martes, marzo 23, 2021


Octavio Paz y Carlos Fuentes: una amistad documentada

Si nos asomamos a este libro como quien mira el fondo de una enorme taza de café recién terminada, de la observación de los posos de esa lectura extensa, poco menos de 600 páginas, obtenemos, entre muchas, algunas imágenes memorables: el joven Carlos Fuentes como partícipe de una sociedad secreta llamada “basfumismo”; este mismo novel narrador regañado por su tutor Alfonso Reyes al calificar a La región más transparente, primera novela de su discípulo, no como un libro transparente sino “turbio y feo”; un Octavio Paz petulante que reconoce en público deudas no declaradas o apropiaciones (de Rubén Salazar Mallén y Samuel Ramos) en El laberinto de la soledad bajo el argumento de que “el león se alimenta del cordero”; el poeta deambulando por París entre el matrimonio de los Mandiargues, como si se rigieran los protagonistas, en un novelesco ménage à trois, por las leyes de la hospitalidad de las novelas eróticas de Pierre Klossowski, tercia que se rompe por la aparición inesperada de un cuarto en discordia, el pintor Francisco Toledo…
El “golpe de calor”, según entiendo, ocurre cuando se pasa de una temperatura corporal regular a más de cuarenta grados centígrados, como cuando se sale de una habitación climatizada a un exterior veraniego en el norte del país. Lo que provoca Estrella de dos puntas/Octavio Paz y Carlos Fuentes: crónica de una amistad (2020), el libro de Malva Flores, es algo similar, que podría llamarse “golpe de pasado”: de un presente erróneo y problemático, como el que vivimos, en donde efectivamente cada uno es una isla, porque aislados estamos por la pandemia, nos confronta un relato que resume avatares ocurridos en la segunda mitad del siglo XX y disputas o querellas que no está claro si han sido ya resueltas, como aquellas polémicas del echeverriato o el salinismo en torno a la relación de los intelectuales con el poder.
Así, encarcelados por la emergencia sanitaria, en los muros de nuestra celda desfila una memoria crítica de un pasado quizá no tan lejano, pues de algunos de sus episodios hemos sido testigos. La autora no acude a su memoria, claro. Parte de lo relatado sucedió cuando aún no nacía o era muy pequeña. Ella vino al mundo en 1961. Se sirve de un impresionante aparato de investigación que incluye tanto la revisión hemerográfica como bibliográfica y consultas a fondos privados (en el país y el extranjero) de correspondencia entre los implicados y sus conocidos. Lo que une a esta vasta recopilación es el hilo de Ariadna de los encuentros y desencuentros entre Paz y Fuentes, transformando la obra no en una relación cronológica que anda a la caza de chismes sino, sobre todo, en una historia intelectual con un tinte final dramático. ¿Cómo es que estos “compañeros de viaje” terminaron sus días en el mundo casi sin dirigirse la palabra, pues se habla de algunos últimos encuentros cordiales en la antesala de un consultorio médico? Se trata de una hermandad quebrada y del largo historial de sus afinidades (numerosas) y sus desavenencias (pocas aunque cruciales).
La gran ruptura, que es para Malva Flores en realidad sólo la gota que derramó el vaso, fue la publicación de un ensayo crítico en la revista Vuelta, escrito por Enrique Krauze, quien se propuso desenmascarar a Fuentes, y generó un carnaval o circo de varias pistas, no sólo con dos amigos enfrentados sino cada uno de ellos con una revista de apoyo (Vuelta contra Nexos), foros alternos como el Encuentro “La experiencia de la libertad” (o Encuentro Vuelta) y el Coloquio de Invierno, e incluso con instituciones que los respaldaban (Televisa, para el primero; Conaculta y la UNAM, para el segundo). Dicho sea en términos pugilísticos, fue todo un match. Se habló aun de un duelo, en términos literarios, de lucha libre o nuevamente boxeo, de rudos contra técnicos o pesados contra ligeros.

