martes, marzo 23, 2021


Octavio Paz y Carlos Fuentes: una amistad documentada

Si nos asomamos a este libro como quien mira el fondo de una enorme taza de café recién terminada, de la observación de los posos de esa lectura extensa, poco menos de 600 páginas, obtenemos, entre muchas, algunas imágenes memorables: el joven Carlos Fuentes como partícipe de una sociedad secreta llamada “basfumismo”; este mismo novel narrador regañado por su tutor Alfonso Reyes al calificar a La región más transparente, primera novela de su discípulo, no como un libro transparente sino “turbio y feo”; un Octavio Paz petulante que reconoce en público deudas no declaradas o apropiaciones (de Rubén Salazar Mallén y Samuel Ramos) en El laberinto de la soledad bajo el argumento de que “el león se alimenta del cordero”; el poeta deambulando por París entre el matrimonio de los Mandiargues, como si se rigieran los protagonistas, en un novelesco ménage à trois, por las leyes de la hospitalidad de las novelas eróticas de Pierre Klossowski, tercia que se rompe por la aparición inesperada de un cuarto en discordia, el pintor Francisco Toledo…
El “golpe de calor”, según entiendo, ocurre cuando se pasa de una temperatura corporal regular a más de cuarenta grados centígrados, como cuando se sale de una habitación climatizada a un exterior veraniego en el norte del país. Lo que provoca Estrella de dos puntas/Octavio Paz y Carlos Fuentes: crónica de una amistad (2020), el libro de Malva Flores, es algo similar, que podría llamarse “golpe de pasado”: de un presente erróneo y problemático, como el que vivimos, en donde efectivamente cada uno es una isla, porque aislados estamos por la pandemia, nos confronta un relato que resume avatares ocurridos en la segunda mitad del siglo XX y disputas o querellas que no está claro si han sido ya resueltas, como aquellas polémicas del echeverriato o el salinismo en torno a la relación de los intelectuales con el poder.
Así, encarcelados por la emergencia sanitaria, en los muros de nuestra celda desfila una memoria crítica de un pasado quizá no tan lejano, pues de algunos de sus episodios hemos sido testigos. La autora no acude a su memoria, claro. Parte de lo relatado sucedió cuando aún no nacía o era muy pequeña. Ella vino al mundo en 1961. Se sirve de un impresionante aparato de investigación que incluye tanto la revisión hemerográfica como bibliográfica y consultas a fondos privados (en el país y el extranjero) de correspondencia entre los implicados y sus conocidos. Lo que une a esta vasta recopilación es el hilo de Ariadna de los encuentros y desencuentros entre Paz y Fuentes, transformando la obra no en una relación cronológica que anda a la caza de chismes sino, sobre todo, en una historia intelectual con un tinte final dramático. ¿Cómo es que estos “compañeros de viaje” terminaron sus días en el mundo casi sin dirigirse la palabra, pues se habla de algunos últimos encuentros cordiales en la antesala de un consultorio médico? Se trata de una hermandad quebrada y del largo historial de sus afinidades (numerosas) y sus desavenencias (pocas aunque cruciales).
La gran ruptura, que es para Malva Flores en realidad sólo la gota que derramó el vaso, fue la publicación de un ensayo crítico en la revista Vuelta, escrito por Enrique Krauze, quien se propuso desenmascarar a Fuentes, y generó un carnaval o circo de varias pistas, no sólo con dos amigos enfrentados sino cada uno de ellos con una revista de apoyo (Vuelta contra Nexos), foros alternos como el Encuentro “La experiencia de la libertad” (o Encuentro Vuelta) y el Coloquio de Invierno, e incluso con instituciones que los respaldaban (Televisa, para el primero; Conaculta y la UNAM, para el segundo). Dicho sea en términos pugilísticos, fue todo un match. Se habló aun de un duelo, en términos literarios, de lucha libre o nuevamente boxeo, de rudos contra técnicos o pesados contra ligeros.

Vidas paralelas… y para leerlas

La historia de los dos amigos contiene eso y más. La portada, no sé si políticamente correcta, coloca a Paz a la izquierda y a Fuentes a la derecha. La imagen imposible de una estrella de dos puntas deja sueltos el arriba y el abajo, que es acaso el espacio a cubrir o descubrir. La autora ha de buscar afanosamente un punto en el que logre mirar de modo simultáneo a los dos lados, en vidas paralelas, por lo que se acude sin remedio a Plutarco, biógrafo de Alejandro y César, “por la muchedumbre de hazañas de uno y otro”, quien acaso proporciona con un epígrafe el lente adecuado para alistarse a la observación: “Porque no escribimos historias, sino vidas, ni es en las acciones más ruidosas en las que se manifiestan la virtud o el vicio, sino que muchas veces, un hecho de un momento, un dicho agudo y una niñería sirven más para declarar un carácter que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades”.
Vidas paralelas… y para leerlas, en el juego obvio de palabras. Paz tendrá dos encarnaciones en la obra narrativa de Fuentes, una como el Manuel Zamacona de La región más transparente y otra como el Maximino Sol de Adán en Edén, poeta este último, resume Malva, “que distribuía premios y sancionaba a todos los escritores del país, privilegiando siempre a sus colegas del verso por encima de los narradores”.
Al libro se le llama “crónica” porque quien lo rige es el dios Cronos. Es el tiempo, sea el tiempo nublado de Paz o el tiempo mexicano de Fuentes, el que gobierna. No se trata de un estudio o un ensayo, sino de una historiografía. Es decir, lo que ata el relato son las vidas paralelas o los relatos cruzados. El espejeo constante en uno y otro destino, aunque sus oficios principales fueran en cierto sentido contrapuestos: uno el poeta, y el otro el narrador. Ambos, en el reloj de la historia, diplomáticos hasta llegar a la cima de esa pirámide burocrática, como lo es el ser embajadores. Y renunciantes, los dos, en momentos clave de la historia patria: la matanza de Tlatelolco, en un caso; y la designación de Gustavo Díaz Ordaz, perpetrador de esa masacre, como embajador de México en España, en el otro.
Ambos, además, con una vida muy activa en terrenos fuera de lo literario, constituyéndose en eso que suele llamarse “intelectual”: el ropaje más público de un oficio íntimo y en algunos casos casi secreto. Acá, la obra y la acción van de la mano. Podrían escribirse varias historias con este par de ases; en una se omitirían sus acciones cotidianas y el narrador se centraría en el diálogo de las obras. ¿Cuál es el peso final de sus escrituras? ¿Son equiparables sus logros literarios? En la otra, los libros pasarían a segundo término y se hablaría sólo de sus actuaciones en la vida pública. Quizá, de nuevo, el equilibrio está en lograr un punto de mira en el que estos ámbitos tengan su peso. Es un ejercicio de acrobacia: observar a uno y al otro; observarlos a ambos. Asomarse a sus libros. E intentar que la mirada sea objetiva o neutra.
Tal fue el reto. Y tales fueron, me parece, las reglas que la misma Malva Flores se impuso. Ni con dios ni con el diablo. O con ambos. Es una suerte de arbitraje que da valor al libro y a la vez lo limita. No es una “defensa” de Paz o Fuentes. Se expone a ambos, en sus glorias y sus miserias, y se da contexto social a esos momentos con la reacción de aquellos que los circundaban, amigos o discípulos. Es un dúo que se transforma en coro. Fuentes y Paz confrontados entre ellos y juzgados por su entorno, en un vaivén que llega a producir vértigo. Esas son las reglas que la autora fijó para su empresa. Ir de uno al otro, seguirles la pista desde el primer encuentro, cuando eran jóvenes y lúcidos (no ilusos), y verlos discurrir.
La base es, pues, el diálogo. Y todo en el libro se vuelve dialógico… Hasta que el diálogo se cancela y quedan sólo los silencios de los protagonistas, por ocasión de la ruptura, y las interpretaciones. Y un ruego trágico, no aceptado, de acudir a la cama del amigo moribundo.
Lo que da consistencia al libro, me parece, es el rigor, la búsqueda no a ciegas sino documentada. También el afán de mirar hacia las dos puntas y no “preferir” una a la otra. El intento de ser el justo observador de este espejo doble.

¿Una primera traición?

De un ejercicio así de vasto uno como lector obtiene lo que quiere. Puede ganar el pasmo de encontrarse de pronto con medio siglo o más de querellas intelectuales, con sus pequeñas y grandes miserias, o el recurso de estacionarse en dos o tres episodios que nos resulten significativos.
Está, por ejemplo, la identificación del poeta de La región más transparente, Manuel Zamacona, con Octavio Paz, y el posible uso de las ideas de Paz en el Laberinto de la soledad como sustento de la novela… cuestiones sobre las que Paz no se pronunció, en un silencio que Malva Flores interpreta como molestia e incluso una primera traición. Dice: “La celebridad de Fuentes a raíz de la publicación de La región más transparente no fue el motivo de su primer distanciamiento sino, más bien, aquello que Paz vio como una apropiación de sus ideas y hasta de sus palabras”. ¿Dónde vio Paz esto? No veo la cita que sustente este resquemor.
En cambio, Alfonso Reyes fue muy directo al expresar a Fuentes su molestia, cuando le escribe: “Ahora bien: no voy a negarte que si yo hubiera conocido el carácter de tu novela cuando me pediste permiso de bautizarla con mis palabras, hubiera dudado en concedértelo, pues siempre hay lectores y críticos malévolos que pueden atribuirte el deseo de lanzarme un sarcasmo; y, sobre todo, yo hubiera preferido que no empeñaras mi frase, aplicándola a un objeto tan turbio. ‘Turbio’, no es censura: tú has querido conscientemente hacer un libro turbio y feo, ¿verdad?”
Malva Flores da, además, un valor excesivo a una crítica de Elena Garro en la que ésta afirma que Fuentes toma el estilo del Adán Buenosyares, de Leopoldo Marechal, y lo impone, como en calca, a la sociedad mexicana… cuando es sabido que el modelo de la novela-mural, que Agustín Yáñez y Fuentes aplicaron a la realidad nuestra, en Al filo del agua y La región más transparente, viene directamente del Manhattan Transfer de John dos Passos, a quien se le ocurre realizar novelas con esa técnica al observar, en una visita a México, a Diego Rivera cuando pintaba uno de sus murales en el edificio de la Secretaría de Educación Pública. Además, Fuentes es claro al decir a Carballo que no había leído Adán Buenosayres antes de escribir su primera novela, y que se enteró de esas afinidades justamente al leer el texto crítico de Elena Garro.
Quizá se le da peso a esa sospecha (utilizando incluso un fragmento de la novela argentina como epígrafe del capítulo respectivo) para equilibrar el libro por las denuncias, mejor fundamentadas, de quienes encontraron en el Laberinto de la soledad el robo o préstamo de algunas ideas centrales (en lo que ya se mencionó más arriba), cuestión en la que Paz, al asumirse como el lobo que se alimenta del cordero, pareció dar la razón a sus críticos.
Los silencios, pues, también son interpretados. A Fuentes se le acusa de no haber reaccionado, décadas más tarde, a la quema de una efigie de Paz en el Paseo de la Reforma. El que calla, otorga, se dirá. Lo que también da pie a una lectura entre líneas.
Quizá en el fondo de esta investigación hay una novela o una película oculta, y ésta sería la historia simple de esa amistad, o enemistad, como quiera llamársele. Malva Flores prefiere detenerse en las polémicas y sus oposiciones, que es lo que al fin puede documentarse y donde ella se encuentra más a sus anchas, como ya lo hizo en El ocaso de los poetas intelectuales y la “generación del desencanto” (2010) o en Viaje de Vuelta: estampas de una revista (2011).
Si se tratara del cuento de los dos amigos éste iniciaría en 1950 con el joven Fuentes presentándose en la Embajada de México en París con el Laberinto de la soledad bajo el brazo, para conocer al segundo secretario de esa instancia diplomática y autor de ese ensayo deslumbrante. Los seguiría en sus diálogos frescos, la declaración de sus afinidades, la conformación de su fraternidad, los entusiasmos de uno y la reserva del otro por la revolución cubana, el afecto de los apoyos cuando la crisis del 68, los afanes de Paz por hacer una revista con Fuentes y la posible deslealtad de éste al comprometer a nuevos participantes en la empresa… Pero la historia es extensa y lo arduo, incluso en la práctica de resumirla, está en fijar esos instantes y darles el contexto adecuado, sin caer en interpretaciones fáciles o esquematismos. Cifrar cada época y cada paso.

