miércoles, diciembre 02, 2015


Algunas líneas sobre la crónica

Es oportuno hablar hoy de la crónica. Y apropiado, me parece, el que se le haya considerado en un ciclo de charlas alrededor de los géneros literarios, cuando es una forma de escritura situada en ese margen complejo que se crea entre el periodismo y la literatura.
Oportuno, decía, porque hace unas semanas, en un hecho que fue considerado inédito, la Academia Sueca concedió el máximo galardón literario a una periodista, la bielorrusa Svetlana Alexiévich. Y algunos pensaron que esa acción no tenía sentido, que los caminos de la literatura y el periodismo pueden ser paralelos pero no iguales; y aunque esos orbes se tocan (en un punto que quizá hoy podamos señalar), no hay manera de valorarlos del mismo modo.
Un narrador amigo, Marcial Fernández (quien para ejercer de cronista taurino se hace llamar Pepe Malasombra, quizá eco del Pepe Faroles con que se disfrazaba para escribir sobre los ruedos la novelista Josefina Vicens), escribió un artículo malhumorado en el que lamentaba que el sacrosanto Nobel hubiera recaído en una periodista. El texto de Marcial, no obstante sus carencias (la principal, el desconocimiento de la obra de la autora), proponía algunas definiciones interesantes. Abría con aquello de que “el periodismo es literatura bajo presión”, que dijo Fernando Benítez a los estudiantes de la Universidad Nacional, para considerarlo Marcial como una mentira, según este argumento: “Si bien ambos oficios, el del periodista y el del escritor, utilizan la palabra como vehículo de expresión, sus medios y fines son absolutamente distintos. El primero se vale del empirismo para encontrar certezas, mientras que el segundo recurre a la ficción para descubrir epifanías”.