Vidas paralelas… y para leerlas

La historia de los dos amigos contiene eso y más. La portada, no sé si políticamente correcta, coloca a Paz a la izquierda y a Fuentes a la derecha. La imagen imposible de una estrella de dos puntas deja sueltos el arriba y el abajo, que es acaso el espacio a cubrir o descubrir. La autora ha de buscar afanosamente un punto en el que logre mirar de modo simultáneo a los dos lados, en vidas paralelas, por lo que se acude sin remedio a Plutarco, biógrafo de Alejandro y César, “por la muchedumbre de hazañas de uno y otro”, quien acaso proporciona con un epígrafe el lente adecuado para alistarse a la observación: “Porque no escribimos historias, sino vidas, ni es en las acciones más ruidosas en las que se manifiestan la virtud o el vicio, sino que muchas veces, un hecho de un momento, un dicho agudo y una niñería sirven más para declarar un carácter que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades”.
Vidas paralelas… y para leerlas, en el juego obvio de palabras. Paz tendrá dos encarnaciones en la obra narrativa de Fuentes, una como el Manuel Zamacona de La región más transparente y otra como el Maximino Sol de Adán en Edén, poeta este último, resume Malva, “que distribuía premios y sancionaba a todos los escritores del país, privilegiando siempre a sus colegas del verso por encima de los narradores”.
Al libro se le llama “crónica” porque quien lo rige es el dios Cronos. Es el tiempo, sea el tiempo nublado de Paz o el tiempo mexicano de Fuentes, el que gobierna. No se trata de un estudio o un ensayo, sino de una historiografía. Es decir, lo que ata el relato son las vidas paralelas o los relatos cruzados. El espejeo constante en uno y otro destino, aunque sus oficios principales fueran en cierto sentido contrapuestos: uno el poeta, y el otro el narrador. Ambos, en el reloj de la historia, diplomáticos hasta llegar a la cima de esa pirámide burocrática, como lo es el ser embajadores. Y renunciantes, los dos, en momentos clave de la historia patria: la matanza de Tlatelolco, en un caso; y la designación de Gustavo Díaz Ordaz, perpetrador de esa masacre, como embajador de México en España, en el otro.
Ambos, además, con una vida muy activa en terrenos fuera de lo literario, constituyéndose en eso que suele llamarse “intelectual”: el ropaje más público de un oficio íntimo y en algunos casos casi secreto. Acá, la obra y la acción van de la mano. Podrían escribirse varias historias con este par de ases; en una se omitirían sus acciones cotidianas y el narrador se centraría en el diálogo de las obras. ¿Cuál es el peso final de sus escrituras? ¿Son equiparables sus logros literarios? En la otra, los libros pasarían a segundo término y se hablaría sólo de sus actuaciones en la vida pública. Quizá, de nuevo, el equilibrio está en lograr un punto de mira en el que estos ámbitos tengan su peso. Es un ejercicio de acrobacia: observar a uno y al otro; observarlos a ambos. Asomarse a sus libros. E intentar que la mirada sea objetiva o neutra.
Tal fue el reto. Y tales fueron, me parece, las reglas que la misma Malva Flores se impuso. Ni con dios ni con el diablo. O con ambos. Es una suerte de arbitraje que da valor al libro y a la vez lo limita. No es una “defensa” de Paz o Fuentes. Se expone a ambos, en sus glorias y sus miserias, y se da contexto social a esos momentos con la reacción de aquellos que los circundaban, amigos o discípulos. Es un dúo que se transforma en coro. Fuentes y Paz confrontados entre ellos y juzgados por su entorno, en un vaivén que llega a producir vértigo. Esas son las reglas que la autora fijó para su empresa. Ir de uno al otro, seguirles la pista desde el primer encuentro, cuando eran jóvenes y lúcidos (no ilusos), y verlos discurrir.
La base es, pues, el diálogo. Y todo en el libro se vuelve dialógico… Hasta que el diálogo se cancela y quedan sólo los silencios de los protagonistas, por ocasión de la ruptura, y las interpretaciones. Y un ruego trágico, no aceptado, de acudir a la cama del amigo moribundo.
Lo que da consistencia al libro, me parece, es el rigor, la búsqueda no a ciegas sino documentada. También el afán de mirar hacia las dos puntas y no “preferir” una a la otra. El intento de ser el justo observador de este espejo doble.

¿Una primera traición?