La amistad es como las plantas

Otros emparejamientos: Fuentes seducido por el poder con Echeverría, quien lo nombró embajador; y Paz creyente de las promesas modernizadoras de Salinas de Gortari. Cada punto merecería la exposición de un largo contexto, y en eso es exhaustivo el libro de Malva Flores. A veces la relatoría de las querellas se extiende demasiado, dándoles un peso excesivo a voces secundarias, y entonces los personajes centrales se diluyen.
Hay una carta que en la historia íntima de esa amistad es significativa; en ella Paz agradece a Fuentes sus felicitaciones por habérsele otorgado el Premio Cervantes. Es una misiva “al filo del agua”, pues vendrían luego los desencuentros. Dice Paz: “Hace mucho tiempo que tú y yo no hablamos de verdad y llegué a temer que nuestra amistad se hubiese secado un poco. La amistad es como las plantas: hay que regarla a diario. A veces, también, hay que podarla: demasiado frondosa deja de dar flores y frutos. Y mucho sol —un acuerdo total— la marchita. Las diferencias —si se dicen— son un agua milagrosa. Por fortuna, tú y yo no coincidimos en muchas cosas, aunque sí, creo, en lo esencial”.
Y cierra: “En fin, la amistad no consiste en tratar de tapar las nubes sino en lograr, por la conversación, que revienten en lluvia y así nos fecunden. ¿No crees?”
La amistad al fin se nubló o todo alrededor de ellos se inundó, en un largo naufragio. Y el punto de quiebre fue menos, quizá, la publicación en Vuelta de ese ensayo de Krauze, como el hecho de que Paz no hubiera pensado en advertir a Fuentes de que lo publicaría, como sucedió, en algún momento parecido, en Plural, para que éste tuviera el antecedente y pudiera tomar la decisión de reaccionar o no a la crítica que se avecinaba.
Adolfo Castañón le refirió a Malva Flores una conversación que tuvo con el poeta en la que le preguntó si no hubiera sido más amistoso y cortés enviar a Fuentes el ensayo de Krauze antes de publicarlo. Paz nada respondió; guardó silencio.
Como disculpándolo, construye Malva este encadenamiento, que marca una suerte de credo en el Paz editor: para el poeta, dice, “la crítica debe realizarse a pesar de la amistad; no se debe confundir la crítica contra una persona con la crítica a las ideas de una persona y, sobre todo, el director de una revista no puede censurar la crítica”.
Fuentes, como un caso contrario, contó que cuando era director de la Revista Mexicana de Literatura llegó a sus manos un ataque salvaje contra Octavio Paz y se negó a publicarlo.
—Entonces usted no cree en la libertad de crítica y de expresión —le dijo el autor.
—En lo que creo es en la amistad —contestó—. Y aquí no se publican ataques contra mis amigos.
Acaso dos posturas opuestas en cuanto a las responsabilidades de un editor y los compromisos de la amistad. La forma de esta compleja Estrella de dos puntas, ya lo he dicho, es dialógica, espejeante, confrontativa. Hay idas y venidas; vueltas y revueltas. También queda expuesta la forma de actuar de la sociedad artística, o intelectual, mexicana, en su lucidez y en sus excesos.
De eso se trata: de una conversación extensa entre dos amigos, por varias décadas, y de la ruptura, que significó el fin de esa charla. Un silencio coronado por la muerte.
El acierto de Malva Flores, me parece, está en el hecho de haber logrado que esa configuración imposible de una estrella de sólo dos puntas se complete.

Marzo 2021

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martes, octubre 31, 2017


Francisco Tario, entre Reyes, Borges y Fuentes

Por décadas, el mejor recurso para ubicar, o desubicar, a Francisco Tario (nacido Francisco Peláez Vega, 1911-1977), ha sido remitirse a aquello que escribió José Luis Martínez en el prólogo a La puerta en el muro (1946): “Tratando de encontrar el origen de esta complejidad espiritual he pensado en los nombres de Villiers de L’Isle Adam, de Barbey D’Aurevilly y aun del Marqués de Sade. Más tarde he averiguado con decepción para mis suposiciones que Francisco Tario aún no los conoce y no tiene un gran interés por ellos”.
Las figuraciones de Martínez marcaban un parentesco que, al instante, la respuesta burlona de Tario parecía rechazar (pues no era sólo no haberlos leído sino tampoco interesarse por hacerlo). En la nota original, de febrero de 1943 (luego incluida en Literatura mexicana. Siglo XX. 1910-1949), en donde reseñaba La noche (1943), el crítico extendía esa familiaridad a Schwob y Huysmans, para enseguida decir: “Cierta eficaz adjetivación, perceptible aquí y allá en estos cuentos, y caracterizada por el uso de un adjetivo de naturaleza contraria a su correspondiente sustantivo, puede llevarnos también a suponer un contacto con las obras de Jorge Luis Borges y la Antología de la literatura fantástica, de huellas muy claras en el cuento llamado ‘La noche de Margaret Rose’”.
Pese a todo (es decir, pese a la aparente resistencia del autor por inscribirse en una corriente literaria), el mapa de las lecturas de Tario empieza a configurarse. La cercanía fortuita con un centenar de libros que le pertenecieron (a los que tengo acceso gracias a Julio Farell, colección que he bautizado como la biblioteca de un fantasma) me ha llevado a confirmar, y acaso precisar en su puntería, algunas de esas tempranas intuiciones de José Luis Martínez.
En cuanto al primer grupo, hallé tres títulos afines a ese orbe extraño que señala el crítico. Uno es Los cantos de Maldoror, del Conde de Lautréamont, en edición de 1925 de la Biblioteca Nueva de Madrid, con traducción de Julio Gómez de la Serna y prólogo de Ramón Gómez de la Serna. Los otros volúmenes son de la editorial Losada de Buenos Aires: Los niños terribles de Jean Cocteau, impreso en 1938 (y al parecer, por una indicación a lápiz, leído entre marzo y abril de 1940), y Los poetas malditos de Paul Verlaine, editado en 1942.
En Cocteau, el lector Tario señala tres pasajes significativos.
Uno: “Sin Pablo, aquel coche hubiera sido un coche; aquella nieve, nieve; aquellos faroles, unos faroles; aquel regreso, un regreso. Él era demasiado torpe para crearse por sí mismo la embriaguez; Pablo le dominaba, y su influencia lo había transfigurado todo a la larga. En vez de aprender Gramática, Cálculo, Historia, Geografía, Ciencias naturales, había aprendido a dormir despierto un sueño que le coloca a uno fuera de todo alcance y que presta nuevamente a los objetos su verdadero sentido. Las drogas de la India hubiesen obrado menos sobre aquellos niños nerviosos que una goma o que un portaplumas mascados a escondidas detrás de sus pupitres”.
El segundo: “En la alcoba subió, en cierto modo, al cielo de su infierno. Vivía, respiraba. Nada le inquietaba, y no sintió nunca el temor de que sus amigos se entregasen a las drogas, porque obraban ya bajo la influencia de una droga natural, celosa, y porque tomar drogas hubiese sido para ellos como poner blanco sobre blanco, negro sobre negro”.
Y: “Los sueños permiten escuchar esos pasos pesados que se acercan y piensan, prestándonos un andar más ligero que un vuelo, combinando ese peso de estatua con la agilidad de los buzos bajo el agua”.
Interesa a Tario esa droga natural que es la imaginación, definida en Cocteau como un dormir despierto, y asentada claramente en la experiencia onírica.
En cuanto a Los poetas malditos, estos son, para Verlaine, uno Arthur Rimbaud, otro Stephan Mallarmé y uno más el mismísimo Villiers de L’Isle Adam, entre otros. Supo Tario, pues, de este último, aunque no lo reconociera así ante José Luis Martínez.
De Lautréamont podría también decirse mucho, pero quizá se requiera más espacio para hacerlo (lo haré acaso en otra dimensión, en un universo paralelo), y ahora hay que desviarse para llegar a Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes.
Al leer La noche, Martínez pensó al instante en Borges y la Antología de la literatura fantástica. En mi revisión de la biblioteca de Tario encontré la primera edición, de 1940; y recuérdese que éste inicia su andar literario en 1943… Por lo que en todos los casos hasta ahora referidos (Lautréamont, Cocteau, Verlaine y la antología de Borges, Bioy y Silvina Ocampo) estamos ante el equipaje formativo de un escritor que hizo de lo fantástico y lo extraño sus principales divisas. El “origen de esa complejidad espiritual”, que preocupó a Martínez, viene un poco (o un mucho) de estos autores.
Pero también está Alfonso Reyes, de quien Tario tenía una buena colección de primeras ediciones. Destaca Fuga de Navidad, edición argentina de 1929 ilustrada por Norah Borges, por ser una joya bibliográfica; otros son Los dos caminos (1923), impreso en España; Dos o tres mundos (1944), de Letras de México; A lápiz (1947) y De viva voz (1949), de Editorial Stylo; Calendario y Tren de ondas (1947), de Edición Tezontle; La X en la frente (1952), de Porrúa, y Obra poética (1952), del FCE... Y hallé, claro, El plano oblicuo (1920), también impreso en España, acaso en edición de autor.
Habrá que detenerse en este último título por lo que representa para la historia de la literatura fantástica… Pero antes podrían hallarse afinidades diversas con Francisco Tario en el desarrollo de Reyes como cuentista. Hay una antología reciente de sus relatos, con selección de Alicia Reyes y prólogo de Enrique Serna (Cuentos, Océano, 2016), que sigue un estricto orden cronológico y nos facilita el ejercicio de espejeo.
Por ejemplo: en mayo de 1946, justo en la época en que Tario se encuentra con Acapulco, Reyes escribe “La venganza creadora”, narración ubicada en ese puerto. Algo más: “La mano del comandante Aranda”, de febrero de 1949, que acaso evoca la mano real de Obregón que se exhibió por muchos años en el Parque de la Bombilla, y en cuyas páginas se recuerda a Maupassant y Nerval, se relaciona con un cuento que Tario escribió por ese tiempo a sus hijos, “Dos guantes negros” (que se conocería póstumamente), y podría hallarse incluso una intersección de esas dos narraciones en el pasaje siguiente: “La mano, así, recordó muchas cosas que tenía completamente olvidadas. Su personalidad se fue acentuando notablemente. Cobró conciencia y carácter propios. Empezó a alargar tentáculos. Luego se movió como tarántula. Todo parecía cosa de juego. Cuando, un día se encontraron con que se había calzado sólo un guante y se había ajustado una pulsera por la muñeca cercenada, ya a nadie le llamó la atención”.
En Reyes la mano se mueve como tarántula. Tario describe al guante como “una gran araña negra que trepaba hacia el techo”.
Y al fin está la estampa “Érase un perro” de Reyes (fechada el 27 de diciembre de 1953), que podría dialogar con “La noche del perro” de Tario, cuento publicado diez años antes.
En El plano oblicuo Francisco Tario encontró “La cena”, que es, de amplias maneras, un relato inaugural, pues abre ese conjunto de cuentos y diálogos, primero, y suele considerarse, además, como punto de arranque de la moderna literatura fantástica. Según Alicia Reyes, Borges le confesó un día: “Yo era un Borges antes de leer ‘La cena’ y uno, muy diferente, después”. (Y habría que preguntarse aquí por qué Borges no lo incluyó en su antología.)
Enrique Serna describe así este cuento: “Ensoñación juvenil con una mórbida carga de erotismo lúgubre, en la que se difuminan los contornos entre la realidad y las apariencias, o entre los cuerpos y las sombras, su atmósfera de pesadilla lúbrica reside no tanto en la irrupción de lo sobrenatural, sino en la percepción distorsionada del protagonista, como si el deseo que lo arrastra a la cena tuviera la propiedad alucinatoria del opio. El presentimiento del placer y la revelación del horror, dosificados a la perfección, confieren a este cuento ya clásico un encanto imborrable”.
Se suelen construir puentes entre “La cena” y Aura (1962), de Carlos Fuentes (por la llegada de un hombre a una casa antigua en la que habitan dos mujeres, una joven y otra mayor, argumento que está también en Henry James y al que Fuentes volverá en varias ocasiones, no siempre con buena fortuna). Propongo aquí considerar, entre “La cena” y Aura, “La noche de Margaret Rose”, uno de los cuentos de La noche (1943), descrito así por Jacobo Siruela (quien lo recoge en su Antología universal del relato fantástico): “conserva durante todo el relato un clima onírico hasta desembocar en la sorpresa final que lo aclara todo”.
Véanse, si no, sus afinidades: lo que dispara las tres narraciones es una invitación. En Reyes, una esquela breve y sugestiva: “Doña Magdalena y su hija Amalia esperan a usted a cenar mañana, a las nueve de la noche. ¡Ah, si no faltara!...” En Tario, también unas pocas líneas: “Margaret Rose Lane, inglesa, de 28 años, casada con un multimillonario yanqui, lo invita a usted muy íntimamente a jugar al ajedrez el sábado en la noche”. Y en Fuentes, el anuncio en un periódico que parece dirigido a una sola persona: “Se solicita historiador joven. Ordenado. Escrupuloso. Conocedor de la lengua francesa. Conocimiento perfecto, coloquial. Capaz de desempeñar labores de secretario. Juventud, conocimiento del francés, preferible si ha vivido en Francia algún tiempo. Tres mil pesos mensuales, comida y recamara cómoda, asoleada, apropiada estudio”.
En los tres casos, la cita provoca un extraño reencuentro del protagonista consigo mismo. Más que un viaje al pasado, es el regreso a un tiempo sin tiempo, la eternidad de los fantasmas.
Al calificar esa noche relatada en “La cena” como fantástica, en Reyes se precisa que se trataba de una fantasía “hecha de cosas cotidianas y cuyo equívoco misterio crece sobre la humilde raíz de lo posible”, algo parecido a lo que dijo Tario a José Luis Chiverto en aquellas entrevistas realizadas a finales de los sesenta y comienzos de los setenta en España: “Ante todo convendría hacer notar que lo verdaderamente fantástico, para que nos convenza, nunca debe perder contacto con la llamada realidad, pues es dentro de esta diaria realidad nuestra donde suele tener lugar lo inverosímil, lo maravilloso”.
Asimismo, Fuentes asienta su relato fantástico en dos realidades muy claras: la intervención francesa del siglo XIX y la Ciudad de México de principios de los años sesenta del siglo XX. La situación de Felipe Montero, antiguo becario en la Sorbona, puede ser incluso expuesta en números: gana novecientos pesos mensuales como profesor auxiliar en escuelas particulares y le atrae el anuncio en el diario porque le ofrece primero tres mil y luego cuatro mil pesos.
Ese apoyo de lo fantástico en la vida cotidiana está en el género desde sus inicios, es decir desde Hoffman.
Por cierto: cuenta Julio Farell (y no me dejará mentir) que era común ver al joven Carlos Fuentes en la casa de Etla 24, no como asistente a las tertulias sino como un escritor principiante que llevaba a Tario sus primeros cuentos para que se los revisara. Debió tratarse de los borradores de Los días enmascarados (1954), título cuya edición original (en la colección Los Presentes, con Juan José Arreola como editor) también forma parte de la biblioteca del fantasma.
Se crea así una figura con múltiples ramificaciones, en un trazo que va de Reyes a Borges, de Borges a Tario y de éste a Fuentes… con un dibujo final (al que se agregan Lautréamont, Cocteau y Verlaine) que se diluye en el misterio.
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Una versión de este texto abrió el II Coloquio Internacional de Literatura Fantástica: la Narrativa Fantástica Mexicana a las Puertas del Mictlán, organizado por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Octubre 2017