Empirismo y epifanía

Habría que detenerse en esto. Primero, define Marcial: el periodista se vale del empirismo para encontrar certezas. ¿Es cierto? Supongo que con ello se refiere al reporteo directo de la realidad. El periodista debe mirar de frente aquello de lo que va a escribir. Hay que salir a la calle y contar lo que ahí está ocurriendo. No podría imaginar un suceso y presentarlo a un diario como si fuera cierto, se estaría incurriendo en una gran falta… Aunque esto me lleva a pensar en un reportero deportivo que cubrió una vuelta ciclista; la mayoría de sus compañeros seguían el recorrido en autobuses adecuados para el evento, anotando en sus cuadernos lo que pasaba metro a metro, kilómetro a kilómetro; la agotadora jornada los llevaba inevitablemente a descansar al bar del hotel en que se detenían, en donde ese viejo reportero, whisky en mano, los aguardaba; y les preguntaba, como por socializar, cómo les había ido y qué había pasado. ¿Quién creen ustedes que escribía la mejor crónica?
(Esto me recuerda, al paso, a aquel otro reportero que le tenía miedo a la guerra, y cuando lo enviaron a cubrir una no salió nunca del hotel, y se valía del mismo método del cronista deportivo: al atardecer, reporteaba a sus fatigados compañeros, quienes con espanto le describían lo visto y lo vivido.)
((O pienso también en el Mago Septién, del que se dice adquirió su alias precisamente por la crónica radiofónica de un encuentro de Serie Mundial que tuvo que narrar desde el cuarto de un hotel, con la pura tira de resultados que a cada tanto le actualizaban. Para los escuchas, esa debió ser una gran Serie Mundial.))
El empirismo es eso: ir a la realidad y confrontarla. Decir que se estuvo ahí y que no sea cierto es una falta a la ética periodística. Se trata, principalmente, de observar y describir… Aunque los ejemplos en contrario agregan una paradoja: estar ahí no siempre significa entender; a veces comprende más, captura mejor la situación, el que se quedó afuera del que estuvo presente.
Pero estas desviaciones no se entenderían en una redacción, en donde el principio empírico es teóricamente irrenunciable, aunque con frecuencia no se cumpla esa exigencia. A los reporteros de las agencias noticiosas les piden notas con taxímetro, y reportean como pueden, desde la redacción, por teléfono, malentendiendo aquello de lo que escriben y muchísimas veces, la mayor parte de las veces, confundiendo a los lectores.
Digamos que el gran atractivo del periodismo, del buen periodismo, es esa posibilidad de visitar la realidad y apuntarla, apuntalarla. Los géneros periodísticos ofrecen formas diversas de acercarse al mundo. La nota, que es la semilla del diario, se hace las preguntas básicas del qué ocurrió, cómo, cuándo, dónde y por qué. La fotografía ilustra el suceso. Luego, los opinadores (editorialistas, columnistas, articulistas o figuras entrevistadas) dan una primera explicación razonada de lo que ha significado el hecho para la vida nacional o internacional… Incluso el cartón político es una opinión, un comentario: ofrece un punto de vista. Cuando un periódico hace uso de todas estas herramientas está intentando brindar una imagen plural del mundo. Ese ideal se pone a prueba cuando además en sus páginas da un lugar de privilegio a la crónica y el reportaje. Esto significa que cree dirigirse a un lector inteligente que atenderá esos distintos acercamientos, como posibilidades de lo real, y se creará una idea personal de lo sucedido.
El empirismo consiste, así, en salir del estudio o la biblioteca y asomarse a la banqueta a ver qué está pasando. En cambio el escritor, a diferencia del periodista, dice Marcial, recurre a la ficción para encontrar epifanías.
No sé qué haya querido decir exactamente mi amigo (porque es una frase bella y hueca), mas la palabra “epifanías” me recuerda al irlandés James Joyce, quien desde joven apuntaba en sus cuadernos ciertas impresiones en torno a sucesos cotidianos en las que, él sentía, algo se revelaba. Se convirtió así en un coleccionador de epifanías. Luego ese concepto pasó al relato, en su libro Dublineses; y a la novela, en Retrato del artista adolescente, Ulises y Finnegans Wake. Hay dos grandes epifanías en Joyce, una al final de “Los muertos”, cuando a partir de una canción a la esposa de un hombre se le aparece el recuerdo de un amante muerto, y esto lleva al marido a pensar en su pequeñez por esa sombra con la que ella convive y a la que él no podrá vencer; la otra enorme epifanía es el monólogo de Molly Bloom, que cierra el Ulises, con ese río de palabras que nos conducen hacia una afirmación total, definitiva: “Sí quiero sí me gusta Sí”.
Joyce no fue buen periodista. Cuando vivía en París, intentó ejercer el oficio y ganarse con ello la vida; envió algunos colaboraciones a un diario de su ciudad, por ejemplo entrevistando a un piloto de carreras, mas su cuestionario es de lo más absurdo. Yo lo he mostrado como modelo de mal periodismo. Parece no tener idea de lo que se está conversando. Luego escribió un cuento, “Después de la carrera”, que es una buena narración, alguien diría una buena crónica, vertiginosa, de ese evento deportivo. Y ahí se mueve ya como especialista en el tema.
Esencialmente, me parece, lo que a Joyce le interesaba como escritor era entender, y plasmar en las páginas de sus libros, el alma irlandesa. Le intrigaban sus compatriotas: quería describirlos exactamente como eran, retratarlos de la mejor manera posible. Para recrear una sola jornada, la del 16 de junio de 1904, se vale de todo tipo de instrumentos: sus recuerdos de ese día, periódicos, por supuesto, mapas, y consulta constantemente a una tía que se convierte en su informante. Pienso que reporteaba Dublín; y aunque lo que se cuenta en Ulises no ocurrió en la vida real, digamos, sí transcurre en una realidad posible. Lleva al autor, y con él a sus lectores, a entender cómo son los irlandeses y por qué son así. Hay una verdad a la que se acerca Joyce: la verdad del ser irlandés.
Su acercamiento es también empírico: aunque ya no vive en la ciudad de Dublín, hace la relación de una jornada que sí fue vivida por él. Se inspira en personajes conocidos: el señor Hunter, un judío que ayudó a Joyce cuando unos marineros lo golpearon en el parque; y él mismo es Stephen Dedalus, seudónimo con el que publica sus primeros relatos.
Pero hace ficción, es cierto. No pretendo hacer pasar una novela tan compleja, con grandes destrezas literarias, como un gran reportaje, pero tiene la esencia, sí, de un gran reportaje. La epifanía para Joyce, en tal caso, es un camino para acercarse a la verdad.
(Similares métodos utilizaba Juan García Ponce, novelista mexicano, quien llamaba por teléfono a sus amigos, participantes de alguna fiesta de los años sesenta, por ejemplo, para saber tal o cual detalle de esas reuniones, pues quería que fueran descritas, en sus libros de ficción, con estricto apego a la verdad. Uno de ellos se llama, por cierto, Crónica de la intervención.)

