miércoles, enero 23, 2019


Fernando del Paso: una escritura siempre viva

La inútil certeza de la muerte de Fernando del Paso (1935-2018), ocurrida apenas el 14 de noviembre a las 9:05 en Guadalajara, Jalisco, provocó un aluvión acaso excesivo de valoraciones que lo singularizan y a la vez lo aíslan. La sorpresa tiende a exagerar y vuelve único lo que es, a la vez, común. Se trata, es cierto, de un autor en muchos sentidos excepcional, mas es difícil no ubicarlo entre sus contemporáneos igualmente excepcionales; y sus señas particulares (sobre todo, la pasión por la desmesura en la escritura) se vuelven el sello de una generación si lo pensamos en una foto grupal junto a, por ejemplo, Juan García Ponce (1932-2003) y Salvador Elizondo (1932-2006). Tres plumas desbordadas. Decir que una fue un poco más allá que las otras sería injusto. Marchan los tres a la par (aunque suene raro). Y son, también, muy diferentes.
Entre otras cosas, fueron lectores de James Joyce. Hay el relato de una mítica reunión de Elizondo con Del Paso cuando se propusieron traducir juntos Finnegans Wake. García Ponce arranca el capítulo segundo de su Crónica de la intervención (1982) con esta parodia del inicio del Ulises: “Imponente y rolliza, la tía Eugenia apareció al pie de la escalera con un elegante vestido negro y su bastón de ébano…”
En ese libro, por cierto, se propone García Ponce una intervención de la imaginación sobre la realidad; crea en él un movimiento estudiantil paralelo al sucedido en la historia patria, en un país también ficticio. Ello no oculta sino descubre, arma una verdad acaso más cierta que la conocida. Su extensa crónica del año 68 es potenciada por esa reconfiguración que logra el arte narrativo. Algo similar ocurre con Palinuro de México (1977) de Fernando del Paso al mezclar dos paisajes: el vivido por el autor en los años cincuenta, como estudiante de la Escuela de Medicina en el antiguo barrio universitario, y el del año 68, cuando ya existía, lejos de ahí, la Ciudad Universitaria. Esa desubicación no altera la sustancia, y hay una fecha fatal, la de la madrugada del 28 de agosto, cuando el protagonista intenta subir la escalera de su edificio frente a la Plaza de Santo Domingo luego de ser atropellado en el Zócalo por un tanque del Ejército, y muere en el intento. A propósito de ello, y acaso sin saber de Palinuro, escribe García Ponce esto que puede ser el epitafio del personaje: “Y ni un tanque ni aquel que lo conduce puede advertir que ha pasado por un cuerpo humano”.
El diálogo entre las obras de Elizondo, García Ponce y Del Paso será una labor a futuro. Debe decirse que caminaron juntos. Ahora las circunstancias imponen hablar del último de esos mohicanos, quien se presenta en sociedad en 1958 al publicar, en la colección Cuadernos del Unicornio, bajo la tutela de Juan José Arreola, la plaqueta Sonetos de lo diario. El año siguiente escribe dos cuentos, “El tesoro” y “El estudiante y la reina”; el segundo aparece en la revista veracruzana La Palabra y el Hombre. Hay otro, “La cama de piedra”, que dice haber enviado a Colombia, al Espectador o El Tiempo de Bogotá, y cuyo original no conservó. Y un cuarto relato recreaba esta experiencia: al ir en el autobús, por el norte de la Ciudad de México, vio a un hombre que cargaba un pequeño féretro blanco y a una mujer tras él que recogía crisantemos silvestres. Ante esa imagen poderosa se bajó del autobús y los siguió, con lo que conoció así los campamentos ferrocarrileros de Nonoalco-Tlatelolco. Ese encuentro será el germen de José Trigo (1966), su primera novela.
José de la Colina visitaba a Del Paso durante la hechura de José Trigo, y recuerda que éste armó, con papel y engrudo, una montaña, que era su Volcán de Colima, y con soldaditos de plomo imaginaba las batallas entre los cristeros y el Ejército federal, hecho del que algunos de sus personajes, luego instalados en los campamentos ferrocarrileros, fueron sobrevivientes. El otro suceso recreado en la novela será, claro, el movimiento ferrocarrilero de 1958-1959.
Del Paso se topa con éste sin planearlo. La historia se le impone. Algo similar ocurre con Palinuro de México. Hace poco, entre los papeles de su papá encontró Paulina del Paso el texto de la presentación del escritor en el ciclo Los Narradores ante el Público, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. El caos de la época había ocultado el recuerdo de esa conferencia, ocurrida en agosto de 1968. Del Paso entendió que se trataba de hablar de sí mismo y de leer enseguida fragmentos de una obra en proceso; y decidió fundir esos dos propósitos, por lo que se permitió reinventar su pasado y crear, a la vez, un entorno familiar que era reconocible y también imaginario. Dijo entonces: “En esta novela no me limito a contar lo que fue mi vida y la vida de los seres más cercanos a mí, cuento también, contaré lo que quise que fuera mi vida, hasta el momento o desde el momento en que la maravillosa aparición del azar en lo que escribo y cuento, haga que me olvide de mí mismo, y que comience a contar lo que quiero que haya sido, y sea la vida de mi personaje y de los seres que lo rodean”.
Estaba por nacer Palinuro. Y lo que entonces sucedía en las calles, en uno de los meses definitivos de la protesta estudiantil, terminó por filtrarse e incluso inundar esa novela en proceso. Esto crea una paradoja, pues puede decirse ahora que Palinuro nace y muere en agosto de 1968.
Del Paso no se propuso, en sus comienzos, escribir novelas históricas, y fue la historia la que se metió en sus libros. Quizá ya lo planeó así en el proyecto de Noticias del Imperio (1987), su tercera novela, para la que precisó toda una biblioteca como base de su investigación. Su último proyecto vasto, de reflexión teológica, Bajo la sombra de la historia, dejó un solo libro impreso (editado en 2011), uno más escrito a medias y el tercero enteramente en blanco. Mas ese título lo resume, por varias cosas. Están las páginas autobiográficas del primer tomo, que señalan lo cierto que heredó Palinuro de su vida; y está la cifra de un autor que escribió tres grandes novelas, mamotretos muy queridos, bajo la sombra, o el asombro, por la historia.
En la última década vio aparecer el cuerpo de su obra en pulcras ediciones del Fondo de Cultura Económica. Quizá le pudieron presentar recién impresa, en estos días, antes del fatal amanecer, La muerte se va a Granada (de publicación original en 1988), su pieza en verso en memoria de Federico García Lorca. Y recibió en España en 2015, con todo el garbo, el Premio Cervantes. Partió como los grandes. Sus libros, llenos de vida, están a la mano, no hay pretextos para no seguirlos frecuentando. Que así sea.