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lunes, noviembre 28, 2016


La biblioteca de un fantasma

Desde que se publicó el volumen de cuentos La noche (1943), los críticos no han dejado de especular sobre el origen de la singularidad de Francisco Tario (Francisco Peláez Vega, 1911-1977). En esa época, José Luis Martínez propuso como posibles influencias algunos nombres (entre ellos Barbey D’Aurevilly y Villiers de L’Isle-Adam), mas con arrogancia Tario aseguró desconocerlos. Ahora, gracias a la inesperada cercanía con un centenar de libros que le pertenecieron, me es posible indagar en su genealogía literaria. No es toda su biblioteca, pero sí una muestra representativa.
Prima facie, destacan tres ejemplares de la Antología de la literatura fantástica, de Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges y Silvina Ocampo, sobre todo la primera edición, de 1940 (Colección Laberinto, Editorial Sudamericana), anterior por tres años a la publicación de sus relatos nocturnos y fantásticos. Esto me lleva a suponer, o casi confirmar, que fue esa lectura la que empujó a Tario por esos territorios. Los otros tomos de ese título, en formato de bolsillo (Colección Piragua, Editorial Sudamericana), son de 1967 y 1976. Podría considerarse como acompañamiento de esa antología la primera edición de La invención de Morel, de Bioy Casares, con prólogo de Borges, publicada en Buenos Aires ese mismo año de 1940.
Hay además, con “páginas sombrías y llenas de veneno”, un tomo de Los cantos de Maldoror (Biblioteca Nueva, Madrid, s/f, traducción de Julio Gómez de la Serna y prólogo de Ramón Gómez de la Serna), del Conde de Lautréamont, un autor con el que se le ha relacionado. Igualmente en este caso para mí se confirma esa influencia. Y, en ese carril oscuro, deben ubicarse Los niños terribles (Editorial Losada, Buenos Aires, 1938), de Jean Cocteau; y Los poetas malditos (Editorial GLEM, Buenos Aires, 1942), de Paul Verlaine.
En pocos de sus libros hay anotaciones, acaso sólo persiste la firma del propietario en la primera página. En la edición original de la Antología de la literatura fantástica resalta un doblez en la página 277, en donde termina “Sueño infinito de Pao Yu” y aparece un fragmento del Ulises de Joyce (del capítulo 15, “Circe”, que se desarrolla en forma teatral), en el que la madre de Stephen Dedalus, “extenuada, rígidamente surge del suelo, leprosa y turbia, con una corona de marchitos azahares y un desgarrado velo de novia, la cara gastada y sin nariz, verde de moho sepulcral”. Ella (“con la sonrisa sutil de la demencia de la muerte”) dice: “Yo fui la hermosa May Goulding. Estoy muerta”.
De Joyce tiene dos veces El artista adolescente (retrato), de la Biblioteca Nueva (Madrid), traducción del inglés por Alfonso Donado (como firmó esa traducción Dámaso Alonso) y con prólogo de Antonio Marichalar, uno es de 1926 y el otro de 1971. Y James Joyce, el hombre que escribió Ulises (Santiago Rueda Editor, Buenos Aires, 1945), de Herbert Gorman.
Sigamos con los autores de lengua inglesa. Está Henry James, claro: Otra vuelta de tuerca (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1945), en la traducción de José Bianco… Y hay varias cosas de D.H. Lawrence, de quien realizará una sutil parodia en aquella “carta apócrifa” que cierra Acapulco en el sueño (1951): tiene sus Cartas en dos tomos (Ediciones Imán, Buenos Aires, 1945), con prólogo de Aldous Huxley; y las novelas La virgen y el gitano (Sur, Buenos Aires, 1934) y El amante de lady Chatterley (Editorial Diana, México, 6ª edición, 1961).
Leyó a Huxley (Viejo muere el cisne, Editorial Losada, Buenos Aires, 1946), a Samuel Beckett (El innombrable, Lumen, Barcelona, 1966), a William Faulkner (Santuario, Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1945) y a Truman Capote (A sangre fría, Editorial Noguer, Barcelona, 1966).
De Francia no hay mucho: dos de Balzac, Los aldeanos (Nueva España, México, 1945) y La duquesa de Langeais (Sudamericana, Buenos Aires, 1943, traducción de Leopoldo Marechal), un Flaubert (Madame Bovary, Colección Universal, Madrid, 1933); y, en francés, un tomo de cartas de Marcel Proust (A un ami: correspondance inédite, 1903-1922, Amiot-Dumont, París, 1948).
De los clásicos antiguos tiene a Ovidio (El arte de amar, Librería Bergua, Madrid, 1934), Petronio (El Satiricón, Biblioteca EDAF, Madrid, 1970), Suetonio (Los doce Césares, Obras Maestras, Barcelona, s/f)… Y, en una hermosa edición de la Editorial América, El jardín de las caricias: poemas orientales (México, 1942), con grabados en madera de Julio Prieto.
Hay poesía española, claro, empezando por Fray Luis de León (Cantar de los cantares, Atlántida, México, 1943, con prólogo de Enrique Díez-Canedo) y San Juan de la Cruz (Poesías, Viau, Buenos Aires, 1943). Tiene muchos títulos de Rafael Alberti: Poesía 1924-1930 (Editorial Losada, Buenos Aires, 1940), El poeta en la España de 1931 (Publicaciones del Patronato Hispano-argentino de Cultura, Buenos Aires, 1942), A la pintura: poema del color y la línea, 1945-1948 (Editorial Losada, Buenos Aires, 1948) y Retornos de lo vivo y lo lejano (Editorial Losada, Buenos Aires, 1952).
De Juan Ramón Jiménez están los Sonetos espirituales, 1914-1915 (Colección Rama de Oro, Buenos Aires, 1942) y una Antología poética (Editorial Losada, Buenos Aires, 1945). Y de José Moreno Villa las Doce manos mexicanas (Ediciones E. Loera y Chávez, México, 1941, con dibujos y texto del autor), la Cornucopia de México (Porrúa y Obregón, México, 1952) y aun la Nueva cornucopia de México (SEPSetentas, México, 1976).
Encuentro, luego, a un par de poetas mexicanos: las Obras completas (Editorial Nueva España, México, 1944), de Ramón López Velarde; y una plaqueta de Guadalupe Amor (Como reina de baraja, Editorial Fournier, México, 1966), con una ilustración de Antonio Peláez, hermano de Tario.