La nube metafísica

Svetlana Alexiévich, a quien me referí al comienzo de esta charla, supo de la explosión en Chernobil, escuchaba historias sobre ello, y le pareció que algo de su circunstancia se revelaba en ese suceso terrible que pudo haber devastado Europa. Por años se dedicó a buscar a personas que habían estado ahí, sobrevivientes de la catástrofe: la esposa del bombero, los aldeanos que fueron evacuados y aquellos que decidieron no irse, los soldados que eran llevados a la central como arena para apagar el incendio (sin conciencia del daño físico que esa aventura les provocaría) o quienes venían huyendo de otros conflictos y se instalaron en la zona contaminada por su aparente tranquilidad… Y con ello arma Voces de Chernobil. Podría aplicársele lo que dice Octavio Paz de Elena Poniatowska (en el prólogo a la edición en inglés de La noche de Tlatelolco): “Para el cronista de una época saber oír no es menos sino más importante que saber escribir. Mejor dicho: el arte de escribir implica dominar antes el arte de oír. Un arte sutil y difícil, pues no sólo exige finura de oído sino sensibilidad moral: reconocer, aceptar la existencia de los otros”.
(Ya hablamos del monólogo de Molly Bloom en Ulises; y es curioso que Svetlana Alexiévich prefiera llamar así, monólogos, a los testimonios que recopila, pensado cada uno de ellos como una redonda pieza literaria.)
Dice ahí: “Este libro no trata sobre Chernobil sino sobre el mundo de Chernobil. Sobre el suceso mismo se han escrito ya miles de páginas y se han sacado centenares de miles de metros de película. Yo, en cambio, me dedico a lo que he denominado la historia omitida, las huellas imperceptibles de nuestro paso por la tierra y por el tiempo. Escribo y recojo la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma. La vida de lo ordinario en unas gentes corrientes. Aquí, en cambio, todo es extraordinario: tanto las inhabituales circunstancias como la gente, tal como les han obligado las circunstancias, elevándolos a una nueva condición al colonizar este nuevo espacio. Chernobil para ellos no era una metáfora ni un símbolo, era su casa. Cuántas veces el arte ha ensayado el Apocalipsis, ha probado las más diversas versiones tecnológicas del final del mundo, pero ahora sabemos positivamente que la vida es incomparablemente más fantástica”.
Es algo que suelen decir los periodistas: que la realidad a veces es más fantástica que la ficción. Más terrible, también.
Vuelvo al artículo periodístico de Marcial Fernández en el que se incomoda por el Nobel otorgado a Svetlana Alexiévich. Cita en él a Gabriel García Márquez, que ejerció ambas actividades, las de periodista y escritor, y quien dijo: “Siempre he estado convencido de que mi verdadera profesión es ser periodista. No creo que exista ninguna diferencia [entre periodismo y literatura]. Las fuentes son las mismas, el material es el mismo, los recursos y el lenguaje son los mismos. En periodismo un sólo hecho falso perjudica toda la obra. Por el contrario en la ficción, un sólo hecho verdadero da legitimidad a toda la obra. Esa es la única diferencia, y depende del grado de compromiso del escritor. Un novelista puede hacer lo que se le antoje siempre que consiga que la gente le crea. Creo que la influencia es recíproca. La ficción ha mejorado mi trabajo periodístico porque le ha dado valor literario. El periodismo ha mejorado mi trabajo de ficción porque ha servido para mantenerme en contacto con la realidad”.
Reacciona Marcial: “Pero a nadie se le hubiera ocurrido darle el premio Nobel a García Márquez por su trabajo periodístico, así aclamara que el periodismo es el mayor de los géneros literarios”.
Y es cierto: el Nobel a García Márquez se le otorgó básicamente por su obra novelística, que en su caso tiene mayor peso que el trabajo periodístico. En Svetlana Alexiévich el equilibrio es otro… Pero hay que seguirla leyendo. Por desgracia, el único libro suyo que circula por ahora en español es Voces de Chernobil. Ha explicado ella que, en rigor, su trabajo no sigue los relojes del periodismo; no es algo escrito hoy para publicarse al día siguiente. Se vale de los recursos del oficio, como el ir a la realidad y reportearla, en la realización de proyectos escriturales… Sólo que las realidades que suele visitar, con el horror como presencia constante, suelen romper las fronteras de lo que comúnmente consideramos como real, por lo que hay, en el fondo de esas páginas, de esa irrealidad que nace de la realidad por medio del espanto, una nube metafísica, digamos (la pregunta constante de qué hace el hombre en su paso por la tierra), tan poderosa como la nube radioactiva que emergió de Chernobil.