Diciembre 2018

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lunes, marzo 28, 2016


Fernando del Paso: muerte (y resurrección) de la novela

En el último tramo del siglo XX, se hablaba en Occidente de la muerte de la novela, que habría conquistado sus grandes cimas en los años veinte y treinta (con Joyce, Proust, Virginia Woolf y otros) para luego transformarse en oscuros ejercicios experimentales cada vez más alejados de la trama y del lector (el mismo Joyce con Finnegans Wake, Beckett y el nouveau roman), objetos literarios de difícil acceso. Un poco de acuerdo con este paisaje, Salvador Elizondo describía un periplo que iba de la Odisea de Homero al Ulises de Joyce, como una vuelta a lo mismo, cual si un círculo se cerrara, y lo que seguía era la imposibilidad narrativa. Un texto suyo, “El grafógrafo”, parecía cifrar ese callejón sin salida: “Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía”…
Como se percató Fernando del Paso (Ciudad de México, 1935), en Latinoamérica el cuento era otro. El boom y sus secuelas llevaron aire fresco a la novela y la hicieron ejercitarse (con Rayuela, de Cortázar, que avanza a saltos, o Cien años de soledad, de García Márquez, como refundación de un tiempo mítico). Cuando se le preguntó sobre esa presunta muerte de la novela, Del Paso, que ya había publicado José Trigo (1966) y Palinuro de México (1977), respondió con buen humor que se trataba, en tal caso, de los funerales de la Mamá Grande.
Piénsese ahora en otras obras mayores de esa época, aún surtidor inagotado: en España aparece Larva (1983), de Julián Ríos; en México, Terra Nostra (1975), de Carlos Fuentes, y Crónica de la intervención (1982), de Juan García Ponce… Más que novelas, novelones, trabajos de muy largo aliento a los que se vuelve una y otra vez. Quizá este ciclo cierre, de algún modo (o se continúe, porque cada gran obra es un fin y un comienzo), con Noticias del Imperio (1987), que será no sólo un éxito de ventas inmediato, llevando lo experimental al gran público, sino que además cruzará varios mares, vía las ediciones simultáneas en México y España o las numerosas traducciones, e instala de nuevo a la novela en territorios como el europeo, en los que parecía haber estado a punto de extinguirse, reconstruyendo a la vez un viejo diálogo.
Según el acta del jurado del Premio Miguel de Cervantes, éste se le concedió a Del Paso “por su aportación al desarrollo de la novela, aunando tradición y modernidad, como hizo Cervantes en su momento”… porque con Cervantes nace en nuestra lengua (y en otras, pues no se entiende a Laurence Sterne sin Cervantes, por ejemplo) la vía de la novela experimental. Y el cervantismo de Del Paso queda expuesto, además de estar presente de modo práctico en sus novelas, en su Viaje alrededor de El Quijote (2004), que es eso, un recorrido por la crítica quijotesca, y que arranca de este modo, como si reescribiera aquella otra historia: “Alguien, de cuyo nombre no es que no quiera, sino que no puedo acordarme, descubrió las enormes, irreparables pérdidas que sufrió el Occidente tras su encuentro con América”.
Del Paso fue un cronista de Indias a la inversa: con la historia de Maximiliano y Carlota mostró a los europeos un espejo mágico-realista. De forma inesperada, eso que creían lejano y extravagante, en sus lecturas de los escritores del boom, se convirtió en parte sustancial de sí mismos… y la agonía de la novela se transmutó, para decirlo con Gorostiza, en una muerte sin fin; o, para convocar aquí a Cyril Connolly, en una tumba sin sosiego.