De un ejercicio así de vasto uno como lector obtiene lo que quiere. Puede ganar el pasmo de encontrarse de pronto con medio siglo o más de querellas intelectuales, con sus pequeñas y grandes miserias, o el recurso de estacionarse en dos o tres episodios que nos resulten significativos.
Está, por ejemplo, la identificación del poeta de La región más transparente, Manuel Zamacona, con Octavio Paz, y el posible uso de las ideas de Paz en el Laberinto de la soledad como sustento de la novela… cuestiones sobre las que Paz no se pronunció, en un silencio que Malva Flores interpreta como molestia e incluso una primera traición. Dice: “La celebridad de Fuentes a raíz de la publicación de La región más transparente no fue el motivo de su primer distanciamiento sino, más bien, aquello que Paz vio como una apropiación de sus ideas y hasta de sus palabras”. ¿Dónde vio Paz esto? No veo la cita que sustente este resquemor.
En cambio, Alfonso Reyes fue muy directo al expresar a Fuentes su molestia, cuando le escribe: “Ahora bien: no voy a negarte que si yo hubiera conocido el carácter de tu novela cuando me pediste permiso de bautizarla con mis palabras, hubiera dudado en concedértelo, pues siempre hay lectores y críticos malévolos que pueden atribuirte el deseo de lanzarme un sarcasmo; y, sobre todo, yo hubiera preferido que no empeñaras mi frase, aplicándola a un objeto tan turbio. ‘Turbio’, no es censura: tú has querido conscientemente hacer un libro turbio y feo, ¿verdad?”
Malva Flores da, además, un valor excesivo a una crítica de Elena Garro en la que ésta afirma que Fuentes toma el estilo del Adán Buenosyares, de Leopoldo Marechal, y lo impone, como en calca, a la sociedad mexicana… cuando es sabido que el modelo de la novela-mural, que Agustín Yáñez y Fuentes aplicaron a la realidad nuestra, en Al filo del agua y La región más transparente, viene directamente del Manhattan Transfer de John dos Passos, a quien se le ocurre realizar novelas con esa técnica al observar, en una visita a México, a Diego Rivera cuando pintaba uno de sus murales en el edificio de la Secretaría de Educación Pública. Además, Fuentes es claro al decir a Carballo que no había leído Adán Buenosayres antes de escribir su primera novela, y que se enteró de esas afinidades justamente al leer el texto crítico de Elena Garro.
Quizá se le da peso a esa sospecha (utilizando incluso un fragmento de la novela argentina como epígrafe del capítulo respectivo) para equilibrar el libro por las denuncias, mejor fundamentadas, de quienes encontraron en el Laberinto de la soledad el robo o préstamo de algunas ideas centrales (en lo que ya se mencionó más arriba), cuestión en la que Paz, al asumirse como el lobo que se alimenta del cordero, pareció dar la razón a sus críticos.
Los silencios, pues, también son interpretados. A Fuentes se le acusa de no haber reaccionado, décadas más tarde, a la quema de una efigie de Paz en el Paseo de la Reforma. El que calla, otorga, se dirá. Lo que también da pie a una lectura entre líneas.
Quizá en el fondo de esta investigación hay una novela o una película oculta, y ésta sería la historia simple de esa amistad, o enemistad, como quiera llamársele. Malva Flores prefiere detenerse en las polémicas y sus oposiciones, que es lo que al fin puede documentarse y donde ella se encuentra más a sus anchas, como ya lo hizo en El ocaso de los poetas intelectuales y la “generación del desencanto” (2010) o en Viaje de Vuelta: estampas de una revista (2011).
Si se tratara del cuento de los dos amigos éste iniciaría en 1950 con el joven Fuentes presentándose en la Embajada de México en París con el Laberinto de la soledad bajo el brazo, para conocer al segundo secretario de esa instancia diplomática y autor de ese ensayo deslumbrante. Los seguiría en sus diálogos frescos, la declaración de sus afinidades, la conformación de su fraternidad, los entusiasmos de uno y la reserva del otro por la revolución cubana, el afecto de los apoyos cuando la crisis del 68, los afanes de Paz por hacer una revista con Fuentes y la posible deslealtad de éste al comprometer a nuevos participantes en la empresa… Pero la historia es extensa y lo arduo, incluso en la práctica de resumirla, está en fijar esos instantes y darles el contexto adecuado, sin caer en interpretaciones fáciles o esquematismos. Cifrar cada época y cada paso.