Un pequeño cuento

En los diarios, decía arriba, hay notas informativas, editoriales, artículos de opinión, fotografías y cartones… El talento narrativo puede ejercitarse en la crónica, que es un pequeño cuento basado en un suceso real. También el gran reportaje puede contener momentos narrativos, como parte de un andamiaje más complejo.
(Prefiere Monsiváis esta definición de la crónica: “reconstrucción literaria de sucesos o figuras, género donde el empeño formal domina sobre las urgencias informativas”. Yo cambiaría la palabra “literaria” por “narrativa”, porque la crónica es esencialmente una narración… no en Monsiváis, por cierto, en quien el caos genérico se convirtió en un estilo.)
Hacia los veinte años de edad encontré en la Universidad Nacional a un profesor argentino de nombre Máximo Simpson, estudioso de la crónica. Con él leímos en voz alta, cada miércoles de 6 a 8 de la noche, todo México insurgente de John Reed; y revisamos a detalle A ustedes les consta de Carlos Monsiváis, una antología de la crónica en México en la que hay de todo, incluso buenas crónicas. En ese especie de seminario que duró un par de años considerábamos como requisito para la crónica la presencia del reportero, el testimonio directo de lo ocurrido, lo que otra vez, como mencioné antes, no siempre se cumple. Sí con John Reed, que cuenta lo que ve en su paso por este país durante la Revolución. No en la crónica que cierra la antología de Monsiváis: una investigación de Ramón Márquez en torno a un crimen policial. A ese texto le llamábamos “reportaje de acción”… pero no estoy ya muy seguro de que esa condición del testimonio, como elemento básico de la crónica, haya permanecido, porque la crónica evolucionó.
Y me desmienten ejemplos propios: la Antología de crónica latinoamericana actual, de Darío Jaramillo Agudelo, incluye un texto mío hecho bajo circunstancias especiales. Sucedió que en la lectura pública que dio Jaime Sabines en la Sala Nezahualcóyotl, su última gran presentación, me encontré con la boxeadora Laura Serrano, que se declaró fan absoluta del escritor chiapaneco. Decía Laura tener la ilusión de conocerlo y charlar un rato con él. Para entender esto hay que recordar que a ella la apodaban La Poeta del Ring, porque además de aplicar jabs y uppercuts hacía versos. Yo le prometí buscar una entrevista con Sabines; y al conseguirla, pues resultó que Sabines era admirador de la boxeadora, le pedí a Laura Serrano que grabara ese encuentro y me diera el casette. Y así fue: transcribí la cinta y armé “El poeta y la boxeadora”, publicado originalmente en El Universal. ¿Es una crónica? El editor de la antología cree que sí. Máximo Simpson diría que no, porque falta la presencia física del periodista.
También de modo indirecto, con investigaciones bibliográficas y hemerográficas, construí Todo es posible en la paz, que es una suerte de crónica, o colección de ellas, de los Juegos Olímpicos de 1968, con el día a día de esa gesta deportiva que se realizó bajo la sombra de una matanza. Cierro ese libro con una crónica sin peros, que es el relato de los funerales del sargento Pedraza (quien obtuvo la medalla de plata en caminata). Cumple todos los requisitos, me parece: fue literatura escrita bajo presión, como diría Fernando Benítez, pues aquel 2 de junio de 1998 estuve en Uruapan, vi lo que tenía que ver y redacté el texto en menos de una hora porque lo esperaban ya en el periódico.
No obstante, al escribir la crónica pensaba en otro libro leído en el taller de Máximo Simpson: El corto verano de la anarquía: vida y muerte de Durruti, de Hans Magnus Enzensberger, que abre con una crónica de H. E. Kaminski sobre los funerales del líder anarquista: la muerte como concentración, o cifra, de una vida. Y pensé además, al teclear con rapidez esa nota para que apareciera por la mañana en el diario, en el funeral de un personaje de ficción, la madre del protagonista de Palinuro de México, de Fernando del Paso, cuando la gente de la ciudad, al ver el cortejo y distrayéndose un instante de sus ocupaciones, saluda a la desconocida (pero muy querida) Clementina.
Lo sucedido ese día en Uruapan me sorprendió: el destino le jugó una nueva mala pasada al sargento Pedraza, quien volvió a llegar a la meta (en este caso el cementerio) en segundo lugar. La crónica encontró ahí su epifanía.