¿Estamos frente a un genio?

The Unquiet Grave (1944), tal es el título original del libro del ensayista británico en el que Del Paso se encontró (o reencontró) con el personaje Palinuro; aunque hay también un Palinuro en La feria (1963), de Juan José Arreola, un poeta de Guadalajara de ese nombre que visita el Ateneo Tzaputlatena y de cuya asistencia a ese círculo intelectual pueblerino se cuenta lo siguiente: “El resto de la velada fue más bien melancólico. Después de un breve periodo de entusiasmo y euforia, Palinuro cayó en una somnolencia profunda, como el piloto de la Eneida, y se quedó dormido con sus hojas de papel en la mano. Poco después se deslizó suavemente desde la silla hasta el suelo, y no pudo leernos sus poemas” (pp. 114-115, Mortiz, Serie del Volador).
En efecto, se trata del piloto de Eneas que en una noche de tormenta es vencido por el sueño y cae al mar para ser luego arrojado a una playa, en donde lo asesinan. Connolly asume al personaje virgiliano como un alter ego; y desde Palinuro arma un discurso ensayístico (en la tradición del Virginibus Puerisque de Stevenson) desde el que se observa el arte y la vida. Ahí habrá leído Del Paso esto que lo confirmaba en su camino: “Cuantos más libros leemos, mejor advertimos que la función genuina de un escritor es producir una obra maestra y que ninguna otra finalidad tiene la menor importancia”.
Connolly aconseja a los autores no distraerse en otros oficios relacionados con la palabra y dedicarse sólo a aquello que es su meta. “Los escritores enfrascados en cualquier actividad literaria que no presuponga el intento de crear una obra maestra”, escribe, “son víctimas de sí mismos y, a menos que estos autoaduladores se limiten a considerar aquellas actividades como su contribución al esfuerzo de la guerra, tanto los valdría el pelar patatas.”
Con la arrogancia del autor de una primera obra maestra, se había presentado en sociedad Fernando del Paso al aparecer, en la naciente editorial Siglo XXI, José Trigo. Al anunciar esa novedad literaria, en el suplemento La Cultura en México, en lo que llamaban una apasionante incógnita de nuestras letras, se hacía esta pregunta: “¿Estamos frente a un genio?” Ello, la posibilidad de haberse construido entre nosotros una novela total (o el intento por hacerla), generó en los críticos una curiosa distancia; y el mismo Del Paso se puso a la defensiva. Dijo alguna vez: “Me interesan los juicios sobre mi libro, y a ellos reacciono con respeto algunas veces, con desprecio otras, en ocasiones con agradecimiento y en ocasiones con risa… Por otra parte, de la misma manera que acepto el derecho de los críticos de pensar y declarar que José Trigo es un libro informe, disparatado, me reservo el derecho de pensar y declarar que los juicios de quienes así opinan abundan en adjetivos que reflejan sus propias cualidades”.
¿Habrá logrado Del Paso ese objetivo del libro total en su primer trabajo novelístico? En Joyce, el avance de lo sencillo a lo completo es paulatino: arranca con los cuentos de Dublineses, sigue con una ficción de base autobiográfica, Retrato del artista adolescente, y sólo entonces se enfrasca en el proyecto de Ulises y cierra luego con Finnegans Wake. Del Paso quema etapas y desde el comienzo intenta su Ulises, una novela estructuralmente compleja y temáticamente ambiciosa. Mas José Trigo es eso (un ejercicio joyceano) y otras cosas: están los asuntos históricos, la guerra cristera y el movimiento ferrocarrilero; y hay otras presencias: el mito original en el que se sustenta (el equivalente a la Odisea para Joyce en Ulises) es la mitología náhuatl, algo que se revela sobre todo en esa sección intermedia que es El puente; y están también, claro, Faulkner y Rulfo.
Desde la perspectiva actual podemos valorar el universo creado por Del Paso ya como un todo, pues sabemos cuál fue su inicio y hacia dónde llegó. Y cabe preguntarse qué lugar ocupa en ese cosmos José Trigo. ¿Será ya la novela total o sólo un primer intento por acometer esa empresa? Escribió José Luis Martínez en 1968 en la Revista de la Universidad: “De cierto puede decirse que José Trigo es una novela ardua y problemática y que acaso el tiempo nos dé la luz con que ahora no sabemos leerla u olvide su laboriosa fábrica”.
El tiempo la ha situado como un comienzo. En términos de escritura, implicó un sofisticado taller de creación literaria. Hay quien aún cree que se le nota demasiado lo joyceano (monólogo interior, juegos de palabras, técnicas distintas en cada capítulo…); y hay quien la celebra todavía como una primera obra maestra de su autor. Sabemos que en la ars poetica delpasiana circulan, por un lado, la compleja elaboración verbal; y, por el otro, el trasunto histórico, la exploración de pasajes de la historia, avenidas que en José Trigo están ya perfectamente trazadas.