Reyes y príncipes de la literatura mexicana

Hasta aquí, ¿qué sabemos de las lecturas de Francisco Tario? Hay varias confirmaciones: en primer lugar, su descubrimiento temprano de la Antología de la literatura fantástica y después la base sombría que conforman Lautréamont, Cocteau y Verlaine, fuentes de las que se alimenta su literatura. Leyó bien a los autores ingleses (como D.H. Lawrence, al que rinde homenaje en Acapulco en el sueño), se interesó por algunos franceses, degustaba los clásicos y era buen seguidor de los poetas españoles contemporáneos. Esto es lo que va señalando el mapa reducido de unos cien tomos suyos que le pertenecieron, como si se hallara, luego del naufragio del buque Tario, un baúl con parte de sus pertenencias.
Las letras mexicanas ya aparecieron con López Velarde y Guadalupe Amor, que fue su amiga. Tiene mucho Alfonso Reyes, con algunas joyas bibliográficas, como una Fuga de Navidad de 1929 (Viau y Zona, Buenos Aires), con ilustraciones de Norah Borges de Torre. (De la familia Borges/De Torre hablaré más tarde, al revisar la colección La Pajarita de Papel, de la que hay 17 títulos.)
Más de Reyes: El plano oblicuo (s/e, Madrid, 1920), Los dos caminos (s/e, Madrid, 1923), Dos o tres mundos (Letras de México, México, 1944), Calendario y Tres de ondas (Edición Tezontle, México, 1945), A lápiz, 1923-1946 (Editorial Stylo, México, 1947), De viva voz, 1920-1947 (Editorial Stylo, México, 1949), La X en la frente (Porrúa y Obregón, México, 1952) y Obra poética (Letras Mexicanas, Fondo de Cultura Económica, México, 1952).
Destaco esa primera edición de El plano oblicuo que abre con “La cena”, uno de los relatos inaugurales del género fantástico en México, y por ello antecedente de la obra de Francisco Tario.
Tiene algo de Salvador Novo: Nueva grandeza mexicana (Editorial Hermes, México, s/f), Diálogos (Los Textos de la Capilla, México, 1946), con una dedicatoria manuscrita de Novo, fechada en 1957, a Guadalupe Amor; y la Antología de cuentos mexicanos e hispanoamericanos (Editorial Cvltvra, México, 1923). Estos dos últimos ejemplares están aún cerrados, intonsos.
Y tres títulos de Xavier Villaurrutia: Textos y pretextos (La Casa de España en México, México, 1940), más las obras dramáticas La hiedra (Nueva Cvltvra, México, 1941) y la Invitación a la muerte (Letras de México, México, 1944). Habría que preguntarse, por estas presencias, si el teatro de Villaurrutia influyó en el teatro de Tario.
De Octavio Paz encontré Libertad bajo palabra (Tezontle, México, 1949) y El arco y la lira (Fondo de Cultura Económica, México, 1956), en este caso (y sólo en este caso) con profusos subrayados a lápiz.
Quizá deba recordarse aquí que a comienzos de los años cuarenta Paz y Elena Garro fueron vecinos de Tario y su esposa Carmen Farell en la Ciudad de México: estos últimos vivían en Etla 24 y la pareja de escritores en la casa de atrás, con domicilio en Saltillo 117, en la ahora colonia Hipódromo Condesa. Hay, por cierto, dos primeras ediciones, muy leídas, de Los recuerdos del porvenir (1963), de Elena Garro, en Joaquín Mortiz; y está La semana de colores (Universidad Veracruzana, México, 1964).
Ignoro si José Luis Martínez llega a Tario vía Paz-Garro o viceversa. Frecuentaba la casa de Etla con sus tertulias; y es de los primeros en ofrecer su testimonio crítico de la obra de Tario. Suyos hay varios títulos: La técnica en literatura (Letras de México, México, 1943), con dedicatoria manuscrita “A Francisco Peláez, su amigo…”; Problemas literarios (Colección Literaria Obregón, México, 1955), dedicado “A Paco y Carmen”; y las plaquetas Situación de la literatura mexicana (Editorial Cvltvra, México, 1948), Los problemas de nuestra literatura (Ediciones Et Cætera, Guadalajara, 1953) y la breve antología Narciso: poéticas mexicanas modernas (Tierra Nueva, México, s/f)… Aquí se corrige a lápiz una errata en el último poema, “La poesía”, de Octavio Paz: Donde dice: “La oscura ola/ que nos arranca de la primera ceguera”, debe decir: “La oscura ola/ que nos arranca de la primer ceguera”.
Para cerrar este ciclo de los escritores mexicanos, hay una antología de Narrativa mexicana de hoy (Alianza Editorial, Madrid, 1969), preparada por Emmanuel Carballo y en la que no está incluido Francisco Tario; el primer libro de Carlos Fuentes, Los días enmascarados (Los Presentes, México, 1954), colección de cuentos fantásticos acaso revisada por Tario (según testimonio de Julio Peláez Farell, hijo menor de Tario, quien recuerda a Fuentes como asiduo a la casa de Etla); dos novelas de José Revueltas: Los muros de agua (s/e, México, 1940) y Los días terrenales (Editorial Stylo, México, 1949); y El diosero (Fondo de Cultura Económica, México, 1952), de Francisco Rojas González.
Veo aquí una suerte de continuidad de lo fantástico, satélites en el universo tariano, que va de “La cena” de Reyes a Los días enmascarados de Fuentes; y que podría pasar por los cuentos fantásticos de Paz, aquellos que vienen en ¿Águila o sol? (1951), hasta detenerse en La semana de colores de Elena Garro.

La Pajarita de Papel

Cierro el recuento con La Pajarita de Papel, colección que dirigió Guillermo de Torre, marido de Norah Borges, en los años treinta y cuarenta para la Editorial Losada, y de la que Tario reunió diecisiete títulos. En ella aparecieron Franz Werfel (La muerte del pequeñoburgués), D.H. Lawrence (La mujer que se fue a caballo y El hombre que murió), Aldous Huxley (El joven Arquímedes y El tiempo y la máquina), Jean-Paul Sartre (El muro), George Santayana (Diálogos en el limbo), Katherine Mansfield (En la bahía), Walt Whitman (Canto a mí mismo, en traducción de León Felipe), Jules Supervielle (La desconocida del Sena), Thomas Mann (Cervantes, Goethe, Freud), Arthur Schnitzler (La señorita Elsa), Georg Kaiser (Gas) y Franz Kafka (La metamorfosis)…
Este último tomo ha provocado diversas confusiones, por este crédito: “Traducción directa del alemán y prólogo de Jorge Luis Borges”. El primero en desmarcarse fue Borges, quien en efecto escribió el prólogo y tradujo algunos cuentos, mas no La metamorfosis (a la que él hubiera llamado en español La transformación), traducción que Guillermo de Torre al parecer tomó de la Revista de Occidente (y que podría ser de Margarita Nelken). A éste se le hizo fácil acreditar todo el paquete a su cuñado… En el plano familiar, también debe decirse que hay varias traducciones de La Pajarita de Papel realizadas por Leonor Acevedo, la madre de Jorge Luis y Norah Borges.
Insisto: los libros que he revisado son parte de una biblioteca mayor, que sufrió diversas sangrías, primero, cuando la familia Peláez Farell se exilió en Madrid; y luego, en la mudanza de Julio Peláez Farell de España a la Ciudad de México (cargando como pesado equipaje el archivo de su padre), y su cambio a distintas direcciones en la colonia Narvarte y sus alrededores, hasta su abrupto desmantelamiento por una serie de enfermedades que aquejaron a Julio entre finales del 2015 y principios del 2016… El tiempo operó esas filtraciones, que dejaron ahora sólo estos cien libros (bajo resguardo en un espacio ya ajeno al ámbito familiar), de los que se tiene la certeza que le pertenecieron, y que revelan, en cierto modo, la formación literaria de ese fantasma esquivo que sigue siendo Francisco Tario.

Noviembre 2016

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lunes, marzo 28, 2016


Fernando del Paso: muerte (y resurrección) de la novela

En el último tramo del siglo XX, se hablaba en Occidente de la muerte de la novela, que habría conquistado sus grandes cimas en los años veinte y treinta (con Joyce, Proust, Virginia Woolf y otros) para luego transformarse en oscuros ejercicios experimentales cada vez más alejados de la trama y del lector (el mismo Joyce con Finnegans Wake, Beckett y el nouveau roman), objetos literarios de difícil acceso. Un poco de acuerdo con este paisaje, Salvador Elizondo describía un periplo que iba de la Odisea de Homero al Ulises de Joyce, como una vuelta a lo mismo, cual si un círculo se cerrara, y lo que seguía era la imposibilidad narrativa. Un texto suyo, “El grafógrafo”, parecía cifrar ese callejón sin salida: “Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía”…
Como se percató Fernando del Paso (Ciudad de México, 1935), en Latinoamérica el cuento era otro. El boom y sus secuelas llevaron aire fresco a la novela y la hicieron ejercitarse (con Rayuela, de Cortázar, que avanza a saltos, o Cien años de soledad, de García Márquez, como refundación de un tiempo mítico). Cuando se le preguntó sobre esa presunta muerte de la novela, Del Paso, que ya había publicado José Trigo (1966) y Palinuro de México (1977), respondió con buen humor que se trataba, en tal caso, de los funerales de la Mamá Grande.
Piénsese ahora en otras obras mayores de esa época, aún surtidor inagotado: en España aparece Larva (1983), de Julián Ríos; en México, Terra Nostra (1975), de Carlos Fuentes, y Crónica de la intervención (1982), de Juan García Ponce… Más que novelas, novelones, trabajos de muy largo aliento a los que se vuelve una y otra vez. Quizá este ciclo cierre, de algún modo (o se continúe, porque cada gran obra es un fin y un comienzo), con Noticias del Imperio (1987), que será no sólo un éxito de ventas inmediato, llevando lo experimental al gran público, sino que además cruzará varios mares, vía las ediciones simultáneas en México y España o las numerosas traducciones, e instala de nuevo a la novela en territorios como el europeo, en los que parecía haber estado a punto de extinguirse, reconstruyendo a la vez un viejo diálogo.
Según el acta del jurado del Premio Miguel de Cervantes, éste se le concedió a Del Paso “por su aportación al desarrollo de la novela, aunando tradición y modernidad, como hizo Cervantes en su momento”… porque con Cervantes nace en nuestra lengua (y en otras, pues no se entiende a Laurence Sterne sin Cervantes, por ejemplo) la vía de la novela experimental. Y el cervantismo de Del Paso queda expuesto, además de estar presente de modo práctico en sus novelas, en su Viaje alrededor de El Quijote (2004), que es eso, un recorrido por la crítica quijotesca, y que arranca de este modo, como si reescribiera aquella otra historia: “Alguien, de cuyo nombre no es que no quiera, sino que no puedo acordarme, descubrió las enormes, irreparables pérdidas que sufrió el Occidente tras su encuentro con América”.
Del Paso fue un cronista de Indias a la inversa: con la historia de Maximiliano y Carlota mostró a los europeos un espejo mágico-realista. De forma inesperada, eso que creían lejano y extravagante, en sus lecturas de los escritores del boom, se convirtió en parte sustancial de sí mismos… y la agonía de la novela se transmutó, para decirlo con Gorostiza, en una muerte sin fin; o, para convocar aquí a Cyril Connolly, en una tumba sin sosiego.