La amistad es como las plantas

Otros emparejamientos: Fuentes seducido por el poder con Echeverría, quien lo nombró embajador; y Paz creyente de las promesas modernizadoras de Salinas de Gortari. Cada punto merecería la exposición de un largo contexto, y en eso es exhaustivo el libro de Malva Flores. A veces la relatoría de las querellas se extiende demasiado, dándoles un peso excesivo a voces secundarias, y entonces los personajes centrales se diluyen.
Hay una carta que en la historia íntima de esa amistad es significativa; en ella Paz agradece a Fuentes sus felicitaciones por habérsele otorgado el Premio Cervantes. Es una misiva “al filo del agua”, pues vendrían luego los desencuentros. Dice Paz: “Hace mucho tiempo que tú y yo no hablamos de verdad y llegué a temer que nuestra amistad se hubiese secado un poco. La amistad es como las plantas: hay que regarla a diario. A veces, también, hay que podarla: demasiado frondosa deja de dar flores y frutos. Y mucho sol —un acuerdo total— la marchita. Las diferencias —si se dicen— son un agua milagrosa. Por fortuna, tú y yo no coincidimos en muchas cosas, aunque sí, creo, en lo esencial”.
Y cierra: “En fin, la amistad no consiste en tratar de tapar las nubes sino en lograr, por la conversación, que revienten en lluvia y así nos fecunden. ¿No crees?”
La amistad al fin se nubló o todo alrededor de ellos se inundó, en un largo naufragio. Y el punto de quiebre fue menos, quizá, la publicación en Vuelta de ese ensayo de Krauze, como el hecho de que Paz no hubiera pensado en advertir a Fuentes de que lo publicaría, como sucedió, en algún momento parecido, en Plural, para que éste tuviera el antecedente y pudiera tomar la decisión de reaccionar o no a la crítica que se avecinaba.
Adolfo Castañón le refirió a Malva Flores una conversación que tuvo con el poeta en la que le preguntó si no hubiera sido más amistoso y cortés enviar a Fuentes el ensayo de Krauze antes de publicarlo. Paz nada respondió; guardó silencio.
Como disculpándolo, construye Malva este encadenamiento, que marca una suerte de credo en el Paz editor: para el poeta, dice, “la crítica debe realizarse a pesar de la amistad; no se debe confundir la crítica contra una persona con la crítica a las ideas de una persona y, sobre todo, el director de una revista no puede censurar la crítica”.
Fuentes, como un caso contrario, contó que cuando era director de la Revista Mexicana de Literatura llegó a sus manos un ataque salvaje contra Octavio Paz y se negó a publicarlo.
—Entonces usted no cree en la libertad de crítica y de expresión —le dijo el autor.
—En lo que creo es en la amistad —contestó—. Y aquí no se publican ataques contra mis amigos.
Acaso dos posturas opuestas en cuanto a las responsabilidades de un editor y los compromisos de la amistad. La forma de esta compleja Estrella de dos puntas, ya lo he dicho, es dialógica, espejeante, confrontativa. Hay idas y venidas; vueltas y revueltas. También queda expuesta la forma de actuar de la sociedad artística, o intelectual, mexicana, en su lucidez y en sus excesos.
De eso se trata: de una conversación extensa entre dos amigos, por varias décadas, y de la ruptura, que significó el fin de esa charla. Un silencio coronado por la muerte.
El acierto de Malva Flores, me parece, está en el hecho de haber logrado que esa configuración imposible de una estrella de sólo dos puntas se complete.