La deriva

Sin saber lo que ocurriría más tarde en esos territorios de Nonoalco-Tlatelolco, explora Del Paso una geografía también marcada por la historia. Las páginas finales de José Trigo están llenas de anuncios de lo que sucedió después, en la Plaza de las Tres Culturas, y quizá este hecho hizo que su autor, que dedica Palinuro de México al movimiento estudiantil de 1968, no considerara es espacio para el momento final de su protagonista.
Se inscribe esa novela en una serie narrativa que tiene su importancia, la de la novela del 68, acaso tan significativa y tan nutrida como la novela de la Revolución. Se ha mencionado antes Crónica de la intervención, de Juan García Ponce, retrato de ese año festivo y fatal; y de él es también La invitación (1972), novela igualmente marcada por el sueño, según este epígrafe de Novalis: “El sueño se hace mundo, el mundo se hace sueño”.
De ese ciclo convendría citar también Si muero lejos de ti (1979), de Jorge Aguilar Mora; y Muertes de Aurora (1980), de Gerardo de la Torre… Más la lista es larga y llega hasta el chileno Roberto Bolaño, que en el año 1999 publica Amuleto, con la historia de aquella mujer uruguaya que se quedó encerrada en los baños de la Facultad de Filosofía y Letras durante la toma por el Ejército de Ciudad Universitaria.
En Del Paso, el movimiento estudiantil es un contexto; la esencia del 68 está concentrada en ese departamento que se sitúa frente a la Plaza de Santo Domingo, en el despertar erótico de Palinuro y su prima Estefanía y en las aventuras por el Centro Histórico del estudiante de la Facultad de Medicina con sus compinches.
Entre uno y otro libro, entre José Trigo y Palinuro de México, pasa el autor por una experiencia hospitalaria inesperada y un empleo bien remunerado en una agencia de publicidad, estancias de las que sale vivito y coleando. Renuncia a los bienes terrenales y se lanza, cargando con la familia, primero a una estancia como escritor en Estados Unidos y luego a un trabajo menor en la BBC de Londres, todo para lograr sacar adelante su segundo tabique. En éste mezcla la autobiografía con la ficción; es el mismo funámbulo de la palabra, y es a la vez otro. No necesita demostrar su genio, lo que algunos creyeron detectar en José Trigo; mas sus habilidades prosísticas siguen siendo sorprendentes.
No hay ya una construcción, como la pirámide de José Trigo; lo que el personaje de Virgilio dicta es una deriva: la de una generación que se deja arrastrar por los sueños y con ellos muere.
Palinuro de México no es una crónica del movimiento estudiantil; los personajes apenas participan en esos acontecimientos. Hay incluso quien la ha descalificado como parte de ese ciclo novelístico al contabilizar las pocas páginas que a éste se dedican… sin embargo, representa cabalmente lo que animaba al 68. Podría equiparse con Al filo del agua (1947), de Agustín Yáñez, que tampoco se dedica a contar la Revolución, pero que lleva al lector a entender por qué se dio la revuelta. O se me ocurre un símil cinematográfico: la cinta Los soñadores (2003), de Bernardo Bertolucci, cuya trama transcurre mayormente en un departamento parisino, con el trasfondo del mayo francés. En los tres casos no se narra el día a día de esas jornadas; pero está ahí retratado, concentrado, el espíritu que les dio fuerza y sentido.

