del reportero para trazar una adecuada semblanza, pues en el periodismo importa el qué, pero también el quién. Si el declarante tiene relevancia, los hechos contados pueden ser trascendentes.
Escribimos para ser leídos. Sin esa pretensión íntima el periodismo y toda expresión literaria carecen de convicción y de dirección. El periodista es un Cupido que lanza sus flechas para despertar en el desconocido lector el amor por sus textos. Por eso acosamos al entrevistado, lo rodeamos como fieras en espera del mejor momento para lanzar el ataque. En ocasiones la pregunta central abre el diálogo y a partir de él se desgrana la conversación con fluidez. A veces el entrevistador comienza por hacer preguntas aparentemente inocuas, complacientes incluso, en espera de la oportunidad de tirarse a fondo. Es en el intercambio donde se presenta el momento de lanzar la estocada, de ir hasta la entraña de los recuerdos para sacar de ahí lo más doloroso o más revelador, lo vital… A la manera de un buen sicólogo, el entrevistador acecha a su entrevistado y da el zarpazo cuando aparece la palabra clave, la que corre el cerrojo y abre las puertas de la zona más reprimida de la memoria. El buen entrevistador mira al otro a la cara, porque en ocasiones un pequeño gesto, un guiño insignificante, un brillo apenas perceptible de los ojos nos avisa que tocamos donde duele. Y como el boxeador de raza, una vez que hemos olido la sangre lanzamos el ataque final, el más completo, una, dos, tres preguntas contundentes que llegan a donde queremos.
Ocurre con frecuencia en la entrevista de fondo, cuando después de un buen rato de charla, de intercambio cortés y hasta previsible en el que todo aparece como incompleto, grisáceo, semioculto, a partir de una frase, de una palabra, de un movimiento de hombros, el buen entrevistador se sabe ante la revelación y lo que estaba fuera de foco, adquiere contornos nítidos, precisos.
Es condición profesional que todo periodista puede y debe hacer entrevistas, pero hay diferencia entre recoger palabras para alimentar el morbo colectivo y sacar de la paja algo nuevo, trascendente. Media una enorme distancia entre reproducir frases y meterse en la cabeza del entrevistado, entre hacerla de su repetidor y robarle el alma. La distinción se establece por la cultura del reportero, su sensibilidad social, su talento para interrogar, su sentido del tempo que le indica el cuándo y el cómo, su aptitud para formular la pregunta clave, la que nos permite redondear la faena y ha de espetarse en el momento preciso, ni antes ni después.
En ocasiones el reportero actúa con aparente inocencia, hace preguntas superficiales, de rutina, en espera de que en la cascada de frases caiga la piedra que derribe la puerta, la palabra-llave que abre la cerradura de vidas que tienen una fachada pero son muy otras en su interior. Esas palabras mágicas llegan en medio de las respuestas de rutina, especialmente si el reportero ha sabido ganarse la confianza del interlocutor y éste abandona la actitud defensiva. Es como el momento clave del proceso sicoanalítico, ése donde el paciente se abandona en manos del terapeuta y le confía secretos que el propio analizado ignoraba. El sicoanalista-reportero debe saber cuándo se presenta ese momento y lanzar entonces interrogaciones oportunas que produzcan un viraje en el diálogo para llevarlo a lo sorprendente, lo inusitado. En la práctica periodística, es entonces cuando llega la hora decisiva y el reportero ha de acompañar en su vuelo al entrevistado o meterse con él a bucear en el lodo.
En el gremio suele repetirse que el periodista no es especialista en cosa alguna que no sea el propio periodismo. La razón es obvia: las órdenes de trabajo disponen a veces entrevistar a un estadista, al día siguiente a un físico y luego a un crítico de arte. Debemos dominar aquello que se le pregunta a todos, pero también saber por qué una persona común se convierte en materia noticiosa, pues ahí se hallan las razones de la labor informativa de ese día o ese momento. Una vez frente al entrevistado, nada de lo que sepamos sobre él resulta superfluo: si es un escritor conviene haberlo leído o por lo menos conocer lo principal de su obra; si se trata de un personaje público, importa saber de su actividad y de él mismo. Quien asiste a una entrevista sin haberse documentado mínimamente va a la guerra desarmado. Quizá la gane, pero lo más probable es que la pierda.
Realizado el intercambio verbal, en el periodismo impreso es determinante la parte final: extraer lo importante, reordenarlo y escribirlo de tal manera que llevemos al lector de la mano hasta hacerlo descubrir lo que juzgamos más relevante, lo que da sentido a lo dicho y resalta la importancia de los aspectos clave. Ahí, los periodistas dotados de algún talento literario llevan ventaja sobre los demás, pues son capaces de quitarle las asperezas y repeticiones a la prosa verbal, acomodarla dentro de una sintaxis aceptable, desnudar la ruindad o la ignorancia del entrevistado y, si conviene a los fines periodísticos, dotarla incluso de un brillo que el entrevistado siempre agradece. No se trata de sustituir al entrevistado ni de inventarle declaraciones, sino de servir al lector de la mejor manera.
Y es precisamente el servicio al lector lo que está presente en las páginas que siguen, en las que Alejandro Toledo, hombre de letras metido por azar al periodismo, entrevista a escritores, futbolistas y toreros. La selección es hija de la diaria labor, pero igualmente, de haber estado en espectáculos, en economía o en política, el autor habría buscado el diálogo con las figuras de la farándula, de las finanzas y del poder, pues ya se sabe que el periodismo nos hace recorrer senderos que creíamos ajenos.
En este libro el lector hallará a un periodista de apariencia inocente, a un entrevistador que de las preguntas de rutina pasa en cualquier momento a interrogantes que envuelven una poderosa carga explosiva. Con mansedumbre falaz, Alejandro Toledo se acerca a sus entrevistados y gana su confianza, en ocasiones haciéndoles crecer el ego, y ya instalados en la superioridad, de manera espontánea abren las compuertas de una sinceridad confiada que deja caer las historias en cascada.
Es difícil saber dónde termina la formación académica o libresca de Toledo y dónde es el instinto el que guía sus interrogatorios. Seguramente la ciencia y la espontaneidad se cruzan varias veces a lo largo de una entrevista en la que el reportero se vale de técnicas probadas tanto como de sus capacidades de improvisación. Como buen gambusino, se muestra paciente mientras remueve la tierra, pero es implacable cuando adivina que está a punto de hallar algo valioso. Y cuando ha llenado la talega de pepitas doradas, entonces deja al entrevistado y se aleja para evaluar cada fragmento y dar a cada uno el lugar que le corresponde. Eso lo hace con su talento de escritor, con su aptitud para poner en palabras lo que escuchó y aun lo que adivinó, pues el buen reportero –y sólo el bueno—sabe completar la idea expuesta a medias, acomodar el dato aislado e integrar la historia de tal manera que prenda al lector y lo lleve de la mano hasta el final.
Alejandro Toledo conoce y acata las exigencias de veracidad del periodismo, pero al poseer los secretos de la alquimia literaria trasmuta la materia vil en metal precioso y combina las palabras de manera que no traiciona al declarante, pero le da una claridad y precisión de la que carece.
Pero dejemos aquí estas líneas. A un escritor se le juzga por sus textos. Los de Alejandro Toledo son muy buenos, y el lector de este libro podrá comprobarlo.

Julio 2010

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