Octubre 2015

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jueves, noviembre 19, 2015


Svetlana Alexiévich, entre víctimas y verdugos

“Necesito almas que reflexionen. Lo que más teme el ser humano es que su vida carezca de sentido. Después de todo, nuestra vida es una constante búsqueda de significado”, escribe Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015, a quien publicar testimonios de la Segunda Guerra Mundial y del desastre de Chernobil le valió ser perseguida.
Conversé con ella en marzo de 2003 en la Casa Refugio Citlatlépetl. Pocos periodistas la buscaron entonces. La versión que aquí presento de esa entrevista es más extensa de la que entonces apareció en El Universal.
Por su frecuentación del horror acaso más cercana a Dostoievski que a Tolstoi, con el autor de Crimen y castigo se pregunta Svetlana Alexiévich: ¿cuánto de humano hay en el ser humano? La respuesta es ardua: “He llegado a pensar que el hombre tiene muy poco de humano, sólo una pequeñísima capa, pero hay que defenderla, protegerla en esta época de tantos horrores”.
A través de sus libros, Svetlana Alexiévich ha construido un gran mosaico de la cultura rusa del siglo XX con las siguientes estancias: la Segunda Guerra Mundial, la invasión a Afganistán, la caída de la Unión Soviética, Chernobil, el amor y la muerte... “Me entristece que mis libros sigan siendo actuales y se sigan vendiendo en todo el mundo, porque los escribí para que no hubiese más guerra”, dice. “Uno siente cómo que se le oprime el corazón.”
De los campos de batalla pasó a las luchas cotidianas: ¿qué hace la gente cuando deja las barricadas, cómo se relaciona con los otros y cómo enfrenta su destino final?
—Usted ha escrito que el hombre busca en el amor lo mismo que en la guerra o en el crimen. ¿Cuál es esa búsqueda?
—Pienso que tanto en el amor como en la guerra el hombre cae sobre sí mismo y encuentra algo más que le ayuda a conocerse. No quisiera que se clasificara a mis libros como una literatura que busca el horror por el horror. En ellos veo cómo el hombre crece y se reconoce en estas circunstancias difíciles. El amor también es una situación extrema. Por amor podemos elevarnos a todo lo alto o caer en el abismo.
Los libros de Svetlana Alexiévich (La guerra no tiene rostro de mujer, Voces de Chernobil y Los niños del zinc, entre otros) siguen el mismo método: cientos de entrevistas grabadas, un enorme trabajo de edición... Aunque en distintos frentes, la autora bielorrusa define a la guerra y al horror como su campo de trabajo.
“Pero yo no describo la guerra como tal, con el dato cierto exacto, lo que es útil para la historia, sino que busco el sentimiento humano. Voy siguiendo las huellas de la vida espiritual de las personas. Trato de sacar los nuevos conocimientos que el individuo con el que conversé ha podido añadir a su acervo, cosas que no suelen estar en los archivos. Soy como el buscador de oro, que va tras las pequeñas vetas que aparecen en el río.”
—También ha dicho que busca un doble retrato: el del ser humano en su época y el del universal o eterno, que busca “hechos que funcionen como signos”.
—Si sólo me ocupara del hombre en su tiempo, no sería otra cosa que periodista. Hay que elevarse sobre esto para llegar al arte, porque también existe el hombre como tal, que constantemente añade experiencias a su vida.