Marzo 2021

Etiquetas: , , , , , ,

domingo, abril 28, 2013


Medio siglo de Rayuela: entre el gozo y el cansancio

Una dama juguetona a la que le gusta ir de allá para acá, dando saltos, cumple medio siglo de vida. Hay quien aún enfrenta su propuesta lúdica de forma gozosa (como una fuente de renovación constante de la narrativa en lengua española) y quien no gusta ya de tantas idas y venidas, y descubre en el rostro de Rayuela, la novela que el argentino Julio Cortázar (1914-1984) publicó en junio de 1963 en la Editorial Sudamericana, graves señales de cansancio.
Hace unos años, a lo largo de 2006, en las páginas de El Universal se suscitó una polémica doméstica en la que un grupo de escritoras (Ana Clavel, Rosa Beltrán y Cristina Rivera Garza, entre otras) acusaban algunas inconsistencias en esa novela de Cortázar; les inquietaba el papel pasivo de los personajes femeninos. La defensa de Rayuela estuvo integrada sobre todo por escritores varones: Rafael Pérez Gay y Daniel González Dueñas, entre otros.
Consultados algunos de los implicados respecto a ese curioso intercambio de ideas, hay quien prefiere tirar el cartoncito, o la corcholata, y pasar a otra casilla; y quienes, como Cristina Rivera Garza y Rosa Beltrán, se mantienen en lo dicho.
Esta última, por ejemplo, vuelve a sus reflexiones de entonces, cuando escribió: “Ver en la Maga un ‘ideal estereotipado de lo femenino’ no dice que su autor sea un mal escritor. Ni siquiera es un pronunciamiento en demérito de la obra. […] Pero hacer esta observación abre espacios para pensar en una lectura nueva. […] Frente al deslumbramiento incesante de sus cuentos que no pierden un ápice de vigencia, no sólo la Maga, muda y expectante, nueva Penélope que deja morir a Rocamadour, levanta sospechas. Es su libertad perdida, la falta de frescura, que está no en lo que deja de hacer o de decir sino en la técnica narrativa con que su autor antes nos deslumbraba al mostrar un mundo que parecía ilimitado y que hoy nos parece algo estrecho”.

Su lado más conservador

Coincidió con ella Rivera Garza, y lo hace ahora, retrospectivamente, al decir: “Ahí es donde está la Maga en su mundo separatista y donde los hombres discurren sin parar sobre ideas sobadas con ánimos de semental. Ahí están las observaciones snob, marcadas por larguísimas citas textuales de libros que se quieren de culto pero que con los años se han convertido en manual. Ahí es donde se vuelve necesario aniquilar el cuerpo de la Maga mientras se le hace el amor. Se trata, sin duda, del lado más conservador de Rayuela, la sección donde las definiciones hegemónicas de género y clase brotan como si fueran cosa natural. Este es el modo de Rayuela por donde se nota más el paso del tiempo. Aquí es donde cae pétalo a pétalo, marchita”.
Ana Clavel, en cambio, parece haberse reencontrado con Cortázar: “Independientemente de la novedad estructural, aquel famoso tablero de navegación con instrucciones para que la lectura fuera más azarosa, creo que Rayuela es una novela entrañable. Con personajes memorables, con episodios de antología. No, definitivamente no creo que haya envejecido. Ahora que si le añades la propuesta lúdica de Cortázar, tampoco creo que se haya vuelto anacrónica. Por el contrario, si uno observa nuestra manera de leer en el ciberespacio, saltando de una virtualidad a otra, Rayuela fue pionera de la literatura en la era de Internet”.
Y se acerca así al bando de Rafael Pérez Gay, para el que aquella polémica casera es sólo una cuestión anecdótica, y quien opta por referir su historia con la novela: “Leí Rayuela al menos tres veces en los años setenta con esa obsesiva devoción que sólo tienen los adolescentes. Recuerdo que en esas páginas sentí por primera vez, con toda seriedad, que la literatura podía conectarse directamente a la vida de todos los días y que a través de la lectura podría lograrse el módico prodigio de volvernos más aptos para la vida misma. He reencontrado muchos de los párrafos subrayados que memoricé en la parte más alta de varias noches de asombro en aquel año, cuando el joven que fui descubrió en Rayuela una de las aventuras mayores de la libertad que, a fin de cuentas, es la sede de la intimidad”.