Lo históricamente verdadero

En los años ochenta del siglo pasado había la fama de dos autores de lengua española que asumían el reto de equipararse, en sus búsquedas narrativas, con James Joyce. Uno era Julián Ríos, y el otro Fernando del Paso. Se les consideraba entonces como figuras de culto; sus obras no se recomendaban a los lectores comunes: había que tener la costumbre de visitar las grandes cimas literarias para acometer esa escalada… Pero ello era parte de un malentendido que el tiempo ha terminado por diluir.
Cuando Del Paso publica Noticias del Imperio, se convierte en un inmediato bestseller, sea por lo atractivo de los personajes Carlota y Maximiliano, o por ese monólogo enloquecido (a lo Molly Bloom) con el que se arma la novela. Ello hace que los recursos más extremos del autor sean asimilados. Siendo ardua su elaboración, en Del Paso siempre ha habido, como lo hay también en Joyce y Ríos, humor. Aunque sean novelas complejas estructuralmente, y donde se usan recursos como la variación formal o se plasman las corrientes interiores de la mente, al final se trata de libros en los que algo se está contando, y donde siempre se crean situaciones divertidas.
Fue un gran salto, de una ironía extraña, el que un escritor exquisito se convirtiera, repentinamente, en un autor exitoso comercialmente. Y en ello se ha apoyado la circulación de sus dos primeras novelas y los ejercicios literarios que ha realizado después. Como si se tratara del avance de un cometa, hubo un tramo en el que su andar fue solitario, o limitado a unos pocos acompañantes; pero de pronto esa vía extraña se convirtió en una enorme galaxia, quizá excesivamente poblada.
No sé si quienes se asombraron con Noticias del Imperio abordaron con el mismo entusiasmo José Trigo y Palinuro de México. El compacto tomito de Siglo XXI de José Trigo hacía ardua su lectura; hasta ahora, editada por el Fondo de Cultura Económica, ha encontrado un continente apropiado. En cambio, Palinuro de México se volvió una pareja extraña de Noticias del Imperio en su tránsito por diversos formatos comerciales…
Esa tríada da cuerpo a la obra de Fernando del Paso. Coinciden en el interés por asuntos históricos: la guerra cristera y el movimiento ferrocarrilero en un caso; el movimiento estudiantil de 1968 en el otro; y la invasión francesa y el reinado de Maximiliano y Carlota, por último. A Del Paso le gusta dialogar con una frase de Borges en la que se confronta lo históricamente exacto con lo simbólicamente verdadero. Parece haber preferido esto último en las dos primeras novelas, cuando altera las cronologías e incluso las geografías (al ubicar, por ejemplo, la Facultad de Medicina aún en el Centro Histórico, cuando ya existía Ciudad Universitaria) para dar realidad a sus ficciones. En Noticias del Imperio juega doble: realiza una investigación exhaustiva; refiere escrupulosamente los hechos, y sólo a partir de ese piso firme de historicidad es que se permite dar entrada a la fantasía. Es decir, intenta ser históricamente exacto y, a la vez, simbólicamente verdadero.
Del Paso es, sin duda, un autor que se desborda. Podría uno entretenerse en sus tres novelones; o empezar a frecuentarlo por aquello que escribió luego de su jubilación como gran novelista, incluida la pieza policiaca Linda 67 (1995), sus poemas adultos e infantiles, el ensayo literario e histórico o sus dibujos. Si fuera un parque de atracciones, diríamos que cuenta con tres grandes espectáculos (enormes montañas rusas, a lo Tolstoi o Dostoievski), y luego algunas secciones menores que tienen, no obstante, el sello maestro de su escritura.
Habría que ubicarlo, sí, con Julián Ríos, y a la estela de Joyce, en esa nómina peculiar de los escritores excesivos.

Enero 2016

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miércoles, diciembre 02, 2015


Algunas líneas sobre la crónica

Es oportuno hablar hoy de la crónica. Y apropiado, me parece, el que se le haya considerado en un ciclo de charlas alrededor de los géneros literarios, cuando es una forma de escritura situada en ese margen complejo que se crea entre el periodismo y la literatura.
Oportuno, decía, porque hace unas semanas, en un hecho que fue considerado inédito, la Academia Sueca concedió el máximo galardón literario a una periodista, la bielorrusa Svetlana Alexiévich. Y algunos pensaron que esa acción no tenía sentido, que los caminos de la literatura y el periodismo pueden ser paralelos pero no iguales; y aunque esos orbes se tocan (en un punto que quizá hoy podamos señalar), no hay manera de valorarlos del mismo modo.
Un narrador amigo, Marcial Fernández (quien para ejercer de cronista taurino se hace llamar Pepe Malasombra, quizá eco del Pepe Faroles con que se disfrazaba para escribir sobre los ruedos la novelista Josefina Vicens), escribió un artículo malhumorado en el que lamentaba que el sacrosanto Nobel hubiera recaído en una periodista. El texto de Marcial, no obstante sus carencias (la principal, el desconocimiento de la obra de la autora), proponía algunas definiciones interesantes. Abría con aquello de que “el periodismo es literatura bajo presión”, que dijo Fernando Benítez a los estudiantes de la Universidad Nacional, para considerarlo Marcial como una mentira, según este argumento: “Si bien ambos oficios, el del periodista y el del escritor, utilizan la palabra como vehículo de expresión, sus medios y fines son absolutamente distintos. El primero se vale del empirismo para encontrar certezas, mientras que el segundo recurre a la ficción para descubrir epifanías”.