¿Estamos frente a un genio?

The Unquiet Grave (1944), tal es el título original del libro del ensayista británico en el que Del Paso se encontró (o reencontró) con el personaje Palinuro; aunque hay también un Palinuro en La feria (1963), de Juan José Arreola, un poeta de Guadalajara de ese nombre que visita el Ateneo Tzaputlatena y de cuya asistencia a ese círculo intelectual pueblerino se cuenta lo siguiente: “El resto de la velada fue más bien melancólico. Después de un breve periodo de entusiasmo y euforia, Palinuro cayó en una somnolencia profunda, como el piloto de la Eneida, y se quedó dormido con sus hojas de papel en la mano. Poco después se deslizó suavemente desde la silla hasta el suelo, y no pudo leernos sus poemas” (pp. 114-115, Mortiz, Serie del Volador).
En efecto, se trata del piloto de Eneas que en una noche de tormenta es vencido por el sueño y cae al mar para ser luego arrojado a una playa, en donde lo asesinan. Connolly asume al personaje virgiliano como un alter ego; y desde Palinuro arma un discurso ensayístico (en la tradición del Virginibus Puerisque de Stevenson) desde el que se observa el arte y la vida. Ahí habrá leído Del Paso esto que lo confirmaba en su camino: “Cuantos más libros leemos, mejor advertimos que la función genuina de un escritor es producir una obra maestra y que ninguna otra finalidad tiene la menor importancia”.
Connolly aconseja a los autores no distraerse en otros oficios relacionados con la palabra y dedicarse sólo a aquello que es su meta. “Los escritores enfrascados en cualquier actividad literaria que no presuponga el intento de crear una obra maestra”, escribe, “son víctimas de sí mismos y, a menos que estos autoaduladores se limiten a considerar aquellas actividades como su contribución al esfuerzo de la guerra, tanto los valdría el pelar patatas.”
Con la arrogancia del autor de una primera obra maestra, se había presentado en sociedad Fernando del Paso al aparecer, en la naciente editorial Siglo XXI, José Trigo. Al anunciar esa novedad literaria, en el suplemento La Cultura en México, en lo que llamaban una apasionante incógnita de nuestras letras, se hacía esta pregunta: “¿Estamos frente a un genio?” Ello, la posibilidad de haberse construido entre nosotros una novela total (o el intento por hacerla), generó en los críticos una curiosa distancia; y el mismo Del Paso se puso a la defensiva. Dijo alguna vez: “Me interesan los juicios sobre mi libro, y a ellos reacciono con respeto algunas veces, con desprecio otras, en ocasiones con agradecimiento y en ocasiones con risa… Por otra parte, de la misma manera que acepto el derecho de los críticos de pensar y declarar que José Trigo es un libro informe, disparatado, me reservo el derecho de pensar y declarar que los juicios de quienes así opinan abundan en adjetivos que reflejan sus propias cualidades”.
¿Habrá logrado Del Paso ese objetivo del libro total en su primer trabajo novelístico? En Joyce, el avance de lo sencillo a lo completo es paulatino: arranca con los cuentos de Dublineses, sigue con una ficción de base autobiográfica, Retrato del artista adolescente, y sólo entonces se enfrasca en el proyecto de Ulises y cierra luego con Finnegans Wake. Del Paso quema etapas y desde el comienzo intenta su Ulises, una novela estructuralmente compleja y temáticamente ambiciosa. Mas José Trigo es eso (un ejercicio joyceano) y otras cosas: están los asuntos históricos, la guerra cristera y el movimiento ferrocarrilero; y hay otras presencias: el mito original en el que se sustenta (el equivalente a la Odisea para Joyce en Ulises) es la mitología náhuatl, algo que se revela sobre todo en esa sección intermedia que es El puente; y están también, claro, Faulkner y Rulfo.
Desde la perspectiva actual podemos valorar el universo creado por Del Paso ya como un todo, pues sabemos cuál fue su inicio y hacia dónde llegó. Y cabe preguntarse qué lugar ocupa en ese cosmos José Trigo. ¿Será ya la novela total o sólo un primer intento por acometer esa empresa? Escribió José Luis Martínez en 1968 en la Revista de la Universidad: “De cierto puede decirse que José Trigo es una novela ardua y problemática y que acaso el tiempo nos dé la luz con que ahora no sabemos leerla u olvide su laboriosa fábrica”.
El tiempo la ha situado como un comienzo. En términos de escritura, implicó un sofisticado taller de creación literaria. Hay quien aún cree que se le nota demasiado lo joyceano (monólogo interior, juegos de palabras, técnicas distintas en cada capítulo…); y hay quien la celebra todavía como una primera obra maestra de su autor. Sabemos que en la ars poetica delpasiana circulan, por un lado, la compleja elaboración verbal; y, por el otro, el trasunto histórico, la exploración de pasajes de la historia, avenidas que en José Trigo están ya perfectamente trazadas.

La deriva

Sin saber lo que ocurriría más tarde en esos territorios de Nonoalco-Tlatelolco, explora Del Paso una geografía también marcada por la historia. Las páginas finales de José Trigo están llenas de anuncios de lo que sucedió después, en la Plaza de las Tres Culturas, y quizá este hecho hizo que su autor, que dedica Palinuro de México al movimiento estudiantil de 1968, no considerara es espacio para el momento final de su protagonista.
Se inscribe esa novela en una serie narrativa que tiene su importancia, la de la novela del 68, acaso tan significativa y tan nutrida como la novela de la Revolución. Se ha mencionado antes Crónica de la intervención, de Juan García Ponce, retrato de ese año festivo y fatal; y de él es también La invitación (1972), novela igualmente marcada por el sueño, según este epígrafe de Novalis: “El sueño se hace mundo, el mundo se hace sueño”.
De ese ciclo convendría citar también Si muero lejos de ti (1979), de Jorge Aguilar Mora; y Muertes de Aurora (1980), de Gerardo de la Torre… Más la lista es larga y llega hasta el chileno Roberto Bolaño, que en el año 1999 publica Amuleto, con la historia de aquella mujer uruguaya que se quedó encerrada en los baños de la Facultad de Filosofía y Letras durante la toma por el Ejército de Ciudad Universitaria.
En Del Paso, el movimiento estudiantil es un contexto; la esencia del 68 está concentrada en ese departamento que se sitúa frente a la Plaza de Santo Domingo, en el despertar erótico de Palinuro y su prima Estefanía y en las aventuras por el Centro Histórico del estudiante de la Facultad de Medicina con sus compinches.
Entre uno y otro libro, entre José Trigo y Palinuro de México, pasa el autor por una experiencia hospitalaria inesperada y un empleo bien remunerado en una agencia de publicidad, estancias de las que sale vivito y coleando. Renuncia a los bienes terrenales y se lanza, cargando con la familia, primero a una estancia como escritor en Estados Unidos y luego a un trabajo menor en la BBC de Londres, todo para lograr sacar adelante su segundo tabique. En éste mezcla la autobiografía con la ficción; es el mismo funámbulo de la palabra, y es a la vez otro. No necesita demostrar su genio, lo que algunos creyeron detectar en José Trigo; mas sus habilidades prosísticas siguen siendo sorprendentes.
No hay ya una construcción, como la pirámide de José Trigo; lo que el personaje de Virgilio dicta es una deriva: la de una generación que se deja arrastrar por los sueños y con ellos muere.
Palinuro de México no es una crónica del movimiento estudiantil; los personajes apenas participan en esos acontecimientos. Hay incluso quien la ha descalificado como parte de ese ciclo novelístico al contabilizar las pocas páginas que a éste se dedican… sin embargo, representa cabalmente lo que animaba al 68. Podría equiparse con Al filo del agua (1947), de Agustín Yáñez, que tampoco se dedica a contar la Revolución, pero que lleva al lector a entender por qué se dio la revuelta. O se me ocurre un símil cinematográfico: la cinta Los soñadores (2003), de Bernardo Bertolucci, cuya trama transcurre mayormente en un departamento parisino, con el trasfondo del mayo francés. En los tres casos no se narra el día a día de esas jornadas; pero está ahí retratado, concentrado, el espíritu que les dio fuerza y sentido.