Tan lejos y tan cerca

El juego crítico también da saltos inesperados. Al pedir una toma de partido, unos celebran los cincuenta años de la novela y otros confiesan su distanciamiento de ella.
Para el ensayista argentino Saúl Sosnowski los buenos textos no son fechados, se renuevan con cada lectura. Dice: “Rayuela marcó a nuestra generación y varios motivos que allí se dan nos siguen recorriendo, desde la búsqueda de la Maga hasta el exilio o el tenue balance entre la razón y la locura”.
Recuerda Javier García Galiano que en la preparatoria se distinguían dos tipos de lectores: los de Cortazar y los de Borges. Él se ubicó siempre entre estos últimos. “Sin embargo”, comenta con ironía, “se trata de un libro muy emblemático de esos tiempos colegiales. Ignoro si los preparatorianos de ahora lo lean”.
Ana María Shua, narradora argentina, propone que la novela misma de Cortázar de algún modo previó estas lecturas contrastadas. Dice: “Tal vez no resista hoy una lectura desapasionada pero vive a través de su peso en toda la literatura latinoamericana: por reverencia o abominación, sigue siguiendo un texto sagrado. Para los adolescentes de los 60, como para muchos otros adolescentes de ahí en adelante y aún hoy, Rayuela es una especie de Biblia que propone un manual de conducta, una suerte de Imitación de Julio Cortázar, como profeta de su propia religión. Más de quinientas mil entradas en el google relacionan Rayuela con la Biblia. Jugando a desacralizar la cultura, Cortázar la endiosó hasta alturas a las que nadie antes había llegado”.
Ante la pregunta sobre la vigencia de Rayuela, dice el crítico peruano Julio Ortega: “Las novelas se leen de modos distintos en diferentes épocas. Hay que recordar, sin embargo, que el gusto no es una forma de la verdad sino una imagen en el espejo. Hoy se entiende el gusto no como la definición de una obra sino como nuestra auto-definición. Por eso se afirma que el gusto es fugaz, y un testimonio de nuestra propia fugacidad. Por ello, si nosotros creemos que Rayuela es una novela que se lee mal hoy, ya podemos sospechar lo que pasará con las nuestras”.
Para ubicarla en el tiempo, retoma aquello que decía Pedro Salinas: que la española era una literatura de la cintura para arriba, y asegura: “Rayuela fue de las primeras en romper el tabú de la sexualidad. Nuestras novelas, incluso las mejores, despachan pronto y mal el acto sexual. Otro tanto ocurre con el humor. El de Rayuela es una corriente de ironía y simpatía. Eros y humor se alimentan mutuamente. Como todas las grandes obras, Rayuela nos deja la emoción de lo genuino, esa nostalgia”.
El español Julián Ríos empezó a jugar a la Rayuela desde su salida y al cabo de medio siglo le parece que conserva su frescura original. “Abrir Rayuela es una incitación al viaje libre, donde el lector es elector de su itinerario, verdadero salteador de caminos, que puede renovar los saltos y asaltos por sus cuadriláteros de papel sin agotar el juego de la literatura aleatoria y de la relectura.”
Reconoce, no obstante, al bando de los recortazarianos, “empeñados en recortar y cortar a Cortázar”, para los que, por ejemplo, los cuentos están muy bien o en último caso pueden pasar, pero no hay que pasarse de la raya o de la Rayuela, que es excesiva. “Cómo no va a ser excesiva una obra que desde el comienzo avisa que ‘este libro es muchos libros’… Cortázar es un modelo para armar y no es posible eliminar una parte de su obra sin mutilarla.”

Voluntad por el asombro

La ensayista Malva Flores testimonia así sus afectos con Rayuela: “No creo en la caducidad de las obras de arte. No leeríamos nada que no fuera el ‘hoy’. Creo en la pervivencia de lo que íntimamente nos reúne a todos alrededor de experiencias que van más allá de las fechas, de los experimentos, incluso del vocabulario o los compromisos políticos. Recordamos, retenemos, aquello que nos compete y que es una forma de la poesía. Rayuela aún mantiene esa forma para mí”.
Y Juan Villoro resume, al fin, estos avatares de una novela ya casi cincuentona: “Como tantos, leí Rayuela no sólo como una novela sino como un libro de autoayuda, tratando de parecerme a los personajes. Cortázar aborda temas eternos como el amor, el exilio, la muerte de un niño, pero también depende de referencias culturales y gestos formales como leer a saltos o poder prescindir de algunos capítulos. Hace unos años di un curso sobre Cortázar y me quedó claro que la evocación poética de París, las escenas gozosamente absurdas (el concierto de piano, la tabla para unir dos edificios), el capítulo erótico con palabras inventadas, el humor y el drama (la muerte del bebé) mantenían toda su fuerza; en cambio, las muchas alusiones culturales sonaban viejas y demasiado pedantes, dignas de un señorito latinoamericano que se esfuerza por parecer europeo. A la distancia me gusta mucho más Los premios, novela menos efectista y celebrada, pero que no depende de citas culteranas sino de sus extraordinarios personajes y su impecable historia”.