Empirismo y epifanía

Habría que detenerse en esto. Primero, define Marcial: el periodista se vale del empirismo para encontrar certezas. ¿Es cierto? Supongo que con ello se refiere al reporteo directo de la realidad. El periodista debe mirar de frente aquello de lo que va a escribir. Hay que salir a la calle y contar lo que ahí está ocurriendo. No podría imaginar un suceso y presentarlo a un diario como si fuera cierto, se estaría incurriendo en una gran falta… Aunque esto me lleva a pensar en un reportero deportivo que cubrió una vuelta ciclista; la mayoría de sus compañeros seguían el recorrido en autobuses adecuados para el evento, anotando en sus cuadernos lo que pasaba metro a metro, kilómetro a kilómetro; la agotadora jornada los llevaba inevitablemente a descansar al bar del hotel en que se detenían, en donde ese viejo reportero, whisky en mano, los aguardaba; y les preguntaba, como por socializar, cómo les había ido y qué había pasado. ¿Quién creen ustedes que escribía la mejor crónica?
(Esto me recuerda, al paso, a aquel otro reportero que le tenía miedo a la guerra, y cuando lo enviaron a cubrir una no salió nunca del hotel, y se valía del mismo método del cronista deportivo: al atardecer, reporteaba a sus fatigados compañeros, quienes con espanto le describían lo visto y lo vivido.)
((O pienso también en el Mago Septién, del que se dice adquirió su alias precisamente por la crónica radiofónica de un encuentro de Serie Mundial que tuvo que narrar desde el cuarto de un hotel, con la pura tira de resultados que a cada tanto le actualizaban. Para los escuchas, esa debió ser una gran Serie Mundial.))
El empirismo es eso: ir a la realidad y confrontarla. Decir que se estuvo ahí y que no sea cierto es una falta a la ética periodística. Se trata, principalmente, de observar y describir… Aunque los ejemplos en contrario agregan una paradoja: estar ahí no siempre significa entender; a veces comprende más, captura mejor la situación, el que se quedó afuera del que estuvo presente.
Pero estas desviaciones no se entenderían en una redacción, en donde el principio empírico es teóricamente irrenunciable, aunque con frecuencia no se cumpla esa exigencia. A los reporteros de las agencias noticiosas les piden notas con taxímetro, y reportean como pueden, desde la redacción, por teléfono, malentendiendo aquello de lo que escriben y muchísimas veces, la mayor parte de las veces, confundiendo a los lectores.
Digamos que el gran atractivo del periodismo, del buen periodismo, es esa posibilidad de visitar la realidad y apuntarla, apuntalarla. Los géneros periodísticos ofrecen formas diversas de acercarse al mundo. La nota, que es la semilla del diario, se hace las preguntas básicas del qué ocurrió, cómo, cuándo, dónde y por qué. La fotografía ilustra el suceso. Luego, los opinadores (editorialistas, columnistas, articulistas o figuras entrevistadas) dan una primera explicación razonada de lo que ha significado el hecho para la vida nacional o internacional… Incluso el cartón político es una opinión, un comentario: ofrece un punto de vista. Cuando un periódico hace uso de todas estas herramientas está intentando brindar una imagen plural del mundo. Ese ideal se pone a prueba cuando además en sus páginas da un lugar de privilegio a la crónica y el reportaje. Esto significa que cree dirigirse a un lector inteligente que atenderá esos distintos acercamientos, como posibilidades de lo real, y se creará una idea personal de lo sucedido.
El empirismo consiste, así, en salir del estudio o la biblioteca y asomarse a la banqueta a ver qué está pasando. En cambio el escritor, a diferencia del periodista, dice Marcial, recurre a la ficción para encontrar epifanías.
No sé qué haya querido decir exactamente mi amigo (porque es una frase bella y hueca), mas la palabra “epifanías” me recuerda al irlandés James Joyce, quien desde joven apuntaba en sus cuadernos ciertas impresiones en torno a sucesos cotidianos en las que, él sentía, algo se revelaba. Se convirtió así en un coleccionador de epifanías. Luego ese concepto pasó al relato, en su libro Dublineses; y a la novela, en Retrato del artista adolescente, Ulises y Finnegans Wake. Hay dos grandes epifanías en Joyce, una al final de “Los muertos”, cuando a partir de una canción a la esposa de un hombre se le aparece el recuerdo de un amante muerto, y esto lleva al marido a pensar en su pequeñez por esa sombra con la que ella convive y a la que él no podrá vencer; la otra enorme epifanía es el monólogo de Molly Bloom, que cierra el Ulises, con ese río de palabras que nos conducen hacia una afirmación total, definitiva: “Sí quiero sí me gusta Sí”.
Joyce no fue buen periodista. Cuando vivía en París, intentó ejercer el oficio y ganarse con ello la vida; envió algunos colaboraciones a un diario de su ciudad, por ejemplo entrevistando a un piloto de carreras, mas su cuestionario es de lo más absurdo. Yo lo he mostrado como modelo de mal periodismo. Parece no tener idea de lo que se está conversando. Luego escribió un cuento, “Después de la carrera”, que es una buena narración, alguien diría una buena crónica, vertiginosa, de ese evento deportivo. Y ahí se mueve ya como especialista en el tema.
Esencialmente, me parece, lo que a Joyce le interesaba como escritor era entender, y plasmar en las páginas de sus libros, el alma irlandesa. Le intrigaban sus compatriotas: quería describirlos exactamente como eran, retratarlos de la mejor manera posible. Para recrear una sola jornada, la del 16 de junio de 1904, se vale de todo tipo de instrumentos: sus recuerdos de ese día, periódicos, por supuesto, mapas, y consulta constantemente a una tía que se convierte en su informante. Pienso que reporteaba Dublín; y aunque lo que se cuenta en Ulises no ocurrió en la vida real, digamos, sí transcurre en una realidad posible. Lleva al autor, y con él a sus lectores, a entender cómo son los irlandeses y por qué son así. Hay una verdad a la que se acerca Joyce: la verdad del ser irlandés.
Su acercamiento es también empírico: aunque ya no vive en la ciudad de Dublín, hace la relación de una jornada que sí fue vivida por él. Se inspira en personajes conocidos: el señor Hunter, un judío que ayudó a Joyce cuando unos marineros lo golpearon en el parque; y él mismo es Stephen Dedalus, seudónimo con el que publica sus primeros relatos.
Pero hace ficción, es cierto. No pretendo hacer pasar una novela tan compleja, con grandes destrezas literarias, como un gran reportaje, pero tiene la esencia, sí, de un gran reportaje. La epifanía para Joyce, en tal caso, es un camino para acercarse a la verdad.
(Similares métodos utilizaba Juan García Ponce, novelista mexicano, quien llamaba por teléfono a sus amigos, participantes de alguna fiesta de los años sesenta, por ejemplo, para saber tal o cual detalle de esas reuniones, pues quería que fueran descritas, en sus libros de ficción, con estricto apego a la verdad. Uno de ellos se llama, por cierto, Crónica de la intervención.)