Media cubeta

Son muchas las anécdotas duras de Svetlana Alexiévich. Ella las cuenta como quien revisa un relato infantil.
Una: “En Afganistán los militares rusos me presumían su armamento modernísimo, precioso, por ejemplo una mina de fabricación italiana. Un hombre me dijo: ‘Pero si usted pisa sobre esta mina, quedará de usted media cubeta’. Al día siguiente me llamaron para que viera a alguien que había pisado una de esas minas, o lo que quedaba de él, pues lo estaban recogiendo prácticamente con cucharas”.
Dos: “En Afganistán, una enfermera me contaba cómo va cambiando la sangre de un muerto que se queda al sol: primero es roja, luego amarillenta y al fin se pone azul... En mis libros trato de acercarme a esto que es el hombre, cómo una nueva realidad, por dura que sea, lo transforma”.

Rehén de su historia

—¿De dónde viene este interés por el dolor humano?
—No es que yo sea masoquista, simplemente ésta es nuestra historia, y yo soy un rehén de mi propia historia. Nací en una aldea, mis padres eran maestros rurales, y lo que escuché en mi infancia fueron esas historias sobre la guerra que luego convertí en el proyecto de un libro.
—Podría pensarse que le fascina el horror...
—No, no. Cuando terminé mis libros sobre la Segunda Guerra Mundial, uno a los ojos de las mujeres y el otro siguiendo la mirada de los niños, ya no quería escribir más. Algo similar me ocurrió con la guerra de Afganistán, de la que no quería escribir. Un día trajeron unos féretros con soldados muertos, que fueron tratados como héroes, y a una mujer que les lloraba la hicieron a un lado y la llevaron a un automóvil, como para esconder el dolor: ella rompía ese compromiso del silencio. Yo ahí me dije: “No puedo callar”. Y viajé para saber qué era esa guerra.
—Esta exploración de la vida espiritual, como usted la llama, ¿a qué conclusiones la ha llevado sobre la humanidad? ¿Es usted pesimista con respecto al hombre?
—Es difícil ser optimista. El horror es parte de la historia. Mi manera de vivir es ser honesta con el mundo en el que vivo en cuanto a cómo lo estoy percibiendo. Lo que busco es verle los ojos a la realidad. La historia rusa es una historia de horrores, y por eso se nos ha creado una suerte de piel gruesa. Sin embargo, el constante testimonio del dolor lo hace a uno empezar a defenderse de ello. Me educaron con la idea de que hay que ir hasta el fin, y por ir hasta el fin también hay que pagar un precio. Por ejemplo cuando me hablaron de ese soldado que había pisado la mina y me invitaron a verla, me pregunté: “¿Voy o no voy?” Como entiendo que hay que asumir las cosas hasta sus últimas consecuencias, fui... Y me desmayo ante tanta locura que golpea al ser humano.
—Escribe usted: “Todo lo ruso es triste”. ¿Diría, Svetlana, que su vida es triste?
—Mi vida es interesante. Soy una persona feliz porque hago lo que quiero hacer. A veces me canso o me siento desencantada, pero nunca pierdo esa curiosidad por vivir.
—¿Sufre el exilio?
—Por supuesto, pero el exilio para mí es tan sólo algo temporal. Sé que en el futuro podré volver a mi país, pues ningún dictador es eterno.