Abril 2013

Etiquetas: , , , , , , , , , , , ,

miércoles, marzo 16, 2011



Malva Flores: de la introspección del poema al enojo 

Para Malva Flores (Ciudad de México, 1961), la poesía es un libro móvil de respuestas íntimas. “Tú las encuentras cuando las escribes y si se publican en forma de libro puedes tal vez compartirlas. Es, para el que escribe, una explicación del mundo como experiencia de algo invisible: la tensión entre tu necesidad y tu deseo.”
En Luz de la materia (Era/Conaculta, 2010), construye un poemario de nostalgia y melancolía, doble viaje (de ida y vuelta) a la semilla; se lee ahí: “Nada regresa, nunca, igual a cuando fuimos”, aunque se da espacio luego a la esperanza del presente a través de la intuición poética: “Sólo nos queda el aire / este temblor de hojas”.
—¿Cuál es la historia de este libro?
—La mayor parte lo escribí cuando vivía en México, en un momento que entonces percibí como muy difícil en mi vida. Tenía necesidad de recordar el sitio de mi infancia como un asidero de paraíso y así, reconstruirlo desde la memoria. Eso ocurre en “Dominio”, la primera parte, y en “Mudanza del árbol”, la última. Pero quería también burlarme de mí misma, de la que era en ese momento y de la que yo hubiera querido ser entonces: eso es “Malparaíso”, la segunda sección del libro. Me tardé tantos años en publicarlo tal vez porque necesitaba poner una distancia entre el presente y lo que había escrito años atrás.
—¿Tu obra ensayística o tus investigaciones literarias tienen eco en los poemas?
—Ya había escrito la mayor parte de ese libro cuando un día desperté y me di cuenta de que ya no estaba triste, ya no me cuestionaba a mí, es decir, ya no escribía poemas: estaba enojada. El arribo de la tan deseada transición democrática a manos de un partido que no tenía interés real en la cultura mostró muy pronto lo vano de los afanes que habían dividido el mundo cultural pocos años atrás: parcela ya de nadie cuando Vicente Fox anunció el arribo de los head hunters y la cultura no quedó en manos de los grupos culturales que se disputaban el poder sino en la de “administradores” o gente del espectáculo de dudosos méritos culturales. Entonces, te digo, ya había pasado de la introspección del poema al enojo. No con el gobierno, que es lo más sencillo, sino con quienes habían dejado de criticarlo.
En esa época, dice Malva, no entendía ella por qué los poetas habían olvidado expresarse críticamente sobre los asuntos públicos. En su percepción, los mayores enmudecieron y la generación de poetas que debía relevarlos también guardó silencio, en su mayoría, o creyeron ver, acríticamente, un rayito de esperanza. Escribió entonces El ocaso de los poetas intelectuales, con el que obtuvo en 2006 el premio de ensayo José Revueltas.
Sigue: “Después vi que, en la debacle, no me había dado cabal cuenta de otra pérdida. Cada mes yo leía, discutía, me enojaba, me divertía y aprendía, leyendo una revista: Vuelta. Por muchas razones más, Vuelta se convirtió para mí en un personaje: odioso, amable, inteligente, contradictorio o entrañable, como son las personas. A su muerte, no la de Paz, a quien no conocí, sino al cierre de la revista, se perdió un interlocutor valioso, aunque fuera para discutir, o tal vez por eso mismo. Vuelta era también, de algún modo, una casa. En ‘Mudanza del árbol’, la última sección de Luz de la materia, yo quería volver al lugar de mi niñez porque uno cree que allí, en la infancia, fue feliz. Regresé entonces también a Vuelta, pero en ambos destinos ya no había casa. Aún así quise ver de nuevo el sitio, metafóricamente hablando, para saber qué había pasado. Afortunadamente, como todo personaje que se respete, Vuelta dejó un diario: las páginas de la revista, y en eso estoy”.