Lo históricamente verdadero

En los años ochenta del siglo pasado había la fama de dos autores de lengua española que asumían el reto de equipararse, en sus búsquedas narrativas, con James Joyce. Uno era Julián Ríos, y el otro Fernando del Paso. Se les consideraba entonces como figuras de culto; sus obras no se recomendaban a los lectores comunes: había que tener la costumbre de visitar las grandes cimas literarias para acometer esa escalada… Pero ello era parte de un malentendido que el tiempo ha terminado por diluir.
Cuando Del Paso publica Noticias del Imperio, se convierte en un inmediato bestseller, sea por lo atractivo de los personajes Carlota y Maximiliano, o por ese monólogo enloquecido (a lo Molly Bloom) con el que se arma la novela. Ello hace que los recursos más extremos del autor sean asimilados. Siendo ardua su elaboración, en Del Paso siempre ha habido, como lo hay también en Joyce y Ríos, humor. Aunque sean novelas complejas estructuralmente, y donde se usan recursos como la variación formal o se plasman las corrientes interiores de la mente, al final se trata de libros en los que algo se está contando, y donde siempre se crean situaciones divertidas.
Fue un gran salto, de una ironía extraña, el que un escritor exquisito se convirtiera, repentinamente, en un autor exitoso comercialmente. Y en ello se ha apoyado la circulación de sus dos primeras novelas y los ejercicios literarios que ha realizado después. Como si se tratara del avance de un cometa, hubo un tramo en el que su andar fue solitario, o limitado a unos pocos acompañantes; pero de pronto esa vía extraña se convirtió en una enorme galaxia, quizá excesivamente poblada.
No sé si quienes se asombraron con Noticias del Imperio abordaron con el mismo entusiasmo José Trigo y Palinuro de México. El compacto tomito de Siglo XXI de José Trigo hacía ardua su lectura; hasta ahora, editada por el Fondo de Cultura Económica, ha encontrado un continente apropiado. En cambio, Palinuro de México se volvió una pareja extraña de Noticias del Imperio en su tránsito por diversos formatos comerciales…
Esa tríada da cuerpo a la obra de Fernando del Paso. Coinciden en el interés por asuntos históricos: la guerra cristera y el movimiento ferrocarrilero en un caso; el movimiento estudiantil de 1968 en el otro; y la invasión francesa y el reinado de Maximiliano y Carlota, por último. A Del Paso le gusta dialogar con una frase de Borges en la que se confronta lo históricamente exacto con lo simbólicamente verdadero. Parece haber preferido esto último en las dos primeras novelas, cuando altera las cronologías e incluso las geografías (al ubicar, por ejemplo, la Facultad de Medicina aún en el Centro Histórico, cuando ya existía Ciudad Universitaria) para dar realidad a sus ficciones. En Noticias del Imperio juega doble: realiza una investigación exhaustiva; refiere escrupulosamente los hechos, y sólo a partir de ese piso firme de historicidad es que se permite dar entrada a la fantasía. Es decir, intenta ser históricamente exacto y, a la vez, simbólicamente verdadero.
Del Paso es, sin duda, un autor que se desborda. Podría uno entretenerse en sus tres novelones; o empezar a frecuentarlo por aquello que escribió luego de su jubilación como gran novelista, incluida la pieza policiaca Linda 67 (1995), sus poemas adultos e infantiles, el ensayo literario e histórico o sus dibujos. Si fuera un parque de atracciones, diríamos que cuenta con tres grandes espectáculos (enormes montañas rusas, a lo Tolstoi o Dostoievski), y luego algunas secciones menores que tienen, no obstante, el sello maestro de su escritura.
Habría que ubicarlo, sí, con Julián Ríos, y a la estela de Joyce, en esa nómina peculiar de los escritores excesivos.

Enero 2016

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miércoles, junio 05, 2013


Vicente Leñero: abecedario personal

Al centro de la mesa destaca una máquina de escribir portátil de color marrón marca Brother; no se trata de una reliquia porque tiene cinta bicolor y funciona, es la herramienta actual con la que trabaja Vicente Leñero (Guadalajara, 1933). En ella teclea, sobre todo, su columna mensual para la Revista de la Universidad, y con ella armó, a tres dedos, un libro reciente de casi 250 páginas: Más gente así (2013). Hay una colección, también funcional, de lentes para la vista cansada; en los muros, placas metálicas en miniatura conmemoran las puestas en escena de sus obras de teatro; sembradas aquí y allá, colgadas o en los libreros, hay fotografías en donde, por ejemplo, se le ve muy joven en su examen final de la carrera de ingeniero en la capilla del Palacio de Minería u otra donde saluda a Juan José Arreola, uno de sus maestros.
Es la víspera de su cumpleaños número ochenta, a celebrarse el domingo 9 de junio, día de San Efrén. Se le propone no la entrevista convencional ni el cuestionario Proust sino el armado de un abecedario, de la A a la Zeta (que llegará hasta la Y), como mapa de una vida; Leñero acepta el juego, aun a riesgo de que su realización tarde un poco. Toma asiento, en el estudio de su casa en San Pedro de los Pinos, y espera lo que traerá la primera letra.

Albañiles, Los

Lo que me pasó con ese libro que es pedí una beca al Centro Mexicano de Escritores y me la dieron, pero yo la solicité en cuento y la recibí en novela. Fui con Ramón Xirau y le expliqué mi conflicto; él me sugirió que juntara los relatos y los presentara como historias dentro de una gran historia. “Si no lo haces así te van a suspender la beca”, me dijo. La cuentista era Guadalupe Dueñas, ese lugar ya estaba ocupado. Y me iba muy mal en las sesiones, pésimo; cada vez que me tocaba presentar mis adelantos me daban unas zangoloteadas espantosas. Me ponían como del asco. Un día, estaba yo muy jodido, al final de la sesión me alcanzó Ramón Xirau. Recuerdo que para entonces yo llevaba unas cien páginas escritas. No sé si nos hablábamos de tú o de usted; me dijo: “¿Por qué no olvida esas cien páginas y empieza de nuevo?” El Centro Mexicano de Escritores estaba en Río Volga, cerca del Ángel de la Independencia, y me regresé caminando a mi casa; pensaba todo el camino en la recomendación de Xirau. Al llegar a mi departamento tomé las cien cuartillas, las rompí y empecé desde cero.

Biblioteca

Esta es mi biblioteca, formada en parte por las bibliotecas de mi padre y de mi suegro. Me quedé algo traumado por algo que me dijo Gabriel Zaid: “¡Como puedes acumular tantos libros! Yo tengo sólo cien, no paso de esa cifra; los demás libros que me van llegando los pongo afuera de mi casa para que se los lleve el que quiera”. Lo que hago es regalar, todo el que viene a la casa se lleva un libro. La biblioteca paterna era pequeña y éramos varios hermanos; había un lugar en donde estaban los títulos incluidos en el índice de los libros prohibidos por la Iglesia. Era uno de esos libreros con puertas y llavecitas, y cuando mi madre se descuidaba yo tomaba uno de esos tomos; estaba ahí la obra de Dumas y de Víctor Hugo… Mi padre era muy buen lector; a veces en las vacaciones, en lugar de salir a jugar o ir a algún lado nos poníamos a leer.

Carballido, Emilio

Era mi vecino. Lo encontré una vez por el mercado y me dijo:
—¿Qué haces aquí?
—Aquí vivo.
—¿Dónde?
—En avenida 2 y calle 9.
—¡Pero si ahí vivo yo!
Compró la casa de enfrente. Llegaba yo en las noches, a las 3 de la madrugada, porque teníamos cierre de la revista, y siempre veía la luz de su estudio encendida.
—¡Qué barbaridad, me sorprendes! Siempre veo la luz de tu estudio encendida por las noches.
—No, eso lo hago por los ladrones —aclaró—, yo escribo en las mañanas.
Como dramaturgo, sin duda era el mejor de su generación, el más activo y el más productivo. Llevó el costumbrismo a su mayor límite; después hizo obras más complicadas, que no me gustaron tanto. Me sigue pareciendo espléndido, las obras del D.F. todavía se representan en las escuelas.

Dramaturgia

Me extraña, por ejemplo, que el departamento de teatro de la Universidad Nacional no dé énfasis en la dramaturgia mexicana, que no monte obras mexicanas. Aparte de los problemas que tiene uno con los directores, de que tomen la obra y hagan otra cosa, o se inspiren en ella para hacer una puesta original, pienso que no hay un impulso a la dramaturgia mexicana. Todos los directores quieren poner su Hamlet, y hay un acervo de dramaturgos nuestros que no se fomenta. En cuanto al término dramaturgia como adaptación, trabajé con Luis de Tavira una obra de Jorge Ibargüengoitia, Clotilde en su casa; la obra quedó intacta pero se creó un segundo plano en donde Ibargüengoitia como personaje trabajaba en sus piezas teatrales. A la viuda de Ibargüengoitia, Joy Laville, le disgustó ese experimento.

Enemigos

No tengo, no creo tener enemigos... En un tiempo para mí el enemigo fue Emmanuel Carballo, que hizo un informe negativo de Los albañiles cuando la llevé al Fondo de Cultura Económica y no la publicaron. Al aparecer la novela en España hizo público ese informe, en el que me hacía talco; y decía que el premio Biblioteca Breve había bajado de calidad. Así nos fuimos: yo siempre hablaba mal de él, él siempre hablaba mal de mí. Hasta que nos reconciliamos hace poco. Me lo encontré en la Feria del Libro de Guadalajara y me comentó que le había parecido muy bien mi libro Gente así, y que ya quería terminar con nuestros malentendidos. Otro enemigo fue Fernando Benítez con su concepto mafioso, y donde sus retoños eran toda la gente de mi generación. En Los periodistas hablo burlescamente de él, y respondió Benítez con un artículo. Al final escribió un libro, Los demonios en el convento, y me lo mandó con una dedicatoria muy amable; le hablé para agradecerle ese gesto. “Sé que me odias”, me dijo. La charla fue cordial, quedamos de vernos, pero eso ya no ocurrió. Son enemigos literarios con los que terminé bien.

Fuentes, Carlos

Lo conocí cuando me dieron el premio Biblioteca Breve. Se hizo una ceremonia muy pequeña a la que asistió Fuentes. Le quedé agradecido. Nos veíamos frecuentemente pero nunca hubo una amistad muy cercana.

Gobierno

Mi relación con el gobierno siempre ha sido problemática. Julio Scherer tuvo un contacto periodístico con las gentes del gobierno, conocía a todo mundo, pero cuando estuvo Salinas de Gortari hubo pleitos frecuentes y Salinas me llamaba a mí para quejarse de Julio. Me hacía ir a Los Pinos. No soy amigo de los políticos.

Hermanos

Tengo dos hermanos varones, el que vive es mi vecino. El mayor ya murió, Armando; por él empecé a escribir, contagiado por él: escribía cuentos y mi padre los leía en voz alta, los elogiaba muchísimo. Le tenía envidia, por él me hago escritor. El otro hermano, Luis, es sociólogo y nunca ha tenido mucho contacto con la literatura. Tuve dos hermanos y tres hermanas, una de ellas, Juana María, ya falleció; también están Celia y Esperanza. Hemos sido vecinos, mi padre compró terrenos para dejárselos a sus hijos cuando San Pedro de los Pinos era un barrio en construcción.

Ingeniería

Siempre me gustó la literatura pero nunca pensé estudiar eso. Me asumía como un escritor de casa. Escogí la ingeniería porque era bueno para las matemáticas. Al llegar al tercer año de la carrera vi el anuncio de una escuela de periodismo, oficio que no me interesaba, pero pensé que ahí me iban a enseñar a escribir. Finalmente me desbalagué, dejé materias pendientes en la Universidad, me fui a España con una beca; luego quise neciamente terminar la carrera y obtuve el título. Cuando fui por él me pidieron 200 pesos, que no traía; hasta en tiempos de Jorge Carpizo un amigo me ayudó a concluir el trámite. Ahí lo tengo.

Julio Scherer García

Es una especie de hermano. Él me llamó a trabajar en Revista de Revistas. Luego, en 1975, le conté que ya quería dejar el periodismo, que mi ideal era quedarme en casa a escribir, a gusto, no en las redacciones o en los ratos libres. Me dijo: “Espérate tantito”, y vino entonces el golpe a Excélsior y me enrolé con él en la aventura de Proceso. Hemos sido muy cercanos. Ya está viejo, tiene 87 años, me lleva siete. Nos consideramos muy unidos. Solía haber una suerte de sumisión a Julio Scherer mas yo lo trataba naturalmente, él siempre me escuchaba. Discutíamos con libertad. Lo quiero mucho.