La nube metafísica

Svetlana Alexiévich, a quien me referí al comienzo de esta charla, supo de la explosión en Chernobil, escuchaba historias sobre ello, y le pareció que algo de su circunstancia se revelaba en ese suceso terrible que pudo haber devastado Europa. Por años se dedicó a buscar a personas que habían estado ahí, sobrevivientes de la catástrofe: la esposa del bombero, los aldeanos que fueron evacuados y aquellos que decidieron no irse, los soldados que eran llevados a la central como arena para apagar el incendio (sin conciencia del daño físico que esa aventura les provocaría) o quienes venían huyendo de otros conflictos y se instalaron en la zona contaminada por su aparente tranquilidad… Y con ello arma Voces de Chernobil. Podría aplicársele lo que dice Octavio Paz de Elena Poniatowska (en el prólogo a la edición en inglés de La noche de Tlatelolco): “Para el cronista de una época saber oír no es menos sino más importante que saber escribir. Mejor dicho: el arte de escribir implica dominar antes el arte de oír. Un arte sutil y difícil, pues no sólo exige finura de oído sino sensibilidad moral: reconocer, aceptar la existencia de los otros”.
(Ya hablamos del monólogo de Molly Bloom en Ulises; y es curioso que Svetlana Alexiévich prefiera llamar así, monólogos, a los testimonios que recopila, pensado cada uno de ellos como una redonda pieza literaria.)
Dice ahí: “Este libro no trata sobre Chernobil sino sobre el mundo de Chernobil. Sobre el suceso mismo se han escrito ya miles de páginas y se han sacado centenares de miles de metros de película. Yo, en cambio, me dedico a lo que he denominado la historia omitida, las huellas imperceptibles de nuestro paso por la tierra y por el tiempo. Escribo y recojo la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma. La vida de lo ordinario en unas gentes corrientes. Aquí, en cambio, todo es extraordinario: tanto las inhabituales circunstancias como la gente, tal como les han obligado las circunstancias, elevándolos a una nueva condición al colonizar este nuevo espacio. Chernobil para ellos no era una metáfora ni un símbolo, era su casa. Cuántas veces el arte ha ensayado el Apocalipsis, ha probado las más diversas versiones tecnológicas del final del mundo, pero ahora sabemos positivamente que la vida es incomparablemente más fantástica”.
Es algo que suelen decir los periodistas: que la realidad a veces es más fantástica que la ficción. Más terrible, también.
Vuelvo al artículo periodístico de Marcial Fernández en el que se incomoda por el Nobel otorgado a Svetlana Alexiévich. Cita en él a Gabriel García Márquez, que ejerció ambas actividades, las de periodista y escritor, y quien dijo: “Siempre he estado convencido de que mi verdadera profesión es ser periodista. No creo que exista ninguna diferencia [entre periodismo y literatura]. Las fuentes son las mismas, el material es el mismo, los recursos y el lenguaje son los mismos. En periodismo un sólo hecho falso perjudica toda la obra. Por el contrario en la ficción, un sólo hecho verdadero da legitimidad a toda la obra. Esa es la única diferencia, y depende del grado de compromiso del escritor. Un novelista puede hacer lo que se le antoje siempre que consiga que la gente le crea. Creo que la influencia es recíproca. La ficción ha mejorado mi trabajo periodístico porque le ha dado valor literario. El periodismo ha mejorado mi trabajo de ficción porque ha servido para mantenerme en contacto con la realidad”.
Reacciona Marcial: “Pero a nadie se le hubiera ocurrido darle el premio Nobel a García Márquez por su trabajo periodístico, así aclamara que el periodismo es el mayor de los géneros literarios”.
Y es cierto: el Nobel a García Márquez se le otorgó básicamente por su obra novelística, que en su caso tiene mayor peso que el trabajo periodístico. En Svetlana Alexiévich el equilibrio es otro… Pero hay que seguirla leyendo. Por desgracia, el único libro suyo que circula por ahora en español es Voces de Chernobil. Ha explicado ella que, en rigor, su trabajo no sigue los relojes del periodismo; no es algo escrito hoy para publicarse al día siguiente. Se vale de los recursos del oficio, como el ir a la realidad y reportearla, en la realización de proyectos escriturales… Sólo que las realidades que suele visitar, con el horror como presencia constante, suelen romper las fronteras de lo que comúnmente consideramos como real, por lo que hay, en el fondo de esas páginas, de esa irrealidad que nace de la realidad por medio del espanto, una nube metafísica, digamos (la pregunta constante de qué hace el hombre en su paso por la tierra), tan poderosa como la nube radioactiva que emergió de Chernobil.