—En “Malparaíso” es el ritmo el que domina: el tumbo es rumbo y rumba flamenca, acaso con algún eco girondiano.
—Como te decía, esa sección es un ajuste de cuentas conmigo misma, con la imagen que tenía de mí enfrentada con la realidad. Elegí como personaje una bailaora coja, y sólo me dejé llevar por su descompasado ritmo.
—En esa sección hay un comentario poético, o una resonancia, a Piedra de Sol: “No hay alto surtidor / más bien se arquea este pálido / chorro cristalino”... ¿Cómo te ubicas con respecto a Octavio Paz? Entiendo que has seguido sus pasos en tu libro de ensayos anterior y es pieza fundamental en lo que preparas ahora?
—Siempre quise hacer un ejercicio poético que “cantara” igual que Piedra de sol. Por supuesto, nunca lo conseguí, y el momento de “Malparaíso” en que se insertan esos versos es justamente cuando la voz poética reconoce que, más allá de aquel ejercicio, ha fracasado en sus aspiraciones y “sólo queda la ruta: / dos tres jamelgos amarillos de fuego / que transitan”. No sabría cómo ubicarme con respecto a Paz. Sólo como lectora, más que de sus poemas —pues no todos me gustan— de sus ensayos, que alcanzan muchísimas veces la intensidad del mejor de los poemas.
—¿Qué otras figuras poéticas alimentan tu escritura?
—Nunca sé responder esta pregunta, no por arrogancia sino porque son tantas las voces que, voluntaria o involuntariamente, están en mis poemas, que yo misma no sé distinguirlas.
—¿Cómo te ubicas con respecto a tu tradición y con tus contemporáneos?
—Veo a mi generación como la generación perdida y me incluyo, por supuesto, en ella. Ha ocurrido algo muy curioso. Si revisas las antologías más recientes de poesía, los jóvenes que las construyen inician su deslinde con poetas nacidos después de o en 1965. Quienes estamos en ese limbo que va de 1960 a 1964 desaparecimos. Quizá no teníamos nada qué decirles o no supimos hacerlo.
—La naturaleza es motivo recurrente del poemario. Esto se cierra con “Mudanza del árbol”, la última sección. ¿Llegas a esto por escribir fuera de la gran urbe?
—Yo escribí gran parte de “Mudanza del árbol” antes de venir a Xalapa, el lugar de mi infancia, sin saber que el destino me traería de regreso. Me veía a mí misma como un árbol móvil que iría a plantarse nuevamente en el inicio. Pero al llegar me di cuenta, como Perogrullo, de que lo que buscas del pasado ya no existe más que como una sombra. Sin embargo, tanto en ese poema, como en el resto del libro, apelo a la naturaleza como el único sitio de Verdad. Me explico: un árbol, una flor, una piedra, pueden acariciar o matarte. Pero no te mienten.
—¿Cómo sientes a la crítica literaria sobre poesía?, ¿el poeta debe ir avanzando en sus búsquedas en un terreno árido en cuanto a lectores profesionales de poesía?
—No creo que los poetas escriban pensando en los lectores profesionales, pero es triste que no existan una o varias publicaciones que de forma sistemática, no como una dádiva mensual, se ocupen de la poesía. Hubo un tiempo en que la crítica de poesía, incluso las reseñas, la hacían grandes poetas. Eso no existe más y es una lástima porque de algún modo se cercena la conversación que con el mundo establecen los poetas. Hoy nuestros “orientadores” son “líderes de opinión”, “especialistas”, payasos o astrólogos: comunicadores, no interlocutores (aunque hagan la finta de que escuchan nuestras voces restringidas a 140 caracteres). Pero no hay que llorar por eso. La poesía ha sido, también, una forma de crítica. Y pocas veces la crítica ha tenido adeptos, mas no por eso ha dejado de existir.

Marzo 2011

Etiquetas: , ,