La costumbre del horror

Su preocupación es “buscar nuevas palabras, nuevas formas de referencia a esta locura que se llama guerra. Si no reflexionamos sobre la guerra corremos el peligro de convertirnos poco a poco en fieras”.
En sus libros figuran imágenes que van desde la Segunda Guerra Mundial, la invasión soviética a Afganistán, la caída de la Unión Soviética hasta la tragedia de Chernobil. “Resulta difícil hallar nuevas palabras porque veo que el horror ha devenido en una cosa banal. La gente se ha ido acostumbrando a ver escenas de guerra mientras toma su café: actualmente muchos miran la televisión como si lo que ocurre en Irak se tratara de un videojuego.”
En La guerra no tiene rostro de mujer, su primer libro, cuenta cómo una mujer vive atormentada por sus vivencias: “La protagonista confiesa que después de la guerra ya no podía entrar a las carnicerías, no podía ver carne porque le recordaba los restos humanos. Esta mujer tuvo que sacar a gente del fuego y le quedó un trauma relacionado con el color rojo: cada vez que su piel tocaba hilo o alguna tela roja, inmediatamente se cubría de una alergia. Lo que he hecho en mis libros es ver la guerra con toda su crudeza y horror”.
Para Svetlana Alexiévich, al observar la guerra en los medios de comunicación nos hemos convertido en rehenes de la información. “Cuando veía imágenes de la guerra en Afganistán a través de la televisión soviética, y cuando tuve oportunidad de ir a la zona de conflicto, me percaté de que se trataba de otra guerra. En la televisión mostraban cómo las tropas soviéticas ayudaban a la población a plantar árboles, a atender a sus hijos, a construir sus viviendas; en mi viaje a Afganistán observé lo contrario. Recuerdo que llegué a un hospital, en realidad una cabaña grande, que tenía capacidad para 200 y había 600 personas. Había mujeres, niños y ancianos. De pronto un niño tomó con los dientes uno de los muñecos de peluche que yo llevaba para ellos, y le pregunté a su madre por qué su hijo había hecho eso. Ella dijo: ‘Es que no tiene brazos ni piernas, y eso se lo hicieron ustedes, los rusos’, y me mostró el bultito que llevaba en sus brazos. Lo que trato de mostrar en mis libros es el rostro de los personajes que participaron de manera indirecta en la guerra. Busco darle voz a esos testigos de guerra, a esas madres que perdieron a sus hijos y a esos hijos que ahora son huérfanos. Hay que escuchar a toda la gente real, tanto a las víctimas como a los verdugos, pues incluso los verdugos son personas reales lo que pasa es que no sabemos qué ha ocurrido en su cabeza para llevar a cabo todas esas atrocidades”.

Los riesgos de la escritura

—Al mostrar la realidad de lo que ocurrió en la guerra entre Rusia y Afganistán usted fue calificada como traidora en su propio país. ¿No le importó correr ese riesgo?
—El problema es que nadie necesita la verdad. En mi país no le era necesaria a las autoridades. Si tomamos la literatura rusa como referencia, desde Pushkin hasta Solyenitzin, vemos que la literatura siempre reflejó una lucha y una oposición al poder. Ni siquiera este conflicto es lo que más me preocupa, lo que a mí me inquieta es el enfrentamiento con la conciencia de las masas, el que la gente ame a su propio dictador y estén como hipnotizados. Los militares comunistas comenzaron a tenerle odio a mi libro y todo lo que yo escribía, les incomodaba mucho que yo fuera por la vida diciendo que eran asesinos por lo ocurrido en Afganistán. Soy bielorrusa, vivo en una dictadura en donde la gente también es encarcelada, en donde las personas desaparecen sin dejar rastro. La persona que da su alma a un Estado, a una idea, genera para mí un mayor conflicto que la lucha por el poder.
Y recuerda al fin: “Los militares, para apoyar su acusación en mi contra, llevaron a muchas personas que decían que sus hijos habían muerto en la guerra con Afganistán siendo héroes. Y repentinamente se apareció una escritora diciendo que en realidad eran asesinos. Eso me sorprendió mucho y más cuando vi a una de las madres de los difuntos, yo la conocía, había platicado en varias ocasiones con ella; era la madre de un soldado que murió en Afganistán. La mujer había criado a su hijo sola y un día llegó a su casa un ataúd con los restos de su hijo. Ella estaba muy desconcertada porque el féretro era muy pequeño para ser de su hijo, y es que en Oriente matan con mucha fiereza, los cortan en pedazos, por eso el ataúd era de ese tamaño. El día que vi a la madre entrar a declarar en mi contra, le pregunté: ‘¿Qué haces aquí? Tú te quejaste conmigo del dolor que te causó perder a tu hijo’. Y ella respondió: ‘Sí, lo lloré mucho, pero más lloré cuando leí en el libro que lo considerabas asesino de guerra y no un héroe’ ”.

Octubre 2015

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