Kafka, Franz

Lo leí, sí, pero mi mundo no se conecta con él… aunque siempre aprendemos algo de Kafka. No soy experto en su obra.

La vida que se va

En la literatura me perdí mucho en la forma. Me entró el nouveau roman, que me llevó a muchas exageraciones. Incluso Los periodistas es una novela formalmente muy complicada y para qué dar tantos brincos si está el suelo tan parejo. Yo quería escribir una novela más sencilla, y lo hice con La vida que se va. La trabajé con la imaginación; quedé muy satisfecho y me dije: esto es lo último que escribo de novela.

Mujer

He vivido con María Estela, mi mujer, toda la vida. Llegamos a los cincuenta años de casados. Ella es psiconalista y trabaja en casa; aquí, junto al estudio, puso ella su consultorio. A veces me dan ganas de escuchar las historias que le cuentan sus pacientes… Nos conocimos a través de la Acción Católica, éramos muy mochos. Me casé con ella una semana después de que me recibí.

Niñez

Lo que mejor recuerdo de la infancia es la lectura. Había una editorial española que tenía colecciones de cuentos franceses, hindúes, chinos; cuando me querían regalar algo pensaba en esas colecciones. Leer era como un juego. Mi padre nos prestaba los libros de Julio Verne y ponía señales en las páginas para que nos saltáramos las explicaciones científicas, que pensaba nos iban a aburrir, pero esas partes marcadas nos daban curiosidad, algo como lo que ocurría con los libros prohibidos.

Octavio Paz

En algún tiempo fuimos vecinos de oficina en Excélsior, yo en Revista de Revistas y él en Plural. Me parece un poeta maravilloso; Piedra de Sol es una gran obra… Los grandes personajes, como Fuentes o Paz, siempre me han cohibido.

Periodismo de emergencia

Entré a la Escuela de Periodismo Carlos Septién García pensando que ahí me iban a enseñar a escribir y me adentré en ese oficio, que intenté conectar con la literatura. Una edición más o menos reciente de mi Periodismo de emergencia, de Random House, fue a dar a la guillotina al poco tiempo de haber salido. Me mandaron una carta en donde me explicaban que el libro no se vendía y por lo tanto sería destruido, lo hicieron tiritas. Ahora Conaculta hará una edición algo reducida, le quitaron una sección completa; así, por lo menos, el libro va a revivir.

Q, Estudio

Es una novela con la que tuve muchos conflictos. Quería ser una sátira del nouveau roman. Joaquín Díez-Canedo me preguntó:
—¿De veras quiere publicar este libro?
—Sí, Joaquín, lo quiero publicar.
Los críticos me pusieron como dado; uno de ellos fue Huberto Batis, que podría ser también un enemigo. Ya no supe más de Estudio Q, y uno no vuelve a leer sus propios libros. Un día un amigo conversó con Guillermo Cabrera Infante y hablaron de mí. El cubano dijo:
—Lo único que me gusta de Leñero es Estudio Q.
Lo sentí rescatado.

Rulfo, Juan

Lo conocí desde el principio. Daba un taller, que no era parte de la beca, en el Centro Mexicano de Escritores. Conversábamos de puros chismes, hablaba mal de todo el mundo. En un tiempo trabajé en un despacho de ingeniería como dibujante, y él vivía muy cerca. Tomábamos café. Se quejaba entonces del guión de Pedro Páramo que habían hecho Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez… Su ídolo era Fernando del Paso. Me habló de Ramuz, el autor suizo, como su gran influencia; hay una novela de Ramuz sobre un pueblo fantasma, Derborence, que fue una buena inspiración para llegar a Pedro Páramo. Siempre hay una fuente, un contagio, algo que da origen al texto.

Sueño

Sueño muy poco. Alguna vez a uno se le ocurre escribir sobre un sueño que parece literariamente interesante pero a las dos horas el sueño ya se olvidó. En el otro sentido, de joven uno soñaba con que le publicaran un libro; luego, que uno se abriera paso en el campo literario. Ahora sueño con morir tranquilamente, con no sufrir. Ese sería un sueño grato, uno ya siente las pisadas muy cercanas.

Teatro

En esos juegos infantiles hacíamos títeres, jugábamos los hermanos a hacer teatro, que fue mi primera inquietud. Hay historias que se dan mejor en un género o en otro; una preocupación mía es que uno se puede dedicar a cualquier cosa que necesite de la palabra; un escritor tiene ese campo muy abierto para utilizar el oficio. Rescato dos obras mías… más bien una: La visita del ángel, que maneja el silencio junto con la palabra. Llevé el realismo a sus extremos; quise ensayar sobre el naturalismo, conduciéndolo al límite. La otra obra en la que pensé es La mudanza; y una más: Nadie sabe nada, por el manejo de los espacios.

Usigli, Rodolfo

Fue mi primer maestro. Fue a ver Pueblo rechazado. Siento que los epílogos a sus obras son mejores que sus obras, que se solucionan muy fácilmente. La mejor es Corona de sombras, la que más me gusta. Otro maestro para mí fue Ramón Xirau, como guía literario; también Juan José Arreola, que me abrió el mundo. Y Joaquín Díez-Canedo, claro. Son personas a las que les debo mucho.

Vejez

Estoy bien de salud, no me enfermo; soy una persona que nunca ha pasado por un quirófano. La vejez con salud es tranquila. Ya casi no ambiciona uno nada. Pienso en la vejez dolorosa, que no me ha tocado, por eso mi sueño sería morir tranquilamente, sin complicaciones, sin largas agonías. Escribo poco y tardo mucho; más bien leo: la vejez es un buen momento para leer, para retomar ese ciclo. Veo los libros y me digo: ¡carajo, lo que le falta a uno por leer!

Yo

Soy un hombre que descubrió el oficio de las palabras en lugar del oficio de la ingeniería, que siempre fue un reto para mí, una materia pendiente y no desarrollada. Y que descubrió que el oficio de la palabra se puede enfocar a todo lo que necesita de ella: radionovela, telenovela, cine, teatro, cuento, novela, periodismo… Ya no hay más, o sí: la poesía, que no cultivé. Lo mío es la palabra escrita, no la hablada, no tengo facilidad de palabra. Me encantan los que escriben bien. Y disfruto la buena prosa, lo que se consigue en la vejez acaso porque no hay prisa alguna por terminar.

Junio 2013

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sábado, junio 16, 2012



¡Los Beatles de la narrativa latinoamericana!


En una nota periodística, ofrece Gabriel García Márquez la siguiente postal del Carlos Fuentes de los años sesenta: lo recuerda en su estudio “escribiendo a máquina con un solo dedo de una sola mano, como lo ha hecho siempre, en medio de una densa nube de humo y aislado de los horrores del universo con la música de los Beatles a todo volumen”.
En sus conversaciones con James R. Fortson (ocurridas en París en junio de 1973), reconoce Fuentes acompañar sus jornadas creativas con un disco en la tornamesa, que le proporciona, dice, un ritmo que se trasmite a la prosa, fundiéndose con ella.
¿Qué libros suyos contienen, como melodía silenciosa, la música liverpooliana? Habría que revisar, bajo esta idea, Zona sagrada (1967), Cambio de piel (1967) y Cumpleaños (1969). Hay un guiño beatle temprano en “A la víbora de la mar”, el cuento que cierra Cantar de ciegos (1964): cuando ante la solterona Isabel, que emprende un viaje en crucero de Acapulco a Miami, se presenta un joven rubio (“ese perfil delgado, esos labios finos, esos ojos grises y sonrientes que despojaban de ceremonias la inclinación un poco rígida del cuerpo”), es posible imaginar al escritor en su estudio, fuma que fuma, con el índice derecho listo para teclear en su Remington portátil y con el tocadiscos activo, preguntándose cómo llamaría al personaje. Tendría que ser un nombre algo absurdo, puesto que se trata de un estafador. Se le ocurre entonces:
—My name’s Harrison Beatle.

Los cuatro fabulosos

En los años sesenta Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez conformaron un grupo compacto, el de los narradores del boom, que realizó en la literatura hispanoamericana hallazgos equivalentes a los que entonces se llevaban a cabo en la música popular bajo el liderazgo de los Beatles. Los caminos del cuarteto de Liverpool y de esos otros “cuatro fabulosos” (de la letra impresa) pueden considerarse paralelos, incluso en el inevitable rompimiento (la fractura de una amistad) y la obra en solitario.
El juego de las comparaciones fija, a la vez, un marco teórico preciso: Carlos Fuentes sería Paul McCartney, un artista completo, con una carrera esplendorosa en esa época y desigual en las décadas que siguieron, perseverante hasta el último suspiro en el acierto y el error; el John Lennon de los escritores es, sin duda, Julio Cortázar, como figura de gran presencia en la lucha social y aficionado a las vanguardias, lector de Lewis Carroll y James Joyce… Y los roles de George Harrison y Ringo Starr habría que distribuirlos entre Vargas Llosa y García Márquez, aunque acaso para ambos sería injusto verse retratados en el baterista, de limitaciones claras como músico, sostén, sin embargo, de la ligereza y la buena onda. Por su temperamento aéreo, ¿García Márquez sería un buen Ringo Starr?
El colombiano ha confesado su afición a los Beatles; dice no olvidar aquel día memorable del año 1963 en que oyó por vez primera, de modo consciente, una canción del grupo inglés. A propósito de ese encuentro apunta: “Esta tarde, pensando todo esto frente a una ventana lúgubre donde cae la nieve, con mas de cincuenta años encima y todavía sin saber muy bien quién soy, ni qué carajos hago aquí, tengo la impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que los Beatles empezaron a cantar. Todo cambió entonces. Los hombres se dejaron crecer el cabello y la barba, las mujeres aprendieron a desnudarse con naturalidad, cambió el modo de vestir y de amar, y se inicio la liberación del sexo y otras drogas para soñar. Fueron los años fragorosos de la guerra de Vietnam y la rebelión universitaria. Pero, sobre todo, fue el duro aprendizaje de una relación distinta entre los padres e hijos, el principio de un nuevo dialogo entre ellos que había parecido imposible durante siglos”.
Reconoce García Márquez como soundtrack de la escritura de Cien años de soledad a los preludios de Debussy y A Hard Day’s Night, banda sonora de la cinta beatle estrenada en México como La noche de un día difícil. La novela de Gabo se publicó en 1967, el año del Sargento Pimienta.