Un pequeño cuento

En los diarios, decía arriba, hay notas informativas, editoriales, artículos de opinión, fotografías y cartones… El talento narrativo puede ejercitarse en la crónica, que es un pequeño cuento basado en un suceso real. También el gran reportaje puede contener momentos narrativos, como parte de un andamiaje más complejo.
(Prefiere Monsiváis esta definición de la crónica: “reconstrucción literaria de sucesos o figuras, género donde el empeño formal domina sobre las urgencias informativas”. Yo cambiaría la palabra “literaria” por “narrativa”, porque la crónica es esencialmente una narración… no en Monsiváis, por cierto, en quien el caos genérico se convirtió en un estilo.)
Hacia los veinte años de edad encontré en la Universidad Nacional a un profesor argentino de nombre Máximo Simpson, estudioso de la crónica. Con él leímos en voz alta, cada miércoles de 6 a 8 de la noche, todo México insurgente de John Reed; y revisamos a detalle A ustedes les consta de Carlos Monsiváis, una antología de la crónica en México en la que hay de todo, incluso buenas crónicas. En ese especie de seminario que duró un par de años considerábamos como requisito para la crónica la presencia del reportero, el testimonio directo de lo ocurrido, lo que otra vez, como mencioné antes, no siempre se cumple. Sí con John Reed, que cuenta lo que ve en su paso por este país durante la Revolución. No en la crónica que cierra la antología de Monsiváis: una investigación de Ramón Márquez en torno a un crimen policial. A ese texto le llamábamos “reportaje de acción”… pero no estoy ya muy seguro de que esa condición del testimonio, como elemento básico de la crónica, haya permanecido, porque la crónica evolucionó.
Y me desmienten ejemplos propios: la Antología de crónica latinoamericana actual, de Darío Jaramillo Agudelo, incluye un texto mío hecho bajo circunstancias especiales. Sucedió que en la lectura pública que dio Jaime Sabines en la Sala Nezahualcóyotl, su última gran presentación, me encontré con la boxeadora Laura Serrano, que se declaró fan absoluta del escritor chiapaneco. Decía Laura tener la ilusión de conocerlo y charlar un rato con él. Para entender esto hay que recordar que a ella la apodaban La Poeta del Ring, porque además de aplicar jabs y uppercuts hacía versos. Yo le prometí buscar una entrevista con Sabines; y al conseguirla, pues resultó que Sabines era admirador de la boxeadora, le pedí a Laura Serrano que grabara ese encuentro y me diera el casette. Y así fue: transcribí la cinta y armé “El poeta y la boxeadora”, publicado originalmente en El Universal. ¿Es una crónica? El editor de la antología cree que sí. Máximo Simpson diría que no, porque falta la presencia física del periodista.
También de modo indirecto, con investigaciones bibliográficas y hemerográficas, construí Todo es posible en la paz, que es una suerte de crónica, o colección de ellas, de los Juegos Olímpicos de 1968, con el día a día de esa gesta deportiva que se realizó bajo la sombra de una matanza. Cierro ese libro con una crónica sin peros, que es el relato de los funerales del sargento Pedraza (quien obtuvo la medalla de plata en caminata). Cumple todos los requisitos, me parece: fue literatura escrita bajo presión, como diría Fernando Benítez, pues aquel 2 de junio de 1998 estuve en Uruapan, vi lo que tenía que ver y redacté el texto en menos de una hora porque lo esperaban ya en el periódico.
No obstante, al escribir la crónica pensaba en otro libro leído en el taller de Máximo Simpson: El corto verano de la anarquía: vida y muerte de Durruti, de Hans Magnus Enzensberger, que abre con una crónica de H. E. Kaminski sobre los funerales del líder anarquista: la muerte como concentración, o cifra, de una vida. Y pensé además, al teclear con rapidez esa nota para que apareciera por la mañana en el diario, en el funeral de un personaje de ficción, la madre del protagonista de Palinuro de México, de Fernando del Paso, cuando la gente de la ciudad, al ver el cortejo y distrayéndose un instante de sus ocupaciones, saluda a la desconocida (pero muy querida) Clementina.
Lo sucedido ese día en Uruapan me sorprendió: el destino le jugó una nueva mala pasada al sargento Pedraza, quien volvió a llegar a la meta (en este caso el cementerio) en segundo lugar. La crónica encontró ahí su epifanía.

Octubre 2015

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