De Elvis Presley a Charlie Parker

Para ser George Harrison, a Vargas Llosa le falta el talante místico, ¿debemos considerarlo, entonces, un segundo Paul McCartney? Su producción es continua, con un par de piezas maestras de carácter polifónico (La casa verde y Conversación en La Catedral), junto a algunos títulos de giro menos exploratorio. En Los cachorros, nouvelle del año 67, la historia se cuenta a ritmo de mambo y rock and roll, ubicándose, rítmicamente, entre Elvis Presley y Dámaso Pérez Prado.
Si hay un tapiz musical en Julio Cortázar, éste es el jazz. En El perseguidor rinde tributo al saxofonista Charlie Parker. Se ha dicho que Cortázar armaba sus cuentos según la técnica de improvisación jazzística. El argentino dio alguna vez la siguiente explicación: “Y entonces, una melodía trivial, cantada tal y como fue compuesta, con sus tiempos bien marcados, es atrapada de inmediato por el músico de jazz con una modificación del ritmo, con la introducción de ese swing que crea una tensión. El músico lo atrapa por el lado del swing, del ritmo, de ese ritmo especial. Y mutatis mutandi, eso es lo que yo he tratado de hacer en mis cuentos”.
¿Hay un quinto Beatle narrador? Ese papel se le otorga a veces a Pete Best, el primer baterista; pero también a Stuart Sutcliffe, amigo de John Lennon, que tocaba el bajo en la primera etapa de la agrupación, cuando viajaron a Hamburgo; o al productor George Martin, que construía con ellos las canciones y aceptaba los desafíos técnicos que le proponían; o a Eric Clapton, que participa en “While my Guitar Gently Weeps”; o a Billy Preston, en los teclados de Let it Be; e incluso a Yoko Ono, siempre por el estudio… En cuanto a la literatura éste podría ser el chileno José Donoso, autor de El lugar sin límites, El obsceno pájaro de la noche (entre otras novelas) y una Historia personal del boom.
¿Y por qué no decir que estos cuatro narradores fueron como los Rolling Stones, pregunta alguien? El símil entonces no se sostendría, y podría en cambio aplicarse ese referente, sin alterar mucho la realidad, a la llamada generación del Medio Siglo, afectos a la fiesta dislocada, el reventón y la orgía, según consta en las novelas de Juan García Ponce (memoria de esos días), que podría ser un buen Keith Richards. Algo diabólicos, además, por lo que tendríamos en Salvador Elizondo al mejor Mick Jagger.
¿Qué hacer, por último, con Gustavo Sáinz y José Agustín? Uno sería César Costa y el otro un perfecto Enrique Guzmán.

Ella entró por la ventana del baño

Las mujeres son parte del paisaje: Silvia Lemus es Linda McCartney; Mercedes Barcha (de García Márquez) es Barbara Bach (hasta por el sonido de sus nombres), la mujer de Ringo; la primera esposa de Julio Cortázar, Aurora Bernárdez, es Cynthia, y la segunda, Carol Dunlop, es Yoko Ono; y Vargas Llosa, en el papel de Harrison, tuvo a su Patty Boyd, de nombre Julia Urquidi, la tía Julia, y a su Olivia Trinidad Arias, que es Patricia Llosa.
Patty Boyd, por cierto, pasó de los brazos de Harrison a los de Eric Clapton, situación que pudo haber terminado con esa amistad… pero fue más fuerte la pasión por la música de estos dos extraordinarios guitarristas. Distinto a lo ocurrido con García Márquez y Vargas Llosa, luego de aquel famoso desencuentro del 12 de febrero de 1976 en que el colombiano perdió por nocaut al recibir en el Palacio de Bellas Artes un golpe recto de derecha que lo dejó en la lona.
—Por lo que le hiciste a mi esposa Patricia —fue la parca explicación de Vargas Llosa, según algunos testigos del hecho.
A los dos días, García Márquez acudió al estudio del fotógrafo Rodrigo Moya y le pidió tomas de su rostro, con el ojo izquierdo aún morado.

En el hit parade internacional

Ambos cuatro, diría el tartamudo, han bordeado las alturas. Ya se habló de los “éxitos” de Vargas Llosa y García Márquez; refiéranse ahora, para completar el cuadro, los títulos La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Aura y Rayuela, en el hit parade internacional, tan sorprendentes como Revolver, Rubber Soul o Abbey Road.
En cuanto a la atmósfera de la época circula en Internet un documento fílmico de Julio Pliego con tomas del cumpleaños 37 de Fuentes, en noviembre de 1965, para el que se eligieron como fondo musical, en una edición posterior, un par de canciones de los Beatles: “In my life” e “If I needed someone”; se ve a Fuentes bailando twist, rodeado de figuras del espectáculo (Enrique Álvarez Félix, Julisa, Lucha Villa, Jacqueline Andere y Rita Macedo, entre otros) y del ámbito cultural (José Luis Cuevas, Héctor Azar, La China Mendoza, Sergio Magaña o Margo Glantz), como un príncipe de las letras. Participa en esa fiesta García Márquez, de saco a cuadros y con gazné.
La presencia más regular de este cuarteto de narradores fue en los años sesenta, en donde no podría pensarse en uno sin mencionar a los otros, coincidiendo sus destinos en algunas ciudades europeas, como Barcelona y París, además de la ciudad de México. Si hubo en lo musical una Invasión Británica, de Inglaterra hacia los Estados Unidos, hubo además en la narrativa una Invasión Latinoamericana, de este continente hacia (por lo menos) España.
Según Fuentes, en los años sesenta “se cimentó y desplegó una nueva novela hispanoamericana que por primera vez, como movimiento general, superó la atención parroquial y encontró públicos nacionales e internacionales. Agotados sus viejos recursos anecdóticos, la nueva novela hispanoamericana, ejemplarmente, se abocó a una multiplicidad de exploraciones verbales. Nuestros mejores escritores entendieron que entre nosotros todo está por decirse, todo está por imaginarse. Porque nuestra vida personal y colectiva se sostiene sobre lenguajes históricamente falsos, la escritura de creación es, de manera inmediata, la forma y la materia de una nueva convivencia” (Diorama de la Cultura, Excélsior, 7 de diciembre de 1969).
En Terra Nostra, Fuentes rinde tributo a esa amistad al incluir en la novela a personajes emblemáticos de los libros de sus compañeros: están ahí, con Polo Febo (el protagonista manco, con un solo brazo útil, como Fuentes cuando escribía), en una partida de naipes que sucede en una vieja casa de la rue Savoie en París, el argentino Oliveira, el limeño Santiago Zavalita y el colombiano Buendía.
París era ya, para el mexicano, la última ciudad, la morada final; se lee en Terra Nostra: “Todos los buenos latinoamericanos vienen a morir a París”. Y hacia allá viajan sus cenizas. En el cementerio de Montparnasse, por cierto, tendrá como vecino a Julio Cortázar.
Carlos, Julio, Mario y Gabo en los años sesenta: los fab four de la narrativa latinoamericana.

Junio 2012

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lunes, junio 29, 2009


“Mi responsabilidad como viuda es muy grande”

Hasta ahora, Paulina Lavista ha sido la única lectora de los 83 cuadernos que conforman los Diarios de Salvador Elizondo, la única que ha leído completas esas 32 mil hojas manuscritas que podrían convertirse, cuando el proyecto de edición cobre forma, en unas diez mil páginas impresas. Lo que se conoció en Letras Libres en doce entregas mensuales, dice ella, es apenas la punta del iceberg. No está ahí, por ejemplo, la historia del puñetazo a la mandíbula con el que Elizondo noqueó a Carlos Fuentes. “Es claro que los Diarios fueron escritos para ser publicados. Durante la lectura uno se da cuenta de que Salvador está consciente de lo que hace, una crónica fantástica de su vida, e incluso al final de cada cuaderno pone un índice. No fue una cosa escrita al viento, aunque es demasiado extenso y no he encontrado a un editor al que entusiasme el proyecto... Es una edición que yo me tardaría diez años en preparar.”
Para la fotógrafa, ser viuda y tener la responsabilidad de un autor de las características de Elizondo ha sido muy difícil. “Tengo que usar mi criterio, tengo que sobrevivir también de esto y vivir para ello. Yo tuve realmente una gran admiración por él, no soy una mujer amargada ni nada que se le parezca, soy una mujer feliz, y lo soy gracias a que fui su compañera. Desde que lo conocí me impresionó, era un hombre fascinante; su vivacidad, su inteligencia, su vestimenta, daban cuenta de un hombre muy culto. Él entendió a quién tenía que dejarle su obra, como conviví con él en su escritura sí creo haber sido muy cercana a la génesis de los textos… Mi responsabilidad como viuda es muy grande y me cuesta trabajo, y a veces, claro, tengo dudas de si lo estoy haciendo bien o no, pero mi principal preocupación sería tratar de entender quién fue Salvador y qué dejó.”
—¿Cómo es la vida que se refleja en esos Diarios?
—Él era flojo, no hizo la gran novela otra vez, para ello necesitaba mucho tiempo y su vida personal, con sus hijas, la pensión, el periodismo, la vida diaria y la renta no daban para eso. Él tendría que haber tenido la herencia paterna antes de tiempo y no la tuvo nunca. Lo recuerda José Emilio Pacheco por su Mont Blanc, su auto deportivo rojo y su blazer, como un junior, cuando Pacheco viajaba modestamente en autobús, pero Elizondo no tenía un clavo, su papá no le daba dinero, tuvo que trabajar en una tienda de refrigeradores. Su papá nunca creyó en él, aunque sí se empezó a dar cuenta, sobre todo cuando le dieron el premio Villaurrutia, que no era un chiste que su hijo quisiera ser escritor. Salvador sufrió mucho, y eso en los Diarios es muy claro.
—¿Qué otras cosas han aparecido en los archivos personales de Elizondo?
—Muchas sorpresas, desde luego, como un poemario que nunca publicó, Contubernio de espejos; también encontré una novela inconclusa que se llama La estatua de Condillac, en donde propone una estatua de los sentidos; está un guión cinematográfico… El potencial está en los Diarios, ahí están las reflexiones libres y puras del escritor, en un diálogo constante con el cuaderno y la realidad. El cuaderno fue como su terapeuta o su confesor, fue su amigo, su verdadero cuate.
—¿Qué ediciones inmediatas podríamos ver en librerías?
—En primer término La escritura obsesiva, que es una antología de sus textos que preparó Daniel Sada para la editorial RM, dirigida a lectores que se encontrarán por vez primera con su obra. Se está distribuyendo ya en España y Latinoamérica y es, quizá, de los libros que le han hecho, el de mejor manufactura, con un papel muy fino, muy cómodo de leer. Ojalá sus otros títulos se pudieran editar con esta calidad. Además, Adolfo Castañón preparó una selección de entrevistas; y se planea reunir en un tomo todo aquello que escribió y dijo, en conferencias, sobre James Joyce.
—Supongo que en los Diarios encontró historias que desconocía.
—Claro, me enteré de muchos chismes, aparecieron muchísimas señoritas… Conmigo fue un hombre muy fiel en el sentido de que nunca faltó a mi casa, se emborrachaba aquí. Y lo de las señoritas ocurría cuando me iba de viaje a hacer mis reportajes, aprovechaba sus días de soltería y daba rienda suelta a su imaginación. Un escritor famoso siempre tiene admiradoras que están dispuestas a cualquier cosa. Ninguna significó ningún peligro, con ninguna se fue y con ninguna dejó de llegar a mi casa. Si quiso tener sus conquistas, allá él.

Junio 